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Cuarto domingo de Pascua

Domingo, 17 de abril de 2016

 

Hch 13,14.43-52: Yo te haré luz de los gentiles.
Ap 7,9.14-17: El cordero será su pastor.
Jn 10,27-30: Yo doy la vida eterna a mis ovejas.

 

Si en anteriores domingos los protagonistas de las lecturas sagradas fueron María Magdalena, Tomás el apóstol o Pedro, el personaje central de este domingo es Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida eterna a sus ovejas.
Alguien ha dicho que Dios ha pasado de ser objeto constante de reflexión y estudio en casi toda la literatura de todos los tiempos a ser postergado en todos los campos de nuestra cultura. Por eso, podemos concluir que nuestros tiempos son tiempos de silencios y de ausencias. Dios es el gran silente y el gran ausente. Vivimos en la llamada «cultura de la muerte de Dios», en la que Dios no interesa ni mucho, ni poco.
El papa Juan Pablo II, en su última visita a España, hacía la siguiente reflexión dirigida especialmente a los universitarios y científicos de la Complutense de Madrid: «Toda fe que un creyente dice que la tiene, si no se traduce en una cultura no es una fe verdadera.». Y es que la cultura es un modo de vivir, de pensar, de ser; en ella está la clave para responder a este vacío que el hombre de la posmodernidad quiere hacer de Dios.
Una de las notas distintivas de nuestra cultura es su falta de confianza en la razón, sobre todo en la razón ilustrada. Por ello, el problema de Dios no puede ser abordado prioritariamente desde las razones del pensamiento, aunque también, sino que hay que abordarlo desde la razón del corazón, haciendo realidad la sentencia de las Meditaciones de Pascal: <<El corazón tiene sus razones que la razón no entiende». Más que hacer hincapié en el Dios de la razón, es necesario insistir en el Dios revelado por Jesucristo; en el Dios de la vida; en el Dios que se siente, pero no se explica; se entiende, pero no se comprende. Como bien decía Unamuno, la fe del creyente ha de centrarse en Dios, Padre y Pastor de nuestras almas.
A esta cultura que tiene auténtica alergia a Dios, conviene presentar un Dios dialogante, atractivo, que responda a las inquietudes del hombre de hoy. Yo señalaría los siguientes tres aspectos de Dios, que, entre otros, conviene dar a conocer.
Primero: Dios es el Buen Pastor que conoce a la perfección a sus ovejas, y por eso las llama por su nombre, y las acompaña y precede en el sacrificio. Esto significa que quien sigue a Jesucristo, tiene que seguirlo en el difícil camino de la cruz, porque ha asumido el mismo nivel de pobreza, de postración, de sufrimiento y de cruz que su Maestro, el Buen Pastor.
Segundo: Dios es el Buen Pastor que se preocupa fundamentalmente por las ovejas descarriadas. También a ellas las llama, porque son suyas y no quiere que se pierda ninguna. Éstas oirán su voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.
Es un claro mensaje para nosotros, los cristianos del ya entrante siglo XXI. Nuestra misión, hoy más que nunca, ha de centrarse en mostrar a los hombres el verdadero rostro de Dios. Este mostrar pasa, no tanto por nuestros discursos, que a fuerza de tanta repetición se han convertido en discursos puramente retóricos, sin contenidos, vacíos, cuanto por nuestro testimonio de vida. Aquí se cumple una vez más uno de los dichos que definen a nuestra cultura: «Hay que predicar con el ejemplo». Hoy, más que palabras, queremos hechos; más que bellas y hermosas teorías de Dios, queremos las concreciones prácticas a que conduce creer en Dios. En otros términos, hay que ser buenos pastores, a ejemplo del Buen Pastor. Es el único medio de impregnar la cultura con la fe religiosa. No de cualquier tipo de fe, sino de la fe que brota y se enraíza en Dios y se expresa en medio de los hombres, de todos los hombres, porque la evangelización afecta más directamente a todos aquellos que «guardan silencio sobre Dios»: «Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas tengo que conducirlas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16).
Tercero: Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas para que éstas posean la vida eterna. El mal pastor, en cambio, abandona el rebaño a su suerte, sobre todo, con su mal ejemplo de vida, con su falta de testimonio transparente, con sus incoherencias entre su decir y su obrar. Jesús, Buen Pastor, nos exige sinceridad y coherencia de vida, los dos avales de todo testimonio cristiano.
Se comenta que un renombrado escritor, que hacía ya bastante tiempo que andaba a vueltas con el problema de Dios, le preguntó un día a un canónigo de la catedral de Nôtre Dame: «¿De verdad existe Dios?». El canónigo le respondió lanzándole otra pregunta: «¿Cambiaría tu vida si descubrieras con toda certeza que Dios existe?». La moraleja no es otra que ésta: no tenemos que tener la absoluta certeza de la existencia de Dios para cambiar de vida.
Mis queridos amigos, el gran mensaje de este cuarto domingo de resurrección del tiempo pascual es que Cristo resucitado es el Buen Pastor de nuestras almas que nos ha salvado; que ha dado su vida por nosotros y la sigue dando día a día para que nosotros a cambio poseamos la vida eterna, y la poseemos en abundancia, de modo que ya nunca más tengamos ni hambre ni sed (cf. Jn 6,35-36).
 

Tercer domingo de Pascua

Domingo, 10 de abril de 2016

 

Hch 5,27-32.40-41: Dios resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis.
Ap 5,11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder.
Jn 21,1-19: Es el Señor.

 

La Pascua cristiana tiene como centro a Jesús, muerto y resucitado por nuestra salvación. Dios ha resucitado a Jesús, y en su Resurrección todos hemos resucitado. El Señor ha roto las cadenas de la muerte y vive victorioso como rey de reyes. La luz ha vencido a las tinieblas; el amor al odio; la unidad a las discordias y divisiones; la valentía al miedo. Jesús es el Señor de la vida que conduce a los hombres a la plenitud de Dios.
El relato de los Hechos de los Apóstoles, que hoy nos presenta la liturgia, acota el corazón mismo de la fe cristiana: Dios resucitó a Jesús y lo exaltó, y, en consecuencia, todos hemos sido redimidos del pecado, a la vez que somos introducidos en la dinámica liberadora de la Resurrección divina. Esta experiencia de saberse en las manos de Dios, salvador y dador de la vida, es la que lleva a los primeros discípulos a superar el miedo de los primeros momentos para, a continuación, dar testimonio público de su fe en la Resurrección del Señor.
Mis queridos amigos, el itinerario de vida de todo apóstol, de todo cristiano, pasa por tres estadios de vida que se concretan en tres situaciones.
Primera, la situación de un miedo casi insuperable, cuya raíz es la desilusión y falta de fe. Igual que los apóstoles, también nosotros, que decimos seguir al Señor, no acabamos de creer seriamente en Él y en su mensaje de salvación. En realidad, creemos más en las palabras de los hombres que en la Palabra de Dios. Por eso, surge en el fondo de nuestro corazón la duda, el miedo al descrédito, al fracaso, a hacer el ridículo delante de los hombres. Pero como las palabras de los hombres no salvan, ni dan seguridad, ni llenan de sentido la vida humana, desembocamos en una difícil encrucijada: o los hombres o Dios; o apostar por Dios, aún a sabiendas de los riesgos que entraña, o apostar por los hombres con las seguridades relativas del momento. Aquél llena de sentido toda nuestra vida, no exenta de la cruz; éstos no pueden salvarnos, aunque nos ofrezcan felicidades momentáneas y fugaces.
Jesús es muy claro a la hora de la opción por Él o al margen de Él: «Si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria» (Lc 9,26).
Segunda, la situación del testimonio público de la fe. La fuerza del Espíritu irrumpe de forma casi avasalladora en el corazón de quienes no tienen más señor que Dios. El miedo y la cobardía se convierten en parresía, es decir, en una valentía que sólo puede nacer de la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Por eso, el miedo es relegado al pasado, y la obediencia a Dios está antes que la obediencia a los hombres. Quien vive en la verdad, vive en la libertad; y quien vive libremente vive sin temores de ningún tipo. Se sabe en Dios y con la fuerza del Espíritu divino, único garante de su vida, que le impulsa al testimonio de la fe. La vida de fe, que brota de la confianza, la fidelidad y el amor a Dios, exige, por su propio dinamismo interno, ser comunicada y manifestada. Por ello, sin testimonio no hay vida de fe.
Los modismos actuales que intentan constreñir la fe al puro ámbito de lo privado, a las «iglesias y a las sacristías», pretenden acallar la Palabra de Dios, instancia crítica en un mundo vacío, chato y mediocre. Hay que hacer frente a estos intentos de ahogar el mensaje de Dios, proclamando a los cuatro vientos que Jesucristo, muerto y resucitado es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14,6); que sólo Dios, y nada más que Dios, puede devolver el rostro humano a nuestro mundo totalmente deshumanizado; en definitiva, que sólo Dios salva.
Tercera, la situación de las consecuencias del testimonio cristiano: las persecuciones. Es decir, la asunción de la cruz, distintivo del cristiano y signo de autenticidad del testimonio: «El que quiera venirse conmigo, que niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga» (Lc 9.23). Las persecuciones son muy distintas y abundantes. La historia está llena de personas que dieron su vida por los demás, que sufrieron vejaciones, torturas, cárceles por defender el testimonio de su fe en Jesucristo, señor de la vida, y por encarnar en la práctica las exigencias de ese testimonio: el amor a los demás, que implica la entrega a la causa de los demás, a la defensa de los derechos humanos, a la proclamación de la justicia.
También nosotros, si queremos ser coherentes con lo que creemos y anunciamos, tenemos que asumir nuestros «calvarios» particulares, nuestras cruces de cada día. El desprecio, la crítica, la murmuración son monedas comunes que nos atenazan cuando nos tomamos en serio ser auténticos y verdaderos cristianos.
Pero son monedas que no hemos de rechazar, ni tan siquiera evitar. Todo lo contrario, ha de ser motivo de dicha, porque es signo inequívoco de que la Palabra de Dios, anunciada y testimoniada, hace mella en el corazón de quienes nos rodean: «Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os expulsen y os insulten y propalen mala fama de vosotros por mi causa [ ... ] ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Porque así es como los padres de éstos trataban a los falsos profetas (Lc 6,22.26).
Mis queridos amigos y hermanos, avancemos en la madurez de la fe cristiana. Vivamos con gozo la alegría de la fe, la dicha del testimonio de la fe. Pidámosle al Señor, muerto y resucitado, que nos dé la suficiente valentía interior para asumir con entereza los envites que conlleva el testimonio de la fe, que nos exige nuestra fidelidad al Señor.
 

Domingo de Pascua de Resurrección

Domingo, 27 de marzo de 2016

 

Hch 10,14.37-43: Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver.
Col 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Jn 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.


En ocasiones se ha definido el cristianismo como una vertiente más del humanismo en sus múltiples facetas. Una definición ésta no exenta de su parte de verdad, pero, al mismo tiempo, una definición que esconde graves e incluso peligrosos riesgos.
En efecto, es indudable que lo humano es base sine qua non de todo lo cristiano, porque es imposible un cristianismo desencarnado. Pensar y vivir el cristianismo al margen de lo humano fue y si ººgue siendo el craso error de todo tipo de gnosticismo, que conlleva la falsación de todo el Evangelio, y de la misma figura de Jesús, y en Él de Dios, encarnado y manifestado en nuestra historia humana. Pero no es menos cierto, que centrar todo lo cristiano exclusivamente en lo humano, y nada más que en lo humano, es un reduccionismo peligroso que mutila nada más y nada menos que toda dimensión de trascendencia, esencialidad irreductible del ser cristiano, desembocando en lo que comúnmente se dice un cristianismo «de tejas para abajo». Es el cristianismo de la paradoja y de la contradicción, «creer en Dios al margen de Dios».
La Pascua es la fiesta de la vida, de la luz y del color de la resurrección de Jesucristo. Es la fiesta de la esperanza que nos lanza a depositar nuestra fe en el corazón de Dios, Padre y Señor de la vida. Y, por tanto, es la fiesta que nos invita a autotrascendemos, a volar alto, a mirar por encima de nuestras cabezas.
La cruz redentora no acaba en la muerte del frío sepulcro; si así fuera, no sería redentora. La cruz y la muerte de Jesús carecen de sentido si el mismo Jesús que ha sido clavado en cruz y ha muerto no ha resucitado. Por tanto, no hay cruz sin gloria. Si Cristo no ha resucitado «vana es nuestra fe» (1 Cor 15,14). Si sólo para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de los hombres (cf. 1 Cor 15,17.19).
Texto escandaloso a los oídos de muchos contemporáneos sensibles, por otra parte, al carácter gratuito de la vida, a apostar por la vida porque sí, porque la vida se justifica por sí misma y no necesita finalidad exterior a ella. Es, ni más ni menos, la versión secularizada de aquellos versos famosos: «Aunque no hubiera cielo yo te amara».
El misterio de la Resurrección de Jesús es una llamada y una respuesta de Dios al hombre. Es una llamada de Dios a vivir la vida en plenitud, con gozo y con alegría, con libertad -la libertad de los hijos de Dios- anclada en la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32), sin ataduras humanas de ningún tipo, porque su meta no es la encarnación encarnada, sino la encarnación resucitada. Su meta no es el reino de los hombres, sino el Reino de Dios. Sólo es libre la libertad que, transformando la historia, trasciende la historia misma porque entiende que en ésta no se encuentra su plena realización sino en Dios.
Pero la resurrección es también una respuesta de Dios al hombre, a cada uno de nosotros. Dios nos dice que la vida no es un sinsentido, ni un absurdo, y que, en consecuencia, merece la pena ser vivida a fondo. No todo acaba en la muerte. La muerte es sólo el paso necesario e ineludible para la vida.
La pregunta clave es ¿por qué y para qué vivimos? Vivir no es solamente durar. Vivir con sentido es trascenderse, saltar cualitativa e incesantemente de la mediocridad a cotas mayores de sentido y de plenitud. No necesitamos a Dios sólo para morir consolados, sino para vivir con sentido, para creer que vale la pena vivir generosamente en plenitud y amar profundamente siempre. Ése es el único nexo entre el hoy y el mañana definitivo. La pulsión fundamental del hombre -y por desgracia, más pertinazmente sofocada- es darse, ofrendarse, salir de sí hacia el otro que lo colme.
¿Cómo hacer inteligible la Resurrección de Jesús y nuestra propia resurrección en el horizonte de un mundo que ha dejado de creer en Dios y está en trance de no creer en el hombre, cuando rechazó antes a Dios pensando que así apostaba por el hombre?
La fe cristiana reconoce en Jesús, en su vida, la manera de vivir y de ser de Dios como amor en el mundo y en el tiempo. Este amor le da sentido a la vida e introduce en ella un elemento que ya es anticipo de la vida eterna: la muerte es la ruptura con lo que en la vida hay no ya solo de pecaminoso sino esencialmente de limitación.
Un hombre viviendo la vida de Dios es un hombre que descubre el más allá -la dimensión de eternidad- en el más acá del tiempo, pero, a la vez, espera encontrar una vida que, sin ser fusión y pérdida en el infinito, sí sea plenitud y transparencia, en la que la comunicación, la libertad, la igualdad, la sencillez, la paz no sean experiencias precarias, aspiraciones que se esfuman sin dejar huellas, sino un estado permanente sostenido por el amor de Dios.
De esa vida, el creyente no tiene evidencias ni comprobación posibles; y esto es lo que le cuesta entender, porque en el fondo sigue muy aferrado a su historia; la historia que palpa, pero que, quizá, no «ve» porque no la trasciende.
Creer en la resurrección no es sólo ver las cosas de otra manera, con la esperanza de que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Es, además, y al mismo tiempo, creer en la alternativa de Dios, porque la resurrección pone en pie la esperanza humana, no como las utopías humanas, que no pasan de ser meras, pobres y efímeras ilusiones humanas, sino como un acontecimiento real: Jesús fue aquél que vivió de tal manera que acabó en la resurrección. Su comunión con Dios como Padre la vivió con los hombres como hermanos.
Frente a la necrofilia actual disfrazada de amor a la vida, de esfuerzos desesperados e inútiles por vivir mejor desde las claves del materialismo y del hedonismo, Jesús nos dio una imagen de Dios y del hombre a partir de la cual, y sólo a ese precio, se le hará al hombre accesible Dios: el hombre mismo y el significado de la resurrección como la buena noticia. Lo descubren quienes experimentan un prodigioso rejuvenecimiento al desembarazarse de tantas protecciones infantiles y artificiales y entran a formar parte de la fraternidad de los pobres, de los ancianos, de los enfermos. Reconociéndolos como hermanos, reciben de ellos, en recompensa, la revolución de su propia humanidad. Quien ha cuidado enfermos, comprendido al joven cargado de problemas, tratado con minusválidos, sabe qué tesoros de humanidad reservan para quienes se detienen en su vertiginosa carrera a ninguna parte.
El problema, por tanto, no es si existe una vida después de la muerte, sino si existe una vida después del nacimiento; si se puede nacer de nuevo (cf. Jn 3,1-8), después de haber envejecido prematuramente por rutina, mediocridad o egoísmo. Jesús es el resucitado porque vivió la vida de Dios, y su modo de vivir y de morir llevaba ya dentro el germen de Dios que no muere.
Para el cristiano hay dos cosas claras frente a los que esperan que el hombre se salve a sí mismo: una fe que se funda en el «hacerse hombre» de Dios tiene interceptada toda huida del mundo; y una fe que recibe totalmente la iniciativa de Dios tiene prohibido todo empeño de introducir la salvación de Dios a la fuerza. El cristiano tiene que asumir la tarea de construir el mundo, tiene que colaborar en la obra de la salvación sin sucumbir a la tentación prometeica. Éste es el mensaje total de la Resurrección de Jesús.
 

Segundo domingo de Pascua

Domingo, 3 de abril de 2016


Hch 5,12-16: Crecía el número de los creyentes.
Ap 1,9-13.17-19: Yo soy el que vive.
Jn 20,19-31: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.


En paralelismo con el título de un cuadro de Miró, Los personajes de la vida de Cristo, podemos describir otro cuadro cuyo nombre sería: <<Los personajes de la Resurrección de Jesucristo».
El domingo pasado la protagonista fue María Magdalena. Este segundo domingo de Pascua el protagonista es Santo Tomás, un apóstol del que poco sabemos porque poco es lo que nos cuentan de él los Evangelios. Los sinópticos apenas si dicen algo de él; San Juan es un poco más explícito y nos lo presenta en dos escenas; una, cuando Jesús se muestra como camino, verdad y vida (cf. 14,17); otra, la que nos presenta el Evangelio de hoy.
Santo Tomás es símbolo vivo del itinerario existencial de la fe del creyente, porque la fe es una aventura diaria. Cada día tenemos que reafirmar nuestra adhesión y fidelidad a Dios; nunca está todo hecho; nunca hemos llegado «del todo». Tres son las etapas evolutivas del desarrollo de la fe en Santo Tomás, que son también las nuestras.
Primera, es la etapa de la llamada fe racionalista y materialista; dos calificativos que entran en conflicto directo con el sustantivo. Es decir, ni la fe puede ser racionalista, ni mucho menos materialista. No obstante, ésta es la condición singular del hombre; capaz de grandes contradicciones no sólo epistemológicas, sino también ontológicas, vitales, existenciales.
Santo Tomás es el prototipo del creyente cartesiano que quiere convertir, y de hecho convierte, la fe en algo tangible, con datos «contantes y sonantes». Su actitud ante la vida de fe es la del más craso materialismo que no cree en nadie ni en nada, si antes no comprueba in situ el objeto de su fe. En otras palabras, es la actitud que quiere «tocar y ver para creer» sin advertir que Dios, objeto, término y fin de nuestra fe, no una cosa más entre las cosas, expuesta a todo tipo de manipulaciones humanas. Dios, al mismo tiempo que es inmanente a la historia, la trasciende.
Dios es el misterio inabarcable que nos embarga, rodea y supera por todas partes. De Él sólo cabe la aceptación y la acogida en fidelidad y en entrega a su voluntad, nunca la comprensión racionalista, error de los ateísmos de todos los tiempos que niegan a Dios porque el pensamiento no puede abarcarlo. Los razonamientos no nos dan la fe, aunque ayudan a creer a quien quiera creer.
En resumen, en este primer nivel, la fe no pasa de ser acomodaticia, sin riesgos. Es la llamada fe -y aquí está la gran contradicción- la «seguridad absoluta», opuesta al corazón y vida misma de la fe verdadera.
Segunda, es la etapa de la fe como búsqueda serena de Dios, que sale al encuentro del hombre. Atrás queda la imposibilidad de Prometeo. La conquista humana del mundo por medio de la razón no es extensible a Dios. Todos los intentos que han marchado en esta dirección han acabado en el más estrepitoso de los fracasos.
En el proceso de maduración de la vida de fe surge la «duda de la fe», que cuestiona la racionalización de la primera etapa para pasar a una postura de fe más íntima, más personal y más vital. Es la etapa de la fe como búsqueda incesante del Dios de la vida, dando respuestas, no ya cerebrales sino existenciales, a los «porqué» y a los «para qué» humanos. Por eso, es la fe que no pregunta ni inquiere, sino que se abandona en el Misterio, corazón y pulmón de Dios.
Lo que Tomás pretende con la búsqueda, como también lo pretendemos nosotros, es llegar a poseer una fe adulta, madura, responsable, personalizada. Una fe que no se deja llevar y arrastrar por las modas y corrientes al uso, como sucede, en ocasiones, con los pensamientos y movimientos teológicos de última hora, que pretenden ser la verdad última y definitiva. En suma, es una fe firme y segura, como la casa edificada sobre roca (cf. Mt 7,24-27).
Tercera, es la actitud de la fe como encuentro personal con Dios. Toda vez que hemos entrado en el dinamismo de la vida de fe que nos replantea la vida entera, y que nos pone de cara a nosotros mismos y de cara a los demás, el desenlace no puede ser otro que el encuentro con Dios que nos lleva a exclamar con Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Es la fe hecha plegaria y encuentro, oración y súplica. Dios es aceptado como el único absoluto, pero, por encima de todo, Dios es amado como el único Señor de la historia y como el único Señor de nuestra singular y personal historia. A partir de ahora, Tomás, y nosotros con él, no necesitamos de otras alternativas, de otras explicaciones.
Él mismo lo ha «visto» con sus propios ojos. Es decir, él mismo ha tenido la experiencia de Dios, tan personal que es intransferible e incontable; por ello, es experiencia.
Mis queridos amigos, Cristo vive; ha resucitado. Ésta es nuestra fe; ésta es la fe de la Iglesia. La vida venció a la muerte; la luz a las tinieblas; la alegría, al llanto. Estamos celebrando y viviendo un tiempo de gracia, de gratitud, de alegría, porque el Señor, Jesús, ha vencido a la muerte y ha resucitado como primicia de nuestra propia resurrección. El misterio de nuestra fe queda fundamentado en una de las grandes verdades del cristianismo: el amor es más fuerte que la misma muerte.
Como los apóstoles, pidamos al Señor que nos aumente la fe en calidad y con profundidad, para que hagamos de nuestra vida un encuentro permanente, íntimo y personal con quien sabemos que nos ama; con Dios, principio y fin de nuestra vida.
 

Quinto domingo de Cuaresma

Domingo, 13 de marzo de 2016


Is 43,16-21: No penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo.
Flp 3,8-14: Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo.
Jn 8,1-11: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.


Hermosa y tremenda lección la que nos da hoy Jesús en el relato evangélico de la mujer adúltera. Los escribas y los fariseos apuestan decididamente por la condena, por la muerte, en cumplimiento estricto de la letra de la ley (cf. Lev 20,10; Dt 22, 22-24). Jesús, en cambio, opta decididamente por el perdón, por la vida, en cumplimiento estricto del espíritu de la ley, porque Dios es el Señor y el Creador de la vida. Ama la vida, no la muerte. Toda la ley y los profetas se resumen en un único mandamiento: el del amor. Y en medio de estas dos opciones, la observación de Jesús fina, elegante y crítica: «El que esté libre de pecado, que la primera piedra». El resultado ya lo sabemos.
Queridos amigos, ésta es la lección que nos da Jesucristo, que Dios nunca condena, y, consecuentemente, siempre salva. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La salvación y la gracia llegan a través de Jesucristo, encarnación y expresión última y definitiva de la misericordia de Dios. Jesús se convierte, así, en verdadero camino de misericordia para el creyente, de ahí que nadie, absolutamente nadie vaya al Padre, si no es por Él, camino, verdad y vida que conduce al hombre hasta Dios (cf. Jn 14,6-7). No en vano, las intervenciones de Jesús con mujeres en el cuarto Evangelio han sido siempre de misericordia. Recordemos, por ejemplo, la escena de Jesús con la samaritana, una pecadora que tuvo hasta cinco maridos (cf. Jn 4,18), a quien Jesús le concede el perdón y el don del agua viva.
Con Jesús la letra de la ley queda superada. Lo importante es el espíritu de la ley, porque la letra mata, mientras el espíritu vivifica (cf. Rom 8). Jesús invita a la mujer a abandonar su pasado de pecado y de muerte y a abrazar su presente lleno de esperanza y de vida. Jesucristo libera a la adúltera de la oscuridad de una vida anterior, recuperándola a la plenitud de la vida, mediante el perdón y la misericordia, con el diálogo del amor: <<¿Quién te ha condenado? Nadie, Señor. Pues yo tampoco te condeno. Vete y no peques más».
San Agustín comenta al respecto: «El Señor responde de modo que salva la justicia sin descuidar la mansedumbre [ ... ] al final quedaron solamente dos, la misericordia de la mujer y la misericordia de Cristo, la una frente a la otra».
La actuación de los hombres es diametralmente opuesta a la de Dios. Las obras de los hombres no son las de Dios. Allí donde Dios pone misericordia y perdón, los hombres ponemos impiedad y condena. Ejemplos los tenemos a puñados en la vida diaria, desde las críticas malévolas y las condenas verbales de los vecinos, de los compañeros y compañeras de trabajo, hasta la difamación y la calumnia de nuestros enemigos políticos. Allí donde Dios pone amor y vida, los hombres seguimos empeñándonos en poner pecado y muerte. El mundo de los hombres se opone al proyecto salvador de Dios, apostando fuertemente por la violencia de todo género, por las guerras sin cuento, por la muerte como antítesis de la vida. Criticamos, litigamos, condenamos y matamos, sin acordarnos de que no estamos libres de pecado; de que todos tenemos que perdonar, porque, a su vez, todos tenemos necesidad del perdón de Dios.
Del corazón de Dios brotan el amor, la paz, la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón, la vida. Del corazón del hombre, en cambio, brotan «las malas ideas: inmoralidades, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfrenos, envidias, calumnias, arrogancias, desatino» (Mc 7, 22-23).
El hombre, ensimismado en sus asuntos terrenos, ha olvidado por completo los valores eternos. O dicho en otros términos, a base de olvidar la trascendencia, ha olvidado también la inmanencia. Ha olvidado tanto los valores divinos como los humanos, permaneciendo insensible al más mínimo resquicio de misericordia y de perdón. Es más, el perdón y la misericordia los interpreta como signos de debilidad humana porque cree que no conducen a ningún sitio. Lo inteligente es situarse frente a los otros desde una posición de fuerza, de firmeza, de intransigencia, como único medio de supervivencia. Es una situación que le está llevando paulatinamente a un callejón sin salida, a un futuro de muerte, sin esperanza y sin ilusiones. Sólo el amor produce esperanza, ilusión, vida. Sólo el amor regenera el corazón del hombre. Sólo el amor es capaz del perdón y de la misericordia, tanto para generarlos como para recibirlos. Por eso, sentencia Jesús: <<.A quien mucho ama, mucho se le perdona» (cf. Lc 7,47).
Mis queridos amigos todos, la Cuaresma es tiempo de salvación y de gracia. Dios nos sale al encuentro y quiere que nos convirtamos a Él; quiere que, como la mujer pecadora del Evangelio de hoy, nos arrepintamos de nuestras miserias e iniquidades internas, y que, como el hijo pródigo, iniciemos el camino de vuelta a la casa del Padre. Y, una vez más, este cambio interno hemos de manifestarlo en nuestros hechos externos.
Abramos también el corazón a la pedagogía de Dios que nos enseña a perdonar, no a condenar; a amar, no a odiar; a vivir, no a morir. Ésta es la única verdad de Dios que nos hace libres (cf. Jn 8,32) para que nuestra libertad en el amor sea a su vez un motivo de esperanza y de salvación para los demás.