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Undécimo domingo de tiempo ordinario

Domingo, 12 de junio de 2016


Texto bíblico:
2 Sam 12,7-10.13: El Señor perdona tu pecado.
Gál 2,16.19-21: Es Cristo quien vive en mí.
Lc 7,36-8,3: Sus muchos pecados están perdonados.

 

¡Qué bella escena y qué tierna escena la que nos presenta el Evangelio de hoy! Como en el domingo anterior, también en éste se insiste y se profundiza en el camino del perdón y de la misericordia inconmensurable de Dios. Una vez más es necesario insistir que Dios es Padre de la misericordia y del perdón, de la vida; en una palabra: no el Dios de la condena y de la muerte.
Dios sale continuamente al encuentro del hombre y le ofrece su amor incondicional, su perdón sin límites, su misericordia infinita, porque a todos nos quiere como hijos suyos que somos. Ante esta oferta salutífera el hombre tiene dos opciones claras y definidas: o acepta el perdón de Dios o lo rechaza. No hay un camino intermedio. Dos posturas plasmadas en el hijo menor y el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). Dos posturas igualmente reflejadas en la escena del Evangelio de hoy: la mujer pecadora, símbolo de la recepción alegre de la salvación de Dios y el fariseo, símbolo viviente del rechazo a toda oferta divina de salvación.
Jesús es signo de contradicción. Sus dichos y sus hechos son siempre motivos de grandes divisiones; por ello es una <<bandera discutida>> (cf. Lc 2,34-35).Jesús ha venido a perdonar y no a condenar, ejercitando la misericordia, encarnación y extensión del amor de Dios. Él ha venido a sanar y a salvar lo que estaba perdido (cf. Lc 15,6 9.24; 19,10), porque sólo tienen necesidad del médico los enfermos y no los sanos (cf. Mc 2,17).
Cabe ahora preguntarnos en cuál de los dos horizontes existenciales nos situamos, si en el de la aceptación o en el del rechazo. Dos actitudes existenciales que implican, lógicamente, dos modos de vida: o vivimos desde la misericordia, el amor y el perdón a los demás, o lo hacemos desde la intransigencia, el odio o el rencor. En otras palabras, o apostamos por la vida y vivimos de ella, o bien apostamos por la muerte, convirtiendo nuestra vida en un constante morir al amor que nos realiza. Apostar por la vida es construir; apostar por la muerte, destruir.
Puede sucedernos que hayamos apostado por el grupo de los que se consideran <<sanos>>, como los fariseos, en cuyo caso huelga la ayuda de cualquier médico. Así, la hipocresía falsea y arruina nuestra vida y sobre todo hace incomprensible nuestro amor a Dios, porque si no amamos a nuestros hermanos, no amamos a Dios. Nuestro error consistiría en considerarnos <<buenos>> y <<santos>> cuando nadie, excepto Dios, es bueno y santo por sí mismo. Por esta regla de tres los resultados son matemáticos: si nosotros somos<<los buenos>>, los demás tienen que ser y son <<los malos>> y, en conclusión, sólo nosotros tenemos derecho a la salvación.
De esta suerte, desembocamos en la llamada <<soberbia de la vida>>, pecado por excelencia del género humano contextualizado en el mito adámico, en el que vence, como vence en nosotros, la adulación del <<y seréis como Dios, versados en el bien y en el mal>> (Gén 3,5). Desde esta atalaya, nos instalamos en la ceguera existencial y en la dureza de corazón que nos conduce progresivamente al reino de la muerte a nosotros y a todos los que hemos atrapado con nuestra filosofía de vida. Si no perdonamos Dios tampoco nos perdona.
Apostar por Dios supone encarnar y manifestar a los demás el mandamiento principal: el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. Mc 12,19-31). Es vivir con humildad, sencillez y transparencia; es reconocerse pecador y saber que todos estamos hechos de la misma pasta. Todos necesitamos de Dios y, al mismo tiempo, todos necesitamos de todos. Sólo con esta actitud de <<abnegación>> y de sano realismo entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual se hace operativa la misericordia de Dios. Es lo que sucede en la escena del Evangelio de hoy; en ella, la mujer se echa al suelo y lava los pies de Jesús con sus lágrimas, signo de su arrepentimiento, por eso está abierta al perdón de Dios, que se hace efectivo: <<Tu fe te ha salvado, vete en paz>>. Es la constante y siempre acertada pedagogía de Dios, como nos muestran sobradamente los Evangelios con la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), la del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14); el episodio de Zaqueo (Lc 19,1-10), o el ejemplo de la mujer adúltera (Jn 8,2-11).
Sólo amando a los demás estamos en disposición de recibir el perdón de Dios porque sólo desde el amor y con el amor se perdona desde la raíz, sin fingimientos, ni arreglos, ni pactos, expresión de la filosofía utilitarista del do ut des. Es lo mismo que afirmamos reiteradamente en el Padrenuestro: <<Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden>>. De ahí que Jesús sea tan explícito en la escena del Evangelio de hoy cuando afirma: <<Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama>>.
Amor y perdón se intercambian mutuamente: perdona el que ama hasta dar la vida y ama el que se siente perdonado. Decía Pascal que hay dos clases de hombres, unos justos que se creen pecadores y otros pecadores que se creen justos. La conversión se inicia desde el preciso momento en el que uno se reconoce pecador, encontrándose así en la actitud de fe receptiva en Cristo que salva contra toda esperanza y seguridad humana.
 

Décimo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 5 de junio de 2016

 

1 Re 17, 17-24: La palabra del Señor en tu boca es verdad.
Gál 1,11-19: El evangelio anunciado es por revelación de Jesucristo.
Lc 7,11-17: Dios ha visitado a su pueblo.

 

Son más los motivos de muerte con que nos desayunamos a diario que los motivos de vida. Sólo basta abrir el periódico al levantarnos cada mañana y toparnos en primera plana con noticias de guerras, de terrorismo, de atentados contra la dignidad de los derechos humanos, de explotación infantil, de millones y millones de personas que perecen a causa del hambre… Y así podíamos seguir haciendo un elenco interminable de los pecados sociales que todos los hombres generamos y en los que, parece ser, nos hemos instalado como falsa condición ontológica y como falso camino de realización. Pero estos <<pecados de muerte>> llevan la semilla de la destrucción y por ello, no sólo no afirman al hombre, sino que lo destruyen sin remedio. Los odios, las divisiones, los rencores, las venganzas son algunos de sus frutos más nefastos. Como bien indica Jesús, la violencia sólo puede engendrar más violencia, <<quien a hierro mata a hierro muere>> (Mt 26,51-53). Así, el hombre está en abierta posición con su vocación y su destino, con lo que lo secuencia, el hombre no se convierte en pastor de la vida porque es servidor y esclavo de la muerte.
Por el contrario, Dios es el viviente y no quiere la muerte del hombre sino que se convierta y viva. Dios es la vida y, por esta razón, ha convocado y ha llamado al hombre para la vida, no para la muerte. Dios ha llamado al hombre a la existencia par que se realice y realice el don maravillosos de la vida viviendo conforme a su condición de hijo de Dios. En otras palabras, la vocación del hombre es la vida, no la muerte; es la salvación, no la perdición; es la gracia, no el pecado. Las hermosas lecturas de hoy insisten desde diferentes ángulos en Dios como Señor de la vida, que quiere y desea la salvación del hombre.
Los profetas siempre son anunciadores de la vida de Dios, porque Dios era para ellos la fuente y la meta inagotable de la vida de donde brotaba toda forma de existencia y hacia donde se encaminaba en plenitud como sentido último y pleno. Los profetas anunciaban la vida como le gesto más bello de Dios. Ellos guardaban la suerte de los más desfavorecidos y se empeñaban en su causa. Nunca se cansaban de hacer el bien, de paliar sus desgracias, de satisfacer sus ruegos, de mitigar su dolor.
El Evangelio de hoy es de una gran belleza y ternura. San Lucas nos describe con gran maestría la escena del entierro del hijo de la viuda de Naím, escena que tiene como protagonista indiscutible a Dios, Padre y Señor de la vida y de la misericordia.
Dos procesiones y dos sentidos: a la procesión de muerte que acompaña al joven difunto de Naím se enfrenta la procesión de vida de Jesús y sus discípulos. La vida sale al encuentro del hombre porque Dios, que es la vida, camina pacientemente y sin interrupción a su lado, iluminando de sentido y de alegría todo el horizonte del humano existir. La vida es un don de Dios, por eso no podemos vivir instalados en la cultura de la muerte, negación del mismo hombre en su raíz. La vida es un don y, en consecuencia, hemos de vivir luchando y apostando fuertemente por ella. Jesús es el profeta de la vida, con poder para restituirla como ejercicio salvador lleno de misericordia. Por esta razón el mandato de Jesús es una orden para la vida: <<Levántate>>. De este modo, deja clara la bondad y la misericordia divinas. Dio no es un Dios de muertos sino de vivos (cf. Mt 22,23).
Como cristianos tenemos que vivir con esperanza y preñar de sentido toda la realidad que nos embarga. Frente a la cultura de la muerte, que es la negación manifiesta de Dios, y por tanto la negación palmaria del hombre, los cristianos tenemos que construir la cultura de la vida, afirmación y encarnación visible de Dios en el mundo y, en consecuencia, afirmación del hombre. ¿Cómo se construye la cultura de la vida) Dos son los modos: afirmando y defendiendo la vida misma, y negando y condenando todo tipo de muerte.
Los cristianos tenemos que denunciar, rechazar y condenar sin reservas ni distinciones sutiles el aborto –mal endémico y signo de contradicción interna de las sociedades desarrolladas-, porque cuanto más investigan para aumentar la calidad de vida, más inciden en consolidar la muerte mediante, por ejemplo, las leyes que despenalizan el aborto y la eutanasia. Tenemos que rechazar, igualmente, todo tipo de violencia, como el terrorismo, que tan de cerca lo estamos viviendo y sufriendo. Hemos de decir no a las guerras que actualmente existen en diversos países del planeta, no a la pena de muerte, no, en suma, a la negación del hombre, que es también negación de Dios.
Los cristianos tenemos que apostar fuertemente por el don de la vida, regalo de Dios, afirmarla siempre, nunca negarla. Buen ejemplo de ello están dando nuestros hermanos y hermanas misioneros, vanguardia del amor de Dios a los hombres. Ellos y ellas apuestan fuertemente por la vida en países donde la realidad de la muerte es más palpable, más cruel, más directa. Hablamos de la muerte del hambre, de la muerte de las epidemias, de la muerte de la esclavitud, de la muerte del analfabetismo, de la soledad, orfandad… Ellos anuncian al Dios vivo viviendo con sencillez el Evangelio, teorizando poco y actuando más, quizá porque tienen muy en cuenta el dicho popular: <<Obras son amores y no buenas razones>>, expresión del compromiso de la fe verdadera en Dios; como bien comenta el apóstol Santiago: <<¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? […] La fe si no tiene obras, ella sola es un cadáver>> (2,14-17).
 

Domingo de Pentecostés

Domingo, 15 de mayo de 2016



Hch 2,1-11: Se llenaron todos del Espíritu Santo.
1 Cor 12, 3-7. 12-13: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu.
Jn 20, 19-23: Recibid el Espíritu Santo.


Celebramos la fiesta de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo. Pentecostés es la luz irradiante del Espíritu que nos explica todas aquellas realidades que nos dejó el Resucitado: “Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad os irá guiando en la verdad toda” (Jn 16, 13). La luz del Espíritu nos ayuda a discernir los signos de los tiempos y a interpretarlos en clave divina; a ver la historia, no como una historia humana a secas, sino como la historia de la salvación de Dios a los hombres. El Espíritu nos hace ver cómo opera Dios “desde dentro”, en el corazón mismo de la historia y en el corazón mismo del hombre, sembrando en ambos la semilla de la salvación eterna.
Pero la acción del Espíritu es también fuerza, energía que nos sostiene y nos anima; nos alienta y robustece en el testimonio cristiano, como robusteció a los profetas (cf. Jer 1, 4-10) y a los apóstoles (cf. Hch 4, 31-33) en su tarea evangelizadora. Por eso, la señal de que nuestro testimonio de vida y nuestro apostolado son auténticos no es otra que la presencia en ellos de Espíritu. Y el Espíritu se detecta cuando vivimos la vocación de ser cristiano con mucha alegría y con más entusiasmo; cuando estamos verdaderamente ilusionados y enamorados de nuestra condición de cristianos. ¿Cómo puede entenderse que el Espíritu habite en un corazón muerto que no vibra ante nada ni por nada?
Como se nos comenta en el Evangelio de San Juan, los discípulos pasaron de una actitud de fracaso y de miedo a otra de victoria y de valentía (parresía). El Espíritu operó en ellos el cambio, la conversión radical que les hizo primero “ver”, y, más tarde, “actuar”. Si el Espíritu no los hubiese asistido con sus dones, con su fuerza y con su luz en aquellas horas inciertas, llenas de dudas y de sombras, ¿de dónde habrían sacado tanto vigor y tanta valentía para abrir las puertas de sus noches a la claridad del día? Ésta es una de las grandes señales que ponen de manifiesto que Jesucristo resucitó y envió a su Espíritu a sus apóstoles para que acometiesen con autoridad la evangelización de los pueblos.
En otras ocasiones hemos hablado de la ausencia o de la “muerte de Dios” en nuestro mundo. Hoy también hemos de hablar de “ausencia” y “muerte” del Espíritu en el mundo, y hasta casi en el corazón de los creyentes.
En efecto, inmersos en la autosuficiencia de la técnica que nos seduce y atrapa hasta esclavizarnos, extrapolamos, tal vez sin advertirlo, lo humano a lo divino, confiando al poder de nuestras tácticas humanas la tarea de la evangelización, obra de Dios. Tácticas muy de moda en nuestros actuales apostolados como, por ejemplo, nuevas metodologías, publicidad, congresos, sonidos e imagen, etc. Todo esto está bien, porque tenemos que ser hombres de nuestro tiempo, y el Evangelio hay que predicarlo oportuna e importunamente, sirviéndonos de todos los medios posibles a nuestro alcance, pero sin caer en la tentación de convertir los medios en fines. Quiero decir, sin apoyar la evangelización en el poder de la técnica, porque en tal caso, Dios, objeto de la evangelización, sería un puro pretexto; no predicaríamos a Dios, sino que nos predicaríamos a nosotros mismos.
Cuando la evangelización no es obra de Dios, sino obra nuestra, cuando el Espíritu no es el motor de nuestro apostolado, sino que lo es nuestro afán de conquista y de éxito humano, entonces, la tarea misionera acaba en el más estrepitoso de los fracasos porque nuestras palabras y nuestros hechos no dicen nada, ni obran nada, están huecos, cumpliéndose así las palabras proféticas de Gamaliel: “Si su plan o su actividad es cosa de hombres, fracasarán” (Hch 5, 38).
Solamente Dios, mediante la acción transformadora de su Espíritu, es garante de la salvación que anunciamos. Sólo el Espíritu, el santificador, es el verdadero impulsor y motor que nos lanza la tarea de anunciar el Evangelio por todo el mundo. Es en este caso, y sólo en él, cuando se cumple la segunda parte de la sentencia de Gamaliel: “Pero si es cosa de Dios, no lograréis suprimirlos” (Hch 5, 39).
Hemos sido convocados por el don del Espíritu para formar un solo cuerpo, una sola Iglesia. Aunque los dones son muchos, el Espíritu es uno. El testimonio cristiano más urgente al que estamos convocados es el testimonio de la unidad de todos los creyentes en Jesucristo, para que el mundo crea que es Dios quien nos ha enviado y, así, demos testimonio del a verdad.
En esta fiesta de Pentecostés, tan hermosa y radiante, invoquemos al Espíritu Santo, Padre amoroso del pobre, luz que penetra las almas y fuente del mayor consuelo, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Invoquemos sus siete dones, pero especialmente el don de la sabiduría, para saber acertar en nuestras decisiones de vida y obrar en el testimonio cristiano.
Sería bueno que en más de una ocasión invoquemos la siguiente secuencia del Espíritu, para que en todo momento y circunstancias inunde con su luz nuestro corazón y destierra de él las sombras y las vanidades de la vida que con frecuencia nos acechan y asaltan, y para que, al mismo tiempo, nos impulse con fuerza y constancia a la tarea de la evangelización, obra de Dios:

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
Don, en tus dones espléndido;
luz que penetras las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped de alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón del enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
Según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
 

Fiesta de la Santísima Trinidad

Domingo, 22 de mayo de 2016

 

Prov 8,22-31: El Señor me estableció al principio de sus tareas.
Rom 5,1-5: El amor de Dios inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado.
Jn 16,12-15: El Espíritu de la verdad os irá guiando en la verdad toda.

 

Nos reunimos para celebrar una de las fiestas más grandes de los dogmas más sublimes del misterio de Dios: el misterio de la Santísima Trinidad. Al final del siglo XIII, el gran teólogo dominico, el maestro Eckart, al referirse al misterio de la Trinidad, comentaba: «Cuando el Padre mira al Hijo, el Padre le sonríe al Hijo, y el Hijo le sonríe al Padre; de esta sonrisa brota el placer, y de este placer brota el amor, y de este amor brota la fecundidad que da origen a las tres divinas personas, entre ellas el Espíritu Santo». Es un modo hermoso y distinto de hablar de la Trinidad que nada tiene que ver con ese otro a que nos acostumbraron de pequeño, el que se intentaba explicar el misterio trinitario de Dios recurriendo a la figura geométrica del triángulo, o a aquellos principios filosóficos de una sola esencia y de tres personas distintas.

Cuando hemos hablado de Dios y de la Santísima Trinidad, hemos corrido el peligro de considerar este dogma únicamente como un dogma que sólo afecta a Dios y nada más que a Dios. Esto es verdad, la Trinidad nos remite al «en sí» de Dios, como diría el ftlósofo Zubiri, pero es una verdad que no se queda encerrada en sí misma sino que está abierta al horizonte humano. Dios se ha revelado en Jesucristo, y, por tanto, es Dios con nosotros, y no un Dios para que lo veamos lejano en los astros o allá en las nubes, sino para que lo veamos en el corazón de cada hombre, en mi propio corazón, como diría San Agustín.

Las lecturas que la Iglesia nos presenta en esta fiesta nos invitan a acercarnos más al corazón de los demás y al corazón del mundo y de la naturaleza, desde el corazón de Dios, centro de todo el universo y de todo lo creado.

El primer texto del libro de los Proverbios nos presenta a la Sabiduría divina jugando y admirando la bola del mundo y mimando el universo. En el salmo responsorial hemos leído: «Señor, qué admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?». Es, en resumidas cuentas, una invitación a descubrir a Dios en la creación, templo de Dios, como dijo el gran pensador Teilhard de Chardin.

Hoy, desde ambientes y posturas anticristianas se nos acusa a los creyentes de haber liquidado la hermosura de la naturaleza, rompiendo el equilibrio de los ecosistemas y la armonía que existía entre el hombre y su medio ambiente. Esta tesis acusatoria la apoyan en el mandato que Dios hace al hombre al principio de la creación: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gén 1,28). En realidad, esta exégesis no deja de ser una caricatura interpretativa. ¿A qué nos invita realmente Dios cuando nos manda que sometamos la tierra? No a abusar de la madre naturaleza, como pretenden hacernos creer los mercachifles de la hermenéutica, sino a colaborar con Dios en la obra de la creación, a «cocrear» con Dios, como dice muy finamente Zubiri. Una de las dimensiones y extensiones del pecado original es el pecado contra la naturaleza, que nada tiene que ver con lo que Dios quiere, y sí con lo malamente el hombre quiere y realiza.
Quienes critican el mandato de Dios tendrían que caer en la cuenta de que precisamente el abuso contra la naturaleza inicia su camino de destrucción en el momento mismo en que el hombre se olvida de Dios y destierra a Dios de su mundo y de su historia. Este movimiento de «acoso y derribo» de Dios se inició con el Renacimiento, conocido también como la etapa del inicio de la «mayoría de edad antropológica» y de la «disolución teológica». El antropocentrismo sustituye al teocentrismo de épocas anteriores. Dios es dejado en sus «alturas», y la tierra es sólo y nada más que asunto del hombre. No hay más Dios que el hombre. Así se consuma la tentación prometeica. El hombre, dueño y señor de todo, juez y parte de sus asuntos, empapado de la inmanencia hasta la médula, va convirtiendo paulatinamente el paraíso que es la tierra en un infierno. Ensoberbecido con su ciencia, con la autonomía de su saber, con la seguridad de sus inventos, no tiene otro lema que el progreso, a costa de lo que sea. Los efectos de la aplicación de tal filosofía ya los estamos padeciendo: contaminación medio ambiental, polución urbana, descenso alarmante de la calidad de vida, etc. Este mundo nuestro está más estropeado que nunca, como escribía el gran filósofo Gabriel Marcel.

Como cristianos no podemos permanecer impasibles. De la consideración de las lecturas de la fiesta de hoy podemos y debemos sacar, al menos, dos conclusiones: la primera, que el mundo sólo tiene sentido con Dios, no al margen de Él. Pero el Dios en quien creemos es un Dios que es amor, vida, creación, y no destrucción y muerte. Amor, placer, sonrisa, fecundidad son dones de Dios que nos ayudan a comunicarnos a los unos con los otros, a ser generosos, altruistas, servidores de los demás y servidores de la creación, obra de Dios. Dios ama el mundo, porque es obra de sus manos y, por ello, en su raíz es bueno: «y vio Dios que era bueno» (Gén 1,31).

La segunda conclusión no se hace esperar para nosotros los cristianos: tenemos que amar, defender, mimar, cuidar a la madre naturaleza entendida íntegramente, como nos exhorta el papa Juan Pablo II. Es decir, amar, defender, mimar y cuidar no sólo los montes, los valles, la capa de ozono, la atmósfera o los ecosistemas, sino también la vida humana, porque el hombre es la cima de la creación (cf. Gén 1,26-30) y, por esta razón, Dios le ha dado el mando sobre las obras de sus manos (cf. Sal 8). Esto implica un no rotundo a todo lo que conlleva la muerte de las personas; un no rotundo a las guerras, a la violencia, al hambre de miles de personas, al aborto, a la eutanasia. No es
posible entender cómo se puede defender al mismo tiempo la vida de los animales y el aborto humano. Es una gran incongruencia. Hay que defender tanto la vida de la
naturaleza como la vida humana. Así lo entendieron los santos, entre ellos San Francisco de Asís y San Juan de la Cruz, quien en su Cántico espiritual nos da toda una lección de ecologismo y de amor a la vida, creación maravillosa de Dios:

«Vosotros los que fuerdes
allá por las majadas al otero,
si por ventura vierdes
a aquél que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.

Mil gracias derramando pasó
por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando
con sólo su figura,
vestidos los dejó
de su hermosura».

¿Acaso se puede decir algo más bello de la naturaleza, de los bosques, de los montes, de los mares, del medio ambiente, donde Dios nos ha puesto como jardineros al frente de su creación? Día de la Trinidad, una fiesta y un mensaje: nuestro amor a Dios sólo es verdadero si amamos de corazón a nuestros prójimos y si amamos y recreamos el mundo.
 

Séptimo domingo de Pascua. Fiesta de la Ascensión

Domingo 8 de mayo de 2016

 

Hch 1,1-11: Lo vieron subir hasta que una nube lo ocultó a sus ojos.
Heb 9,24-28; 10,19-23: El Mesías entró en el mismo cielo.
Lc 24,46-53: Mientras los bendecía, se lo llevaron al cielo.


Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor. Una gran fiesta que desde el siglo IV la Iglesia viene celebrando litúrgicamente.
La Ascensión del Señor es la fiesta de la esperanza, de la culminación de nuestros deseos de plenitud y de eternidad. Con la fiesta de la Ascensión proclamamos que Jesús es el Señor absoluto de la historia, y, en cuanto tal, está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero del mismo modo que el Resucitado vive en la gloria del Padre y goza de la eternidad y de la soberanía propia de quien es Dios, así nosotros, que fuimos salvados por su Muerte y Resurrección, seremos incorporados por Él a su gloria. Sin embargo, conviene acotar bien los términos y la realidad en la que nos movemos.
En primer lugar, Dios, en quien creemos, vivimos y existimos, no es una bella ensoñación; su paraíso no es un hermoso paisaje o un lugar idílico, propio de los cuentos de hadas. Pensar así es pensar en un cielo inexistente producto de la imaginación del hombre. El cielo, por tanto, no está aquí o allí; ni es así o de la otra manera. Todo lo que pensemos acerca de esta realidad es un puro pensar. El cielo, la gloria de Dios está aquí y allí; en el <<más allá>> y en el <<más acá>>. Quiero decir que el cielo es una realidad, no un sitio material. Una realidad que viene a expresarnos que Dios no es el <<eternamente ausente>>. Dios no nos ha abandonado. Jesucristo no ha <<ascendido>> al cielo y se ha olvidado de la tierra. Jesucristo ha <<ascendido>> al corazón de Dios, y desde él llena de vida e ilumina con su luz el mismo corazón de la historia humana: <<Mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo>> (Mt 28,20). En consecuencia, el corazón de Dios sigue operando en la historia y la sigue salvando desde dentro, imprimiéndole la fuerza y el dinamismo que la hace caminar hacia su propia meta: Cristo Jesús, el Señor.
En segundo lugar, la esperanza cristiana de nuestra total y definitiva consumación no es una espera ilusoria, pasiva, consoladora, al modo de <<opio del pueblo>< marxista. Tampoco es una bella utopía alienante y alienadora. Es, más bien, una realidad notoria, clara, patente. Del mismo modo que Jesucristo resucitado y glorificado permanece entre nosotros, así también nosotros debemos permanecer atentos y vigilantes a nuestras propias responsabilidades.
La fiesta de la Ascensión del Señor no nos está invitando en modo alguno a <<mirar>> solamente al cielo, olvidándonos de la tierra; es decir, no es la fiesta del <<escapismo>>, de soñar despiertos en un <<más allá>> y no echar cuenta del <<más acá>>. No es la fiesta, en consecuencia, que nos invita a quedarnos con la verticalidad de la cruz, que es absolutamente gratificante, y a olvidarnos de la horizontalidad, que es lacerante y mortificante. Es una fiesta que nos invita a <<mirar>> al cielo, sí, pero con los pies bien asentados en la tierra: <<Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?>> (Hch 1,11). Es decir, es una invitación constante y permanente a salvar la historia humana desde dentro, teniendo como objetivo último la gloria de Dios, su plenitud y perfección total. La fe en Dios y la confianza absoluta de encontrarnos con Él en el cielo no nos eximen en modo alguno de nuestros compromisos y responsabilidades cristianas de cada día. No debemos caer en la trampa de vivir un cristianismo desencarnado, porque entonces le daríamos la razón a Marx; tampoco, la postura opuesta; es decir, mirar tanto a la tierra que nos olvidemos del cielo, porque en este caso convertiríamos el cristianismo en un humanismo más sin trascendencia. El cristianismo auténtico es ambas cosas: verticalidad y horizontalidad, cielo y tierra, lo divino y lo humano, Dios y el hombre. Es la síntesis que se compendia en el gran mandamiento: amor a Dios y amor al prójimo.
En consecuencia, la fiesta de la Ascensión del Señor es una invitación a recordar nuestra identidad y nuestros compromisos cristianos; a caminar con los pies firmes en la tierra, pero sin perder de vista el cielo, es decir, nuestro objetivo último: Dios. De lo contrario, corremos el riesgo de la total inmanencia, de salvarnos sin Dios. Y si alienante es la postura de <<mirar a lo alto>> olvidándonos de la tierra, también lo es la de quedarnos <<aquí abajo>>, pensando que lo humano es lo definitivo. Dos actitudes de vida opuestas que hemos de evitar: un angelismo y un espiritualismo desencarnado, por una parte, y un apostolado sin alma, por otra. Hemos de tener un gran sentido de la realidad, pero sin renunciar a la esperanza cristiana, auténtico motor que nos impulsa e invita permanentemente al compromiso de cada día.
Asumir los peligros que nos amenazan, pero sin ceder a la tentación de refugiarnos en cómodos <<cielos>>, que no son otra cosa que una vulgar caricatura del Cielo. La fiesta de la Ascensión es una invitación a toda la Iglesia en general y a cada cristiano en particular a caminar por los senderos de la historia anunciando la Buena Nueva de la salvación en cumplimiento del mandato de Jesús: <<Id por todo el mundo anunciando el Evangelio>> (Mc 16,15). Igualmente, es una invitación a realizar nuestra propia y peculiar ascensión. Por ello, ¿ascendemos o descendemos en el termómetro de nuestra vida y compromisos cristianos? ¿Ascendemos o descendemos cuando le tomamos el pulso diario al estado de nuestra fe?
Queridos amigos, la fiesta de la Ascensión del Señor es un camino de esperanza que tiene que ser recorrido por todos nosotros, seguidores de Cristo. Él, nuestro jefe y guía, camina delante para, así, conducirnos a la plenitud de la vida y a la intimidad del corazón de Dios.