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Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Martes 20 de junio | 20,30 horas   El próximo martes 20 de ju...
19 Junio 2017
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12 Junio 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Viernes, 16 de junio | 20.30 horas   El próximo viernes 16 de...
07 Junio 2017
Domingo 11 de junio     Éx 34,4-6.8-9: Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso. 2 Cor 13,11-13...
05 Junio 2017
Fundación Miguel Castillejo | Jardín Viernes, 9 de junio | 21 horas      El próximo viernes 9 de ...

Quinto domingo de Cuaresma

Domingo, 13 de marzo de 2016


Is 43,16-21: No penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo.
Flp 3,8-14: Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo.
Jn 8,1-11: El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.


Hermosa y tremenda lección la que nos da hoy Jesús en el relato evangélico de la mujer adúltera. Los escribas y los fariseos apuestan decididamente por la condena, por la muerte, en cumplimiento estricto de la letra de la ley (cf. Lev 20,10; Dt 22, 22-24). Jesús, en cambio, opta decididamente por el perdón, por la vida, en cumplimiento estricto del espíritu de la ley, porque Dios es el Señor y el Creador de la vida. Ama la vida, no la muerte. Toda la ley y los profetas se resumen en un único mandamiento: el del amor. Y en medio de estas dos opciones, la observación de Jesús fina, elegante y crítica: «El que esté libre de pecado, que la primera piedra». El resultado ya lo sabemos.
Queridos amigos, ésta es la lección que nos da Jesucristo, que Dios nunca condena, y, consecuentemente, siempre salva. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. La salvación y la gracia llegan a través de Jesucristo, encarnación y expresión última y definitiva de la misericordia de Dios. Jesús se convierte, así, en verdadero camino de misericordia para el creyente, de ahí que nadie, absolutamente nadie vaya al Padre, si no es por Él, camino, verdad y vida que conduce al hombre hasta Dios (cf. Jn 14,6-7). No en vano, las intervenciones de Jesús con mujeres en el cuarto Evangelio han sido siempre de misericordia. Recordemos, por ejemplo, la escena de Jesús con la samaritana, una pecadora que tuvo hasta cinco maridos (cf. Jn 4,18), a quien Jesús le concede el perdón y el don del agua viva.
Con Jesús la letra de la ley queda superada. Lo importante es el espíritu de la ley, porque la letra mata, mientras el espíritu vivifica (cf. Rom 8). Jesús invita a la mujer a abandonar su pasado de pecado y de muerte y a abrazar su presente lleno de esperanza y de vida. Jesucristo libera a la adúltera de la oscuridad de una vida anterior, recuperándola a la plenitud de la vida, mediante el perdón y la misericordia, con el diálogo del amor: <<¿Quién te ha condenado? Nadie, Señor. Pues yo tampoco te condeno. Vete y no peques más».
San Agustín comenta al respecto: «El Señor responde de modo que salva la justicia sin descuidar la mansedumbre [ ... ] al final quedaron solamente dos, la misericordia de la mujer y la misericordia de Cristo, la una frente a la otra».
La actuación de los hombres es diametralmente opuesta a la de Dios. Las obras de los hombres no son las de Dios. Allí donde Dios pone misericordia y perdón, los hombres ponemos impiedad y condena. Ejemplos los tenemos a puñados en la vida diaria, desde las críticas malévolas y las condenas verbales de los vecinos, de los compañeros y compañeras de trabajo, hasta la difamación y la calumnia de nuestros enemigos políticos. Allí donde Dios pone amor y vida, los hombres seguimos empeñándonos en poner pecado y muerte. El mundo de los hombres se opone al proyecto salvador de Dios, apostando fuertemente por la violencia de todo género, por las guerras sin cuento, por la muerte como antítesis de la vida. Criticamos, litigamos, condenamos y matamos, sin acordarnos de que no estamos libres de pecado; de que todos tenemos que perdonar, porque, a su vez, todos tenemos necesidad del perdón de Dios.
Del corazón de Dios brotan el amor, la paz, la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón, la vida. Del corazón del hombre, en cambio, brotan «las malas ideas: inmoralidades, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfrenos, envidias, calumnias, arrogancias, desatino» (Mc 7, 22-23).
El hombre, ensimismado en sus asuntos terrenos, ha olvidado por completo los valores eternos. O dicho en otros términos, a base de olvidar la trascendencia, ha olvidado también la inmanencia. Ha olvidado tanto los valores divinos como los humanos, permaneciendo insensible al más mínimo resquicio de misericordia y de perdón. Es más, el perdón y la misericordia los interpreta como signos de debilidad humana porque cree que no conducen a ningún sitio. Lo inteligente es situarse frente a los otros desde una posición de fuerza, de firmeza, de intransigencia, como único medio de supervivencia. Es una situación que le está llevando paulatinamente a un callejón sin salida, a un futuro de muerte, sin esperanza y sin ilusiones. Sólo el amor produce esperanza, ilusión, vida. Sólo el amor regenera el corazón del hombre. Sólo el amor es capaz del perdón y de la misericordia, tanto para generarlos como para recibirlos. Por eso, sentencia Jesús: <<.A quien mucho ama, mucho se le perdona» (cf. Lc 7,47).
Mis queridos amigos todos, la Cuaresma es tiempo de salvación y de gracia. Dios nos sale al encuentro y quiere que nos convirtamos a Él; quiere que, como la mujer pecadora del Evangelio de hoy, nos arrepintamos de nuestras miserias e iniquidades internas, y que, como el hijo pródigo, iniciemos el camino de vuelta a la casa del Padre. Y, una vez más, este cambio interno hemos de manifestarlo en nuestros hechos externos.
Abramos también el corazón a la pedagogía de Dios que nos enseña a perdonar, no a condenar; a amar, no a odiar; a vivir, no a morir. Ésta es la única verdad de Dios que nos hace libres (cf. Jn 8,32) para que nuestra libertad en el amor sea a su vez un motivo de esperanza y de salvación para los demás.
 

Exaltación de la Saeta

Viernes 11 de marzo de 2016

 

El próximo viernes 11 de marzo tendrá lugar en el salón de actos de la Fundación Miguel Castillejo la celebración de nuestra tradicional Exaltación de la Saeta, que este año estará a cargo de José Gil Torres y estará presentado por Luis Ortiz García. Además contaremos con la especial colaboración de la cantante internacional Trinidad Montero "La Trini".

 

Viernes 11 de marzo, 20,30 horas
Entrada libre hasta completar aforo.

Tercer domingo de Cuaresma

Domingo, 28 de febrero de 2016

 

Éx 3,1-8.13-15: Yo soy el que soy.
1 Cor 10,1-6.10-12: El que se cree seguro, ¡cuidado, no caiga!
Le 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

 

Celebramos el tercer domingo de Cuaresma que este año coincide con a festividad de San José, proclamada por la Iglesia como día del seminario, una de las conmemoraciones que más han de tocar nuestro corazón.
El seminario, como bien sabéis, es el corazón de la diócesis, de él dimana toda la sangre que irrigará el día de mañana la vida espiritual de la iglesia de Córdoba. Jesucristo, nuestro Señor, en la Última Cena instituye el sacramento de la Eucaristía y también el sacramento del Orden, cuando al consagrar y transformar el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre, ordena y dice: «Haced esto en conmemoración mía». Con estas palabras, Jesucristo estaba diciendo a los doce, y también a sus sucesores, que el sacramento de la Eucaristía se celebraría a través de los siglos.
En los tiempos que nos han tocado vivir, los seglares habéis irrumpido de lleno en la Iglesia, formando un solo pueblo, el pueblo de Dios. Es esta misma Iglesia la que os llama y os necesita para el desarrollo en el mundo de la misión evangelizadora, porque por vuestro bautismo tenéis el deber de ser apóstoles, como nosotros, los sacerdotes lo tenemos por el bautismo y por el sacramento del Orden.
Vosotros, laicos, tenéis una misión insustituible en el corazón del mundo, en la cual los sacerdotes difícilmente os podemos ayudar: la misión de consagrar todas las estructuras temporales en las que vivimos, para así hacerlas más cristianas y más humanitarias. Es más, vosotros, los seglares, podéis ser catequistas en la Iglesia, para, de este modo, explicar la Palabra de Dios. Pero hay ciertos ministerios, como son, sobre todo, la administración de ciertos sacramentos -la Eucaristía, la Confesión, la Unción, la Confirmación, el Orden-, que están reservados únicamente a los ministros sagrados. A esto se une la explicación auténtica, magisterial, de la Palabra de Dios. Por eso, la necesidad y la urgencia del seminario. En él nos jugamos a una carta el futuro de la Iglesia; porque en una diócesis donde no haya seminario, tampoco hay vocaciones y, en consecuencia, el clero desaparece, terminando dramáticamente por desaparecer la fe.
En nuestra diócesis tenemos dos seminarios. El seminario mayor, o seminario de San Pelagio, donde estudian aproximadamente unos cuarenta seminaristas, que se están preparando para la ordenación sacerdotal. Y el seminario menor, situado en la carretera de Sansueña, en el Brillante, que es el semillero del que se nutre el seminario mayor.
Me impresionaba, y lo digo como testimonio porque quizá sea más elocuente que ningún otro discurso, un joven que estudiaba cuarto de medicina, que sintió la llamada de Dios y comenzó a dirigirse con un sacerdote. Probó el amor con una chica, pero vio que no era su vocación; entonces habló con el señor obispo, quien le aconsejó que simultaneara los estudios de medicina con los estudios de teología. Cuando terminó ambas carreras, el obispo le mandó que hiciera el doctorado en medicina. Ya hace un año que cantó misa. Ahora es profesor de teología moral, moral sexual y moral genética y bioética en San Pelagio. Ha instituido un movimiento sobre moral genética y la defensa de la vida, como el Santo Padre desde Roma lo está enseñando. Hace unos días estuvo conmigo proyectando la celebración de un congreso en Córdoba, y os puedo decir con sinceridad que cuando terminé de hablar con este joven sacerdote estaba emocionadísimo. El Espíritu existe; reaviva cada día nuestra fe en la existencia de la gracia divina; esa gracia fértil que mueve a la juventud al don de la generosidad, de la entrega a los demás sin condiciones, a pesar de las enormes dificultades y esfuerzos que actualmente tal opción entraña.
Este joven sacerdote es hoy un pilar de la iglesia cordobesa. Así es como actúa Dios, como levadura que fermenta la masa, lenta pero eficazmente (cf. Mt 13,33). Quizá perdamos sacerdotes en cantidad numérica, pero los estamos ganando en calidad.
Mis queridos amigos, mis queridos hermanos, el Día del seminario reta a todos los que sois padres para que eduquéis a vuestros hijos en el don de la generosidad sin límites y en la entrega a los demás. Que si Dios llama a alguno de vuestros hijos a la gracia del sacerdocio, sed generosos. Ofrecédselo a Dios, a quien nadie le gana en generosidad. También es un reto lanzado a todos los fieles cristianos, porque todos con nuestro ejemplo y testimonio de vida somos responsables de la vida de fe de los demás, especialmente de los más jóvenes. Todos tenemos que rezar por las vocaciones, las nuestras y las de toda la Iglesia. Tenemos que crear un clima propicio, un caldo de cultivo en el que surjan nuevas y renovadas vocaciones sacerdotales. Urge, igualmente, ayudar con nuestros propios medios a la gran obra del Seminario, la más divina de todas las obras divinas que tiene la diócesis de Córdoba.
Que en este día del seminario sea notoria nuestra oración, personal y común, nuestra preocupación por el problema y nuestra generosidad sin límites. También se lo pedimos a la Virgen, nuestra Madre, quien fue la primera creyente, discípula y misionera de la Palabra Dios.
 

Presentación del libro: "San Rafael y el patronazgo de los Santos Mártires en Andalucía"

Miércoles, 9 de marzo de 2016

 

 

El próximo miércoles 9 de marzo tendrá lugar en el salón de actos de la Fundación la presentación del libro "San Rafael y el patronazgo de los Santos Mártires en Andalucía: historia, arte y espiritualidad". El acto estará presentado por los coordinadores de las Jornadas Juan Aranda Doncel, Académico Numerario de la Real Academia de Córdoba, y Julián Hurtado de Molina y Delgado, Hermano Mayor de la Ilustre Hermandad de San Rafael Custodio de Córdoba. 

 

Miércoles 9 de marzo, 20:30 horas.
Entrada libre.
 

 

Segundo domingo de Cuaresma

Domingo, 21 de febrero de 2016

 

Gén 15,5-12.17-18: El Señor hizo alianza con Abrahán.
Flp 3,17-4,1: Somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador.
Lc 9,28-36: Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadle.

 

De los textos sagrados que hoy considera nuestra Madre la Iglesia para la sagrada liturgia de este segundo domingo de Cuaresma es excepcional por su importancia el texto evangélico que nos habla de la transfiguración del Señor. Es un texto tan rico en consideraciones que forzosamente hemos de extraer lo más interesante para nuestra vida cristiana.

Lo primero que subrayaría es la reiteración evangélica del tema de la oración de Jesús. San Lucas, a diferencia de los otros sinópticos, lo apunta una y otra vez. Ejemplos hay en abundancia: el bautismo de Jesús (3,21-22), la elección de los doce (6,12-16), la pedagogía de la oración (11,1-4), la oración en el Monte de los Olivos (22,39-46), el mismo Evangelio de hoy sobre la transfiguración. Con ello, Lucas insiste en la importancia capital que la oración tiene en la vida del cristiano. Tan es así que podemos afirmar con total seguridad que sin oración no hay vida cristiana porque no hay relación con Dios. ¿Cómo, pues, vamos a transmitir la vida de Dios a los demás si estamos vacíos de Dios? ¿Cómo vamos a vivir el Evangelio, Palabra de dios, si a Dios lo tenemos arrinconado en el desván de nuestros espíritus pusilánimes? No podemos vivir el amor, ni podemos dar amor a los demás, cuando nos falta la intimidad con quien sabemos que nos ama, como muy bien decía Santa Teresa de Ávila a propósito de la oración. La oración nutre, alienta y fortalece nuestra vida de fe. Por eso, Jesús, maestro de oración, dice a sus discípulos: <<Velad y orad para no caer en tentación>> (Mt 26,41).

La oración es también la que mantiene, anima y fortalece a Jesús en el desarrollo de su misión, desde su inicio hasta su ocaso. Una misión difícil, comprometida, arriesgada, que sólo es posible afrontarla desde la confianza y la fortaleza que da el saberse en las manos de dios.
Por ello, Jesús tuvo muy claro que la oración era medio indispensable para llevar a cabo la misión que el Padre le había encomendado. Y, aun así, no fue ajeno a las duras pruebas, temores y sinsabores de la existencia humana. Las tentaciones dan buena prueba de ello.

Con la transfiguración, eje y nervio de la Palabra de Dios de este segundo domingo de Cuaresma, se nos quiere desvelar una de las constantes de la vida humana. No hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni gloria sin cruz- Todo ocurre a la vez. Conforme nos vamos iluminando, desaparece la tiniebla; a medida que vivimos, vamos ganando terreno a la muerte.

Los hombres somos muy propicios a los triunfalismos, a contentarnos con la cara fácil de la vida, y a tapar y ahogar la cara amarga y difícil. Es decir, nos dejamos encandilar rápidamente por los destellos de la transfiguración, y nos olvidamos de la realidad diaria de la vida. Y es que queremos alcanzar la meta sin recorrer el camino. Jesús nos advierte de tal peligro, a la vez que nos anima a poner todas nuestras esperanzas en la Jerusalén celeste, desde la asunción gozosa de la Jerusalén terrestre, esto es, desde la cruz del seguimiento. Jerusalén es lugar de encuentro y punto de partida hacia el Padre.
Jesús ha venido, como dice un moderno escritor, a implantar una religión que se fundamenta en el amor y en la igualdad sustancial entre todos los hombres; a implantar una religión que predica el culto del corazón: adorar a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23); una religión que nos hace a todos los hombres hijos de Dios (cf. Rom 8,15-17).

Jesús hizo realidad todo este proyecto en medio de una fuerte oposición y una encarnizada persecución que acabaron con su vida. Pero, mis queridos amigos, éste era el único camino posible del éxito, de la gloria. No había, ni hay otro. El camino de la cruz es el camino de la cruz. Todo esto lo afrontó y realizó Jesús para gloria de Dios y para nuestra futura resurrección. Dios es luz, poder, transfiguración, salvación total y definitiva. Él nos mantiene y sostiene en nuestro peregrinar por la historia humana en camino hacia la metahistoria divina, hasta que nos encontremos cara a cara con la Luz por excelencia.

Como resultado de estas consideraciones podemos concluir dos consejos espirituales: primero, la Palabra de Dios nos urge y nos apremia sin dilación alguna a ser personas de oración, sin la que no es posible ni vivir cristianamente, ni desempeñar la misión de la evangelización, ni afrontar los retos, las dificultades y las cruces que cada día nos impone el seguimiento de Jesús.

En consecuencia, es necesario que nos hagamos las siguientes preguntas: ¿Oramos? ¿Oramos todos los días? ¿Oramos todas las semanas? ¿Oramos al menos alguna vez?

El segundo consejo espiritual es éste: abracemos la cruz en cuanto signo que nos distingue como discípulos de Jesucristo. Abracémosla y no la rehuyamos, porque la cruz es el único camino de redención y de gloria. Que cada cual abrace su cruz con empeño decidido, sin miedos, sin dudas. Cristo, vencedor de la muerte, vence con nosotros. La luz que nos revela la transfiguración se convierte en Cristo en gloria del hombre. La transfiguración es así la gloria de Dios y del hombre.

Por tanto, que nadie tema; el Señor ha echado sobre sí toda la debilidad de nuestra singular condición. Si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que él venció y recibiremos lo que nos prometió.