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Séptimo domingo de Pascua. Fiesta de la Ascensión del Señor.

Domingo, 28 de mayo de 2017

 
Hch 1,1-11: ¿Qué hacéis plantados mirando al cielo?
Ef 1,17-23: Dios Padre resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha en el cielo.
Mt 28,16-20: Id y haced discípulos de todos los pueblos.
 
 
Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos: Cristo resucitado de entre los muertos vive para siempre en el cielo, es decir, en el corazón inmarcesible de Dios. Así, intercede por nosotros ante el Padre y nos proporciona las gracias del cielo para vivir la vida en clave divina, con los ojos y el corazón puestos en la única meta que nos salva y llena de sentido: Dios.
La fiesta de la Ascensión es una llamada constante a vivir la dimensión trascendente de la vida, a verla con los ojos de la fe. Decía el insigne teólogo Karl Rahner que <<el cristiano no se puede contentar con vivir sólo la horizontalidad de la vida; está llamado a vivir también la verticalidad>>. La vida cristiana sin la profundidad que le imprime la trascendencia es un sinsentido. No se puede creer verdaderamente en Dios y vivir como si Dios no existiese. El vivir con sólo los ojos fijos en la tierra hace que únicamente crezcamos hacia fuera pero no hacia dentro. ¿En qué quedarían nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor si vivimos de espaldas a Dios, principio Fontal y razón de ser última del sentido de nuestra vida?
Ante un mundo cada vez más descreído y alejado de Dios, los cristianos tenemos que <<mirar>> con más frecuencia al cielo. Es decir, tenemos que vivir más intensamente desde los principios de la fe, de la esperanza y del amor a Dios. Tenemos que saber esperara contra toda esperanza, porque Dios no es el gran ausente, como pretenden hacernos ver. Dios no está <<alá en su cielo>>, <<entretenido en sus pensamientos>> y ajeno a los asuntos humanos, como indican torpemente todos los que se despreocupan de Dios porque nunca se han ocupado de << ir a Dios>>.  Dios nos está <<allá>>; está <<acá>>, haciendo nuevas todas las cosas. Dios está en el corazón de la vida. Sólo hace falta descubrirlo con una mirada sencilla, profunda, alegre. Es la mirada de la fe.
Sin embargo, no podemos absolutizar la trascendencia. Vivir de la sola trascendencia es unidimensionar la vida cristiana, quedarnos sólo con la línea vertical. Ha sido y es la tentación del angelismo: vivir al margen del mundo poniendo entre paréntesis nuestra condición de seres humanos como si ya fuéramos ángeles del cielo. En esta tentación se basó el filósofo Karl Marx para acusar al cristianismo de <<opio del pueblo>>, de no afrontar los problemas de la tierra ofreciendo sólo soluciones celestes. Es la tentación del escapismo, de la huida de la dura realidad.
Pero no son así las cosas. Tanto en los Hechos de los Apóstoles, como en el Evangelio, el mensaje de la Ascensión es claro: el cristiano está llamado a transformar su mundo anunciando y proclamando la Buena Nueva del Evangelio a todos los pueblos.
Contra el angelismo, Jesús resucitado es claro y directo: <<¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?>>. Es como decir: <<No soñéis, no viváis de utopías irrealizables, no seáis idealistas>>, porque el cristiano tiene mucha tarea por delante, <<la mies es abundante y los obreros son pocos>> Por eso, el <<¿qué hacéis ahí?>> de los Hechos se transforma rápidamente en el imperativo evangélico: <<Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo>>. La vida entera del cristiano es una vocación de servicio al Evangelio, de modo que Dios sea conocido y alabado en todo el mundo.
El cristianismo no es una religión de <<tránsfugas>> que huyen de la trama de la historia y de los problemas de la vida y se refugian en Dios; no es ningún <<opio del pueblo>>, en contra de Marx. El cristianismo es la religión de la fe que opera por las obras; es la religión del amor. Y el amor no entiende de bellos sueños sino de hermosas realidades. Vive de la esperanza, sí, pero de una esperanza que no defrauda porque está anclada en Dios, <<realidad última, posibilitante e impelente>>, en el decir de Zubiri. Todos los misioneros y misioneras esparcidos por el mundo, todos los cristianos de Córdoba comprometidos con situaciones humanas d especial envergadura, avalan la grandeza del cristianismo y su misión de transformar el mundo.
Jesús resucitado y su Iglesia, que es la nuestra, nos invitan a caminar, a no <<quedarnos de brazos cruzados mirando al cielo>> como los obreros de la viña porque nadie los había contratado. En la viña del Reino de los cielos todos estamos contratados por Dios para realizar la misión de anunciar, extender e implantar su Reino de paz y de amor en todo el mundo. Es una tarea sin tregua ni descanso, sin sábados ni domingos, sin vacaciones, porque es una tarea urgente y necesaria: <<Buscad primero el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura>> (Mt 6,33). Lo nuestro es anunciar la salvación de Dios y para ello hemos de adentrarnos en las entrañas de la sociedad y en el corazón de nuestros hermanos. El mundo hay que salvarlo desde <<dentro>>.
Mis queridos hermanos y amigos, pidámosle a dios que hoy, el día de la Ascensión de su Hijo, nos conceda a todos la gracia de ascender a Él, y desde Él al corazón del mundo, necesitado de la salvación de Dios que como cristianos tenemos que anunciar y realizar.
 

Sexto domingo de Pascua

Domingo 21 de mayo

 

Hch 8, 5-8.14-14: Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo
1 Pe 3,15-18: Cristo murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu.
Jn 14,15-21: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor.

 

Como perspectiva para entender y sacar provecho espiritual en nuestras reflexiones cristianas de hoy, comienzo citando un pensamiento de Julián Marías, uno de los mejores filósofos de nuestra época. Concretamente manifiesta que en estos tiempos que nos ha tocado vivir sentimos una sensación de pesimismo y derrotismo al pensar que las cosas están peores que nunca. Y sin embargo –afirma rotundamente-, esto no es del todo verdad. Lo que sucede es que los dirigentes políticos, las autoridades, los llamados poderes fácticos, se encargan de hacernos ver el reverso de la humanidad, de ponernos  las cosas más negras de lo que están en lugar de mostrarnos todo lo que de bueno hay, y que es mucho. De este modo, nos describen un mundo diabólico, semejante a un enorme basurero que nos invita a taparnos las narices y a marcharnos.

Las lecturas de hoy representan el contrapunto. Son una invitación al gozo, a la alegría, al optimismo. El cristiano no puede arredrarse por el drama que vive el mundo. El cristiano tiene la firme promesa de Jesucristo resucitado de que no estará sólo frente al mundo. Tendrá al Consolador, al Espíritu de la verdad, al Paráclito, que lo fortalecerá y le dará la valentía que necesita para proclamar y extender el Reino de Dios. ¿Cabe mayor alegría que la de saber que el Resucitado que ha vencido al mundo está con nosotros? Ésta fue la experiencia de las primeras comunidades cristianas que vivían ancladas en la paz y en la confianza que les proporcionaba su fe en el Resucitado, una paz y una confianza que contagiaban y transmitían a los demás; por eso el número de los creyentes se acrecentaba de día en día. Muy finamente apuntó Chesterton que la principal virtud de los cristianos ha de ser la alegría, motor de toda esperanza.

Los cristianos estamos convocados por Jesucristo para vivir e irradiar la alegría en nuestro mundo. No debemos caer en la tentación del desánimo, de salir huyendo porque el <<mundo huele mal>>. No podemos evadirnos de nuestra responsabilidad de convertir lo malo en bueno, lo triste en alegre, la guerra en paz, el odio en amor. El angelismo es una traición a uno mismo y al Evangelio. A uno mismo, porque es negar de raíz la vocación a la que Dios nos ha convocado: ser feliz y hacer feliz. Al Evangelio, porque Dios nos quiere en el mundo, no fuera de él. Estamos convocados por Dios para ser fermento en la masa; para predicar el Reino a todos los pueblos de la tierra. Los misioneros y misioneras que con su vida y obras testifican la verdad de Cristo en todo el mundo; as personas comprometidas en nuestra tierra con las más intrincadas cuestiones sociales, constituyen la mejor prueba de lo que afirmamos, a la vez que descalifican y dejan en ridículo ese basurero vil que nos quieren pintar.

Los cristianos estamos alegres porque, como bien expresa el apóstol Pedro, somos capaces de <<dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere>>, es decir, porque vivimos la vida con sentido, con optimismo, con gozo, con la esperanza puesta en Aquel que es tazón última y sentido pleno de nuestro vivir y de nuestro obrar. ¿Cuál es la mayor tragedia de las numerosas personas que hoy viven traumatizadas y amargadas? Sencillamente que no han descubierto ni el sentido de la vida, ni el sentido de su vida, porque como locos prometeos o soñadores ícaros lo quieren buscar al margen de Dios y, claro está, se equivocan y confunden. El sentido de la vida pasa por la fe gozosa en Jesucristo muerto y resucitado, quien nos ha enviado el Espíritu de la verdad para que vivamos en la verdad.

Esta alegría interior, profunda, existencial y casi ontológica, no excluye los avatares, los tormentos, los días negros y grises, las cruces, en una palabra, que el transcurso de la vida nos va deparando. No podemos eludir el cáliz, ni Dios lo hace por nosotros, como tampoco lo hizo por su Hijo. Lo importante es saber afrontar el sufrimiento con una gran entereza interior, aceptando con gozo la voluntad de Dios. Por eso, la alegría no depende de las circunstancias externas, sino de las motivaciones internas. No son las cosas las que hacen que estemos más o menos alegres, es el ser que determina mi grado alto o bajo de felicidad; es mi fe, esto es, mi confianza en Dios, quien me motiva, me anima y me hace vivir y ver la vida con alegría, a pesar de las contrariedades.

Cristo ha resucitado, ha ido al Padre y nos ha enviado al Paráclito, el Espíritu de la verdad, para que estando con nosotros nos dinamice, anime e impulse a transformar el mundo. La esperanza, de la que tenemos que dar razón, según el apóstol San Pedro convence sólo cuando es convincente el amor que manifestamos. Porque aquí dar razón es ante todo dar cuenta presentando hechos, según el viejo adagio: <<Obras son amores y no buenas razones>>. Si el lenguaje de la fe resulta incomprensible para muchos, el creyente ha de adoptar el lenguaje persuasivo de la esperanza y del amor. La esperanza y el amor no se imponen, se proponen al socaire de la vida vivida con coherencia, honestidad, sinceridad, transparencia, generosidad, alegría, dinamismo, paz.

Tercer domingo de Pascua

Domingo 30 de abril

 

 
Texto evangélico:
 
Hch 2,14.22-28: Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte.
1 Pe 1,17-21: Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo.
Lc 24,13-35: Le reconocieron al partir el pan.
 
 
El Evangelio que la Iglesia nos presenta en este tercer domingo de Pascua para nuestra reflexión espiritual es el referido al relato de la aparición de Jesús a los dos discípulos que iban camino de Emaús. Si leemos atentamente el pasaje en cuestión observamos que, salvo el detalle de llamar a uno de los dos discípulos por su nombre, concretamente a un tal Cleofás, el núcleo del mensaje se centra en la experiencia de fe que vivieron los dos discípulos que iban camino de la ciudad de Emaús. Una experiencia que se convierte en toda una catequesis en la que el mismo Jesús resucitado les explica a estos dos discípulos desconcertados todo lo relativo al misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Por eso, es una catequesis viva, directa al corazón, que provoca la experiencia interna de encuentro personal con la Palabra de Dios. Muy acertadamente dijo el padre Kolbe, prisionero en Auschwitz, que <<tanto de Dios como de lo religioso, más que tenerlos como principios teológicos, lo mejor es tenerlos como una experiencia de la propia vida>>.
 
El domingo pasado comenté la bienaventuranza de Jesús: <<Dichosos los que creen sin haber visto>>, es decir, dichosos los que creen que su fe tiene que ser una fe mística, una fe personalizada y experimentada; de lo contrario el mensaje de la fe <<nos entrará por un oído y nos saldrá por otro>>, sin que vibre y <<arda nuestro corazón>>, sin que se nos <<abran>> los ojos. La experiencia de los dos discípulos de Emaús es también la nuestra. Como los discípulos de Emaús, también decimos: <<Nosotros esperábamos…, nosotros hemos oído…; nosotros no hemos visto>>, instalándose en nuestro corazón la desesperanza y la desilusión que dan paso a una especie de agnosticismo solapado: <<No hemos visto, por lo tanto, no creemos>>. Es la experiencia de la duda, del absurdo y del sinsentido a que nos somete a veces la fe. Probados y zarandeados por la vida, exclamamos en nuestro interior: <<Yo esperaba…>>, <<yo creía…>>, pero la realidad es distinta. Se produce lo que se llama en términos psicológicos una crisis de utopías, porque descubrimos que nuestros ideales no concuerdan con la realidad en la que nos movemos. Y como resulta que la fe tiene mucho de utopía, acabamos decepcionados, existencialmente hablando.
 
Posiblemente el problema no esté tanto en la fe en sí misma considerada cuanto en la domesticación que de la fe hacemos. En el fondo la crisis acontece porque creemos en un Dios hecho a nustra imagen y semejanza que en poco o en nada se parece al Dios verdadero. Con acierto dijo el filósofo Gabriel Marcel: <<Cuando hablamos de Dios, no es de Dios de quien hablamos>>. Como a los discípulos de Emaús nos hace falta: primero, profundizar en la Palabra de Dios y segundo, dejarnos empapar por ella, de modo que <<arda>> nuesro corazón. Una Palabra que hemos de vivir en la celebración intensa de los sacramentos, alimento que fortalece nuestra vida espiritual y engrandece y madura nuestra fe. Si la Palabra de Dios no la aceptamos en nuestro corazón, difícilmente podrá fructificar (cf. Mc 4,20).
 
Sin embargo, la vida de la fe exige un tercer paso, como a los discípulos de Emaús: el testimonio de la fe, porque una experiencia no compartida es una experiencia hueca y estéril. Esto ellos lo entendieron bien, por eso <<se volvieron a Jerusalén>> y <<contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan>>. Y es que la fe, vivida a tope, nos empuja a proclamar a los cuatro vientos la verdad de la Resurrección del Señor. El testimonio es así el distintivo más palmario de que la fe es auténtica, madura, fundamentada. Por eso, quien no tiene necesidad de contagiar, comunicar y compartir su fe es que, o bien carece de ella, o bien su fe está bajo mínimos, raquítica, lánguida, mortecina. Hay que <<oír>> para <<experimentar>>, y <<experimentar>> para <<testimoniar>>, según la famosa sentencia de Jesús: <<No el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en los cielos>> (Mt 7,22).
 
Mis queridos amigos, el mismo Gabriel Marcel, al que ya hemos aludido, escribió un libro titulado Homo viator –El hombre caminante- referido a los creyentes, a ti, a mí, a todo el que nos escucha, porque en esta vida tenemos que ser caminantes que descubrimos a Jesús en las Escrituras, en los sacramentos, especialmente en el sacramento de la Eucaristía, en la soledad de nuestro sagrario íntimo y personal. Que al descubrirlo digamos convencidos, con fe firme: ¡Quédate con nosotros, Señor! Alumbra, Señor, nuestras penumbras; afianza nuestra fe y nuestra entrega; fortalécenos en el testimonio de tu palabra.
 

Cuarto Domingo de Pascua

Domingo, 8 de mayo

 
 
Texto evangélico:
 
Hch 2,14.36-41: Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
1 Pe 2,20-25: Habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.
Jn 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas. Quien entre por mí, se salvará.
 
 
Habréis observado que en lugar de relatar hoy la Iglesia el Evangelio de San Mateo –como corresponde al ciclo litúrgico que estamos celebrando-, nos presenta un texto del Evangelio de San Juan, concretamente el referido al capítulo diez, que nos habla de la figura de Jesús como el Buen Pastor, extensible a todos los pastores de almas, como son el Papa, los obispos y los sacerdotes.
Decía Napoleón que tres grandes hombres de la historia –Alejandro Magno, César Augusto y él mismo- eran los que con más poder y con más guerras habían subyugado al mundo, pero que una vez muertos nadie los seguiría. Sin embargo a Jesús de Nazaret, con una conducta basada en el amor, no sólo se le recuerda hoy más que a todos nosotros, sino que incluso después de veinte siglos millones de personas son capaces de dar su vida por Él. Por eso, reflexiona el teólogo Hans Küng que no ha habido ningún otro líder espiritual en el mundo que en tan poco tiempo –tres años de vida pública- haya conseguido implantar su programa de vida en toda la tierra, que cuenta actualmente con mil millones de católicos, que sumados al número de protestantes y orientales alcanzan la cifra de dos mil millones de seguidores de Jesucristo. Quizá el secreto radique en que Jesucristo es un rey de humanidad, pastor de almas, frente al modelo belicista y de fuerza de los personajes históricos citados anteriormente.
Jesús es el Buen Pastor, esto es, el buen líder que conduce a su pueblo hacia la salvación. Y a tal empresa embarga la vida entera, hasta morir por sus ovejas. Así, buen pastor es quien lleva hasta sus últimas consecuencias la ley del amor, es decir, dar la vida por los demás, sacrificándose, entregándose, haciendo suya la causa de los demás- Es la señal más fidedigna que confirma la autenticidad del pastor.
En el Antiguo Testamento se nos habla alegóricamente de la figura del pastor como del líder que guía al pueblo de Israel. Sin embargo, pocas son las veces en las que este líder actúa con coherencia. El profeta Ezequiel, por ejemplo, cuando habla de los pastores de Israel, en clara referencia a los sacerdotes, príncipes y líderes religiosos y políticos, dice: <<Estos pastores son pastores que se pastorean a sí mismos; a las ovejas sólo las quieren para quitarles la lana, chuparles la leche y esquilmarlas, dejándolas abandonadas si algunas se pierden>>. Es el mal pastor del que también nos habla hoy Jesús.
Tres ideas importantes hay que destacar en el Evangelio del Buen Pastor. Primera: el carácter personalista del buen pastor que muestra  su amor por cada una de las ovejas. El buen pastor llama por su nombre a cada una de las ovejas y por eso las ovejas saben que quien las llama es su pastor, no un pastor extraño que no las puede llamar una a una por su nombre porque no las conoce. Es decir, Jesucristo nos ama a cada uno como somos, con nuestras peculiaridades y, en consecuencia, mantiene con nosotros una relación íntima, personal, directa, alojándose y viviendo en el hontanar de nuestro corazón, raíz última de nuestra esencia y existencia. Ésta es la razón por la que todos somos importantes para él. Así, el cristianismo es irremediablemente una religión personalista, donde la persona lo es todo: un fin en sí misma, a imagen y semejanza del Creador. Hoy tenemos que estar muy atentos ante los falsos pastores que nos rodean, que nos proponen la liberación pero que en el fondo nos atenazan y esclavizan aún más. Son los falsos pastores del consumismo que nos despersonaliza, del despilfarro que nos embrutece, de los políticos que prometen y no cumplen, del poder que corrompe. 
Segunda: el cristiano ha de vivir comprometido con su mundo. Jesucristo saca las ovejas fuera del redil. No las deja dentro para que no les pase nada. Es decir, Jesucristo no saca al cristiano del mundo, sino que lo mete en el mundo para que sea levadura que fermenta la masa. Es verdad que los peligros del mundo son muchos, pero no es menos verdad que el buen pastor cuida de todas y cada una de sus ovejas. El cristiano ha de vivir su fe comprometido con las situaciones de su mundo y de su historia, haciendo el bien, trabajando por los demás. Quien quiere resguardar su fe de todas las tempestades se engaña a sí mismo. La fe se autentifica en las obras. Por eso más que resguardarnos  de los problemas que el mundo nos plantea, lo que hay que procurar es ponernos en las manos de Dios y abrir nuestro corazón al Buen Pastor que sabe cuidar perfectamente de cada uno de nosotros. 
Tercera: se es cristiano en la Iglesia, no al margen de ella. Es verdad que hemos dicho que el cristianismo es una religión personalista porque la fe es una opción y decisión personal, pero no es menos cierto que es una fe que ha de ser compartida, comunicada, testimoniada, o de lo contrario es una fe que desemboca en el más absurdo de los solipsismos. Somos ovejas de Jesucristo, es verdad, pero también lo es que formamos parte de un rebaño, de un pueblo, de una Iglesia. Es una falacia, de las muchas que hoy circulan, decir que creemos en Jesucristo pero no en la Iglesia. Nadie se engañe: no se es cristiano a lo francotirador, sino en comunidad. Es la dimensión comunitaria de la vida de fe, de los sacramentos, porque Dios mismo es comunidad, trinidad de personas en perfecta comunión y entrega.
Mis queridos hermanos y amigos, Jesucristo es nuestro único y verdadero pastor. Él es el único camino hacia el Padre; la única verdad que nos hace libres; la verdadera vida que llena de sentido nuestra vida. Él es, por tanto, la única puerta que nos conduce a la salvación. Como bien dijo el poeta Luis de Góngora un día del Corpus: <<Hoy, Señor, no sólo nuestro pastor eres, sino también nuestro pasto>>. Abramos a Cristo las puertas de nuestro corazón. Escuchemos su voz. Sigámosle. Entreguémonos. Sólo Él nos conduce hasta la vida eterna.
 

Quinto domingo de Cuaresma

Domingo 2 de abril de 2017

 
 
Ez 37,12-14: Os infundiré mi espíritu y viviréis. 
Rom 8, 8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida.
 
El Evangelio de San Juan nos habla hoy de un relato muy conocido por todos nosotros: la resurrección de Lázaro. Posiblemente lo primero que se nos ocurre es pensar en el poder de Dios y en su capacidad para realizar todo tipo de milagros, hasta incluso resucitar a un muerto. Pero, posiblemente también, no advirtamos que detrás del milagro, que es lo primero que salta a la vista, haya un mensaje de gran calado. Por eso, interpretando a San Juan, Lázaro, con la tumba que albergó su cuerpo durante cuatro días, no es sólo el personaje histórico del tiempo de Jesús, es también cualquiera de nosotros, cualesquiera de los cristianos que estamos muertos por el pecado y que, por tanto, necesitamos de la gracia de Dios, la única que puede devolvernos a la vida. El que cree en Jesucristo y sigue a Jesucristo, si lo posee en su interioridad y se deja poseer por él, vive feliz.
Lo mismo que Marta, la hermana de Lázaro le dice a Jesús: <<Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano>>, también cada uno de nosotros podríamos decirle: <<Señor, si hubiésemos estado más cerca de ti, no nos habrían pasado las cosas que nos han pasado>>. Y lo mismo que Jesús lloró por Lázaro, también llora por nosotros. Jesús llora por cada uno de nosotros, porque nos quiere, y nos quiere felices, reconducidos hacia la vida verdadera que dimana del mensaje evangélico.
Esta experiencia personal de la cercanía de Cristo, es también una experiencia social. Si la sociedad estuviera más cerca de Cristo, si no se hubiera retirado de él, otro color tendrían las cosas que acontecen en ella. Vivimos horrorizados con tanta maldad, con tantos crímenes, con tanto terrorismo, con tanta lascivia, con tanta persecución al inocente. Los hombres no están cerca de Cristo; si cabe, se encuentran cada día más alejados de él. Algo huele mal en la sociedad; algo huele mal en cada uno de nosotros, como olía el cadáver putrefacto de Lázaro; algo que hay que cambiar y convertir, algo que hay que cortar, algo que hay que orientar. Cada cual sabe, o tiene que saber, qué huele en él, y, en consecuencia, qué ha de cortar y extirpar. 
Tenemos que convertirnos e iniciar unas jornadas de puertas abiertas: <<Abridle las puertas a Cristo, no temáis. Abridle las puertas a Cristo>>, exclama el papa Juan Pablo II. No hace mucho, en un rápido viaje a Francia, entré en una iglesia de un pequeño pueblo. Al lado del altar había una especie de pancarta que rezaba así: <<Dejaos envolver por Jesucristo>>. Es lo que nos hace falta a todos, que nos seduzca Jesucristo, que sea nuestro guía, que sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Sólo así conseguiremos la verdadera dicha, la verdadera felicidad, la verdadera alegría, <<muy difícil de conseguir, y muy fácil de perder>>, en el decir de Richer. 
El mundo está roto en mil pedazos. El hombre está dividido y fragmentado. El mundo vive inmerso en la división, en el escándalo cada día más grave de la corrupción y la falsedad. Los valores de la persona están invertidos. La persona humana soporta la carga pesada de las soledades y los sufrimientos, de las guerras y de las enfermedades más terribles y misteriosas. El hombre necesita urgentemente una inversión a favor del hombre. Hace falta que nos entusiasmemos con Jesús y su obra de salvación.
El cristiano debe primero construir <<su mundo>> interno, y, después, construir el mundo. Como Jesús, tiene que aprender a resucitar cada día para ayudar a los demás a resucitar, a salir de sus miedos, de sus dudas, de sus enquistamientos personales, para que puedan abrirse al don de Dios, de modo que cuando Cristo, como a Lázaro, les diga: <<Salid fuera>>, o hagan.
La expresión más bella de todos los tiempos, la frase que nos hace más feliz: <<Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, no morirá para siempre>>, es la que tenemos que grabar a fuego en lo profundo de nuestro corazón. Jesús es la Vida. Quien cree en Él encuentra la clave del sentido de su vida; es feliz. Por eso, la muerte es la completa ausencia de la felicidad, del amor, de la alegría, del sentido de la vida, en una palabra.
El escritor Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a rondarle la cabeza, solía apostarse a las puertas de las iglesias para ver los rostros de los que de ellas salían. Después de repetir varias veces la misma operación, su conclusión no fue otra que ésta: <<Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos>>.
¿Dónde se quedó vuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta los santos los hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores, e ignoramos todo el gozo interior de encontrarnos con Dios en su alma. Posiblemente Dios se nos haya vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su sabor.