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Domingo, 23 de julio de 2017     Sab 12,12.16-19: Tú, poderoso sobreaño, juzgas con moderación. Rom ...
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Domingo 17de julio   Is 55, 10-11: Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi ...
28 Junio 2017
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23 Junio 2017
Domingo, 25 de junio de 2017     Jer 20,10-13: El Señor libró la vida del pobre de manos de los impíos. ...

Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

Domingo, 10 de julio de 2016

 

Dt 30,10-14: Conviértete al Señor, tu Dios, con todo el corazón.
Col 1,15-20: Todo fue creado por Él y para Él.
Lc 10,25-37: Amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo.

Hoy nuestra reflexión cristiana versa sobre el amor fraterno que con todo detalle nos describe el evangelista San Lucas. Todo comienza con una pregunta capciosa que un maestro de la ley lanza a Jesús: <<Maestro, ¿qué he de hacer par aganar la vida eterna?>>. Jesús lo remite a la ley que el jurista conocía al pie de la letra; por eso, éste le contesta: <<Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo>>. El letrado sabe muy bien la ley pero la interpreta a su modo, viciado por su espiritualidad secesionista y clasista propia de la sociedad judía del tiempo de Jesús. Ha entendido muy bien lo del amor absoluto a Dios, pero la segunda parte del mandamiento –que no es otra cosa que una extensión de la primera- no encaja en sus esquemas; por eso el maestro le vuelve a preguntar a Jesús, casi en tono despectivo: << ¿Y quién es mi prójimo?>>, como diciéndose: << ¿Es que acaso hay prójimo digno de ser amado?>>. El jurista quiere separar, y de hecho así actúa en su vida diaria, lo humano de lo divino, la horizontalidad de la verticalidad, al hombre de Dios.
Jesús, como buen oriental, le responde con la pedagogía de las parábolas. En este caso, con la parábola del buen samaritano: un judío najaba de Jerusalén a Jericó; cayó en manos de unos bandidos que lo medio mataron. Primero pasa por allí un sacerdote, quien, al verlo, da un rodeo. Lo mismo hace después un levita. Ambos actuaron de acuerdo con sus prejuicios sociales y religiosos más que con la ley de la misericordia. Les importaba más el cumplimiento estricto de la ley que ordenaba no contaminarse con personas impuras porque se habían apartado de la verdadera ley de Dios, que el mismo amor. Sacerdote y levita son la expresión viva de la desencarnación institucional del amor a Dios. En ellos puede más la presión y los convencionalismos sociales, así como el fanatismo religioso, que el don de la misericordia y del amor. El samaritano hace abstracción de todo tipo de prejuicios humanos sin importarle ni el <<qué dirán>> ni los clasicismos de los hombres. Por eso no mira si es o no judío; mira la persona que está malherida y que necesita del amor de los demás, en este caso, el suyo.
El samaritano encarna el amor tangible, concreto, preciso, sin dicotomías ni fisuras propias de la condición humana, que no de Dios. Amar a Dios es amar al prójimo, imagen y reflejo de Dios. El rostro del prójimo está reflejando muy a las claras el rostro de Dios. De tal modo que <<pasar de largo>> del prójimo es también <<pasar de largo>> de Dios. De ahí, el juicio tan duro que Jesús lanza contra quienes ponen entre paréntesis el amor al prójimo: <<Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber […]. Cada vez me dejasteis de hacerlo con uno de esos más humildes, conmigo lo hicisteis>> (Mt 25,41-46).
La lección que Jesús da al maestro de la ley está clara: el amor no distingue entre amigos o enemigos, ricos o pobres, creyentes o no creyentes. Importa la persona, imagen de Dios, don de Dios, creación de Dios. En consecuencia, sólo se puede amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser cuando amamos a nuestros hermanos con la misma pasión vital. Apostar y creer en Dios es apostar y creer en los hermanos. Esto, y no otra cosa, es ser auténticamente religioso, creyente, cristiano. Lo demás es puro fariseísmo, emparentado con los fanatismos y los rigorismos de siempre, los pasados y los presentes, los de fuera y los de dentro de la misma Iglesia, que se diluyen en discusiones internas y en averiguar si la interpretación y posterior aplicación de la ley es o no la recta, olvidando lo más importante: las personas.
Por otro lado, parece que esta escena del buen samaritano quiere enfatizar otra sentencia de Jesús que reza así: <<Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué méritos tenéis? ¿No hacen eso mismo también los no creyentes?>> (Mt 5,46-48). El mérito está en amar al enemigo, en orar por el que te persigue y por el que te calumnia. Es decir, el amar es universal. Dios, que es amor, ama a todos los hombres por igual, sin distinciones. Por tanto, no me ama más a mí por ser cristiano, a ti por ser budista, o al otro por ser judío. Éstos son los distingos propios de nuestra mentalidad clasista. Dios no es así. Por esta razón, Jesús nos invita a ser reflejo del amor de Dios en el mundo por encima de nuestros credos y de nuestra cultural
Pero el amor tiene también círculos concéntricos, empezando por el amor en el seno de la propia familia, para continuar después en el contexto laboral, el de los amigos, etc. Es decir, tenemos que ser expresión y manifestación del amor de Dios en todo tiempo y lugar. El amor no es un artículo de lujo que, a voluntad y a capricho, unas veces me lo pongo y otras me lo quito. De ningún modo. El amor es lo que nos define y nos realiza como personas, como creyentes y como cristianos, dando cumplimiento al proyecto de Dios en nosotros.
Dos son las conclusiones que hoy podemos sacar de esta magistral lección de Jesucristo. Primera, la caridad y el concepto de prójimo son universales, exento de toda clase de particularismo, excepciones o privilegios. Segunda, Jesucristo enfatiza el hecho de que, dentro de nuestro código deontológico cristiano sobre el amor, nuestro enemigo –si es que cabe tal designación-es un prójimo muy cercano; tal vez, mi vecino, un familiar, un amigo no tan amigo, etc. Y es, precisamente, por ése por el que tenemos que comenzar a desvivirnos y a entregarnos.
Hagamos nuestra esta sencilla oración de San Francisco de Asís:



<<Señor, haz de mí un instrumento de tu paz;
que no busque tanto el ser consolado, como el consolar;
el ser amado, como el amar>>.

 

Decimocuarto domingo del tiempo ordinario

Domingo 3 de julio de 2016

 

Is 66,10-14: Haré derivar hacia ella, como un río, la paz.
Gál 6,14-18: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Jesucristo.
Lc 10,1-2.17-20: Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies.

 

Se me ocurre iniciar las reflexiones espirituales de hoy con una frase de uno de los grandes teólogos de este siglo, Karl Barth. El citado personaje decía refiriéndose a los oradores sagrados, que cuando prediquen deberían tener en una mano el Evangelio y en la otra el periódico para iluminar desde el Evangelio lo que sucede en la vida. Cumpliendo este sabio consejo abordamos las lecturas que hoy nos propone la Iglesia.
El Evangelio de San Lucas se centra esencialmente en la misión universal de los setenta y dos de anunciar el Reino de Dios. Son enviados de dos en dos, ¿por qué? Porque Jesucristo, como buen judío, respeta la tradición hebraica en la que se indica que, cuando una persona dice una cosa, su testimonio no tiene valor a no ser que esté acompañado de uno o más testigos que ratifiquen ese testimonio. Así, al mandar Jesús a sus discípulos de dos en dos sabe que su testimonio es digno de crédito.
El Evangelio es una asignatura comprometida, que los discípulos tienen que anunciar en medio de dificultades, sin alforjas ni aprovisionamientos, acogidos a la caridad como <<corderos en medio de lobos>>. Es decir, las dificultades, las persecuciones, la cruz, serán la carta de identidad y autenticidad de su testimonio evangélico. En consecuencia, todos los seguidores de Jesucristo somos convocados por Dios para ser profetas de un nuevo mundo que anuncie los caminos del Señor.
El periódico nos habla de la <<mies>>, es decir, del mundo y de sus cuantiosos e innumerables problemas. Somos enviados al mundo para iluminar desde el Evangelio las realidades humanas y trascenderlas, para imbuir en el corazón del mundo el sentido de Dios, tan devaluado y mermado en las realidades humanas, personales y sociales. En suma, somos enviados a un mundo que hace tiempo que firmó el acta de la <<muerte de Dios>>, como proclamara en su tiempo el filósofo alemán F. Nietzsche. Desde entonces, el mundo vive inmerso en una profunda crisis de valores sociales que son, al fin y al cabo, reflejo de la ausencia de los valores personales.
De esta suerte, perdido el norte que le guiaba, el hombre ha entrado en la contradicción de sí mismo negándose a sí mismo, sin mundo, sin Dios y sin sí mismo, en el decir de Zubiri. Por ello, no puede extrañarnos la permisividad en el aborto, la falta de honestidad en el mundo de las relaciones sociales, políticas y económicas. Al estar todo permitido, el hombre pierde su esencia humana par aquedarse sólo con el poder de los instintos. El hombre ha muerto.
A este hombre, enfermo de muerte, hay que predicarle que Dios y sólo Dios es la Vida, con mayúsculas; y que Dios y sólo Él llena de sentido la existencia personal y todas las realidades humanas. Dios es el único médico que puede curar nuestros males de desorientación, de ausencia de valores, de pérdida de sentido. Por ello, hay que anunciar el Evangelio a tiempo y a destiempo, con alegría y sin temor, confiando en la fuerza y en el poder de Dios, lo cual, ciertamente, no nos sustraerá de la dimensión de la cruz propia, del seguimiento cristiano.
San Lucas nos dice que las condiciones necesarias para el desempeño de la misión son tres. La primera consiste en ser anunciadores de la Palabra, que tiene como origen al Señor de la mies. Dios es el que inicia la obra buena y predispone a la evangelización. En consecuencia, la misión será eficaz siempre que anunciemos a Dios. Conviene reflexionar, por tanto, el porqué de tantos fracasos y abandonos en la misión evangelizadora. ¿No será porque en lugar de anunciar a Dios nos anunciamos a nosotros mismos, convirtiendo la Palabra de Dios en discurso humano?
La segunda es asumir el riesgo y la persecución, es decir, la cruz que conlleva el seguimiento desde la serenidad interna de la vida, sabiendo de quién nos fiamos, pues Dios sabe de qué tenemos necesidad y en sus manos está nuestra vida (cf. Mt 6,25-34). Con todo, la tentación puede asaltarnos a dos bandas. Una, poner entre paréntesis la cruz anunciando un Evangelio acomodado a las circunstancias, un Evangelio que no denuncia nada sino que alaba y ensalza. Así, el mensajero se instala cómodamente en medio de una cohorte de aduladores de la que él forma parte, <<convirtiendo la sal en sosa>>, el Evangelio en un discurso retórico. La otra vertiente de la tentación es la actitud opuesta a la primera, esto es, dejarse llevar por la fascinación de la violencia o la imposición a la fuerza del anuncio evangélico. Recordemos aquel pasaje en el que Jesús iba con sus discípulos camino de Jerusalén y mandó a algunos discípulos por delante para que le prepararan alojamiento en una aldea de Samaría, pues estaba agotado del largo camino, y los aldeanos se negaron a recibirlo. En este contexto, Santiago y Juan le propusieron a Jesús: <<Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y acabe con ellos>> (Lc 9,54). Todo lo contrario, los discípulos deben asemejarse a corderos, esto es, deben ser anunciadores que propinen, nunca imponen. Como acertadamente expresó el papa Pablo VI, <<la fe debe ser propuesta, nunca impuesta.
La tercera condición del evangelizador consiste en la vivencia radical de la pobreza. El misionero debe separarse de las preocupaciones y afanes del mundo. Su amor por los enfermos y los pobres ha de ser su único aval; su talante no debe ser el del lobo rapaz, sino el del cordero que se entrega. También esta condición tiene su tentación, que no es otra que convertir la predicación del Evangelio en un negocio y provecho personal, esto es, en buscar los mejores puestos, los más <<rentables>>.Al final, la evangelización acaba siendo un puro mercado y los evangelizadores unos comerciantes de Dios, a ejemplo de los vendedores del templo (cf.Mc 11,15-19).
Queridos hermanos, pidamos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies; que nos llenemos el espíritu del Señor para que con serenidad, autenticidad y valentía anunciemos su Reino; que siempre tengamos presente que no es nuestra palabra y nuestro discurso el que predicamos sino la Palabra de Dios que nos transforma y empuja a dar testimonio del Evangelio con la entrega de nuestra vida.

 

Duodécimo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 19 de junio

Texto evangélico:

Zac 12, 10-11: Mirarán al que traspasaron.
Gál 3, 26-29: Todos sois uno en Cristo Jesús.
Lc 9, 18-24: Tú eres el Mesías de Dios.

 

La pregunta de Jesús a sus discípulos, <<¿Quién decís que soy yo?>>, es una pregunta que no pasa de moda, que está dirigida también a nosotros. ¿Por qué hemos de volver una y otra vez sobre la misma cuestión? Posiblemente porque la rutina es una de las constantes de nuestra vida. A fuerza de repetir mucho las cosas, llega un momento en el que perdemos de vista cualquier atisbo de originalidad, aflorando entonces el automatismo que se resuelve en la pura inercia del <<dejarse llevar>>, del <<ir tirando>>. Pero la rutina no sólo afecta, por desgracia, al orden de los hechos; es también coextensiva al orden del ser, de tal modo que nuestro espíritu y nuestra mente también entran en la dinámica de la repetición de lo mismo, signo de lcansancio existencial en que podemos encontrarnos. Y es precisamente en el orden ontológico, el más importante de todos, en el que está arraigada nuestra fe, quedando afectada por este mal de la sociedad posindustrial mediante el cual la fe pasa a ser una cuestión tangencial, del centro a la periferia.
En efecto, pronto nos acostumbramos a llamarnos y ser cristianos. Vamos todos los domingos a misa, repetimos de memoria una y otra vez el Padrenuestro, los Diez mandamientos, el Credo, y un sinfín de oraciones más. Y así, a base de repetirlas no pensamos en lo que decimos, vaciando de significado el contenido de lo que expresamos. Creemos saberlo todo, o casi todo, sobre la figura de Jesús, pero en realidad no sabemos nada. A lo sumo sabemos cuatro o cinco fórmulas estereotipadas. De esta suerte, vamos perdiendo la capacidad para la novedad. Así, nos anclamos en una especie de <<eterno retorno>> de lo idéntico.
La identidad de Jesús es, sin embargo, una de esas cuestiones a las que nunca se llega del todo. No en vano ha sido uno de los grandes rompederos de cabeza de casi todos los eximios personajes que la historia ha dado. Las miradas han sido y son múltiples, como infinitas son las perspectivas, sin llegar ninguna a determinar quién es realmente Jesús.
Al hombre de hoy le suelen suceder lo que a las gentes del lugar del tiempo de Jesús, que no tenían claro quién era semejante personaje. Había tantas opiniones como cabezas. Pero esta dispersión de pensamientos y de sentimientos también nos afecta a nosotros los cristianos. Aunque pensemos que lo sabemos todo, o casi todo, sobre quién es Jesús, en realidad sabemos menos. Aquí ya de lo que se trata no es tanto de saber –que también-, sino sobre todo de sentir. No es cuestión de conocimientos sino de vivencias. Y puede darse la paradoja de que sepamos mucho sobre la historia de Jesús y no vivamos nada de lo que sabemos.
Jesucristo no es un personaje más de la historia. Su doctrina no es tanto para ser estudiada cuanto para ser vivida. Por ello, como cristianos hemos de replantearnos y preguntarnos sucesivamente por el <<quién>>, no como un interrogante a terceros que, al fin y al cabo, no deja de ser un puro y frío impersonalismo. La pregunta ha de ser directa y personal: ¿Quién es Jesús para mí? De la respuesta que demos, que dé cada uno, se deduce el grado de autenticidad y compromiso de la propia vida de fe.
Hemos de procurar constantemente no caer en la rutina de las respuestas fáciles, estándar, impersonales, anónimas, porque son respuestas que no nos dicen nada ni nos interpelan nada. La autenticidad de vida que conlleva ser cristiano nos impele a no conformarnos con lo que siempre se ha dicho y sabemos sobre Jesús. Aquí de lo que se trata es de medir la intensidad, profundidad e identidad de mi vida de fe y de mi compromiso real con la fe. Por eso, el <<quién>> de la pregunta remite a un <<cómo>>: ¿Cómo hago yo efectiva mi identificación con Jesús? Jesús mismo nos da la respuesta: <<El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y se venga conmigo>> (Lc9, 23-24). Ser cristiano significa asumir e identificarse con el <<quién>> y con el <<cómo>>, es decir, con Jesucristo y su misión de salvación. Por eso la identidad se define y se concreta en la misión.
Los cristianos debemos esforzarnos por mantener la fidelidad en el camino emprendido por Cristo, porque sabemos por experiencia que en este camino de negación y de cruz el peligro constante de los desánimos, de la falta de empuje y coraje para confesar la fe en Jesús de Nazaret como Hijo del Hombre (cf. Lc 9, 26). Es decir, por propia inclinación de la naturaleza humana tendemos a suavizar la dimensión de cruz del seguimiento y a resaltar la dimensión de gloria. Queremos llegar a la meta sin hacer el camino, sabiendo que una de las grandes verdades incontestables del ser cristiano es que no hay gloria sin cruz.
Ser cristiano significa identificarse con Jesús en su misión, recorrer el largo camino existencial de la fe con sus luces y sus sombras. Este camino es el único medio que nos enseña a conocer con detenimiento y en intensidad a Jesucristo, nuestro único modelo. De este modo –por el <<cómo>>, esto es, por la misión-, llegamos al <<quién>>, a Jesucristo. Profundizar y ahondar en los compromisos evangélicos es, al mismo tiempo, bucear en la intimidad del mismo Jesucristo. Aquí se cumple una vez más el dicho de Jesús: <<Por sus frutos los conoceréis>>.
Por tanto, la pregunta <<¿quién decís que soy yo?>> es intercambiable con esta otra: <<¿Hasta qué grado os importo?>>; y el grado de importancia se mide por el grado de compromiso en la vida de fe, manifestado en el grado de identificación con la misión de la evangelización.
Queridos hermanos, revisemos en qué situación se encuentra nuestra vida de fe. Pensemos hasta dónde llega nuestro compromiso de vida con Jesucristo. Veamos si estamos anclados en la llamada de <<fe teórica>> o en la de los puros conocimientos sin ningún tipo de compromiso o si, por el contrario, hemos pasado de los conocimientos a la vida. En todo casi sería bueno que tuviésemos como lema la misma invitación que Jesús hizo a sus discípulos y que en este momento de la historia nos hace a cada uno de nosotros: <<El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará>> (Lc 9, 24).
 

Decimotercer domingo del tiempo ordinario

Domingo, 26 de junio de 2016

 

Texto bíblico:
1 Re 19,16.19-21: Luego vuelvo y te sigo.
Gál 4,31-5.1.13-18: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado.
Lc 9,51-62: El que echa mano del arado y mira atrás, no vale para el Reino de Dios.

Quiero comenzar evocando una cita, quizá desconocida, de un gran personaje de la historia: Napoleón. Tan insigne personaje afirmó: <<César Augusto, Alejandro Magno o yo mismo hemos creado los mayores imperios de la tierra, pero como los hemos creado con la fuerza y sólo desde la guerra, la prepotencia y el poder, cuando nos muramos, prácticamente nadie va a ser seguidor nuestro. En cambio, Jesucristo, que fundó un reino basado en el amor y sólo en el amor, ha muerto, y, sin embargo, hoy y siempre y en cualquier momento, hay millones y millones de seres humanos que están dispuestos a dar la vida por su causa>>. Napoleón confirma los hechos. Grandes personajes de la literatura, la pintura o la música, por ejemplo, han inscrito sus nombres en las páginas de la historia pero no han creado ningún movimiento de seguidores que estén dispuestos a dar la vida por ese personaje. Sólo Jesús ha conseguido tal hazaña. Y esto es lo que nos sorprende.
En efecto, el Evangelio de hoy nos habla de la fe como opción radical en la vida del cristiano. La llamada a la fe se resume en una sola palabra que es un verbo imperativo: <<Sígueme>>. La respuesta es sin condiciones. No vale, por tanto, los compromisos a medias, que en el fondo son las peores mentiras. O se sirve a Dios o se sirve al dinero (cf. Mt 6,24), pero no podemos quedarnos con un compromiso light que aparenta ser una cosa y en el fondo es otra. Es el compromiso de la comodidad y de la adaptabilidad, es decir, adapto el Evangelio a mis propias comodidades y conveniencias. Tal forma de proceder es diametralmente opuesta a las exigencias verdaderas que impone Jesús a todo el que quiera ser discípulo suyo y, por tanto, seguirle.
El camino que Jesús plantea a todo el que quiera seguirle es duro y austero, como lo fue el suyo propio:<<El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza>>. Pero, al mismo tiempo, es un camino que exige una respuesta inmediata y precisa sabiendo que lo prioritario es el Reino de Dios.
Por eso, ante las trabas delos que desean seguirle –permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre, o déjame primero despedirme de mi familia-Jesús, corrige el objeto de lo que es prioritario. No es la familia ni los asuntos y preocupaciones humanos. No, lo único importante, primero y absoluto es el Reino de Dios y su mensaje de salvación. No en vano, es la recomendación que Jesús ya había dado antes a sus discípulos: <<Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura>> (Mt 6,33). Y a pesar de todo, aumenta el número de los que quieren ser sus discípulos: <<Te seguiré, Señor>>. Extraña relación de proporcionalidad que rompe todos nuestros esquemas lógicos: a mayores dificultades, mayor número de adeptos.
La clave puede estar en lo que tantas veces hemos apuntado: sólo el amor llena y da sentido a la existencia. El hombre es un proyecto de amor y si no lo realiza o si no es fiel a él se frustra. Es infeliz. Malogra su vida. El hombre es comunicación y entrega, no soledad y egoísmo. Por tanto, como bien expresa San Pablo en su Carta a los Gálatas, sólo el amor nos hace libres y hace que vivamos en libertad: <<Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado>>, una libertad que es expresión del mandamiento del amor: <<Que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado>>.
Decía E. Fromm que las características del amor maduro son la totalidad en la entrega y la generosidad en la renuncia. Y es que un amor en partes y egoísta no es tal amor porque nos esclaviza en lugar de liberarnos. Poor ello, como hemos visto, la totalidad y la generosidad sin condiciones son los dos pilares en los que se asientan las exigencias del Reino de Dios. Esto nos lleva, por su propio dinamismo interno, a valorar lo absoluto y a relegar a un segundo plano lo relativo. Lo absoluto es el Reino de Dios y su justicia; lo relativo son nuestras cosas humanas. No perder de vista esta perspectiva es tener claro qué nos exige ser cristianos de verdad. Pero, tal vez con demasiada frecuencia, perdemos el horizonte de Dios y nos centramos sólo en el horizonte del hombre y por ello seguimos <<mirando atrás>>.
El amor a Dios y a los hermanos, primer y principal mandamiento, ha de ser absoluto. Aquí no valen entregas parciales o a plazos. Seguir a Jesús implica entrega y renuncia absolutas, sobre todo renuncia a nuestras esclavitudes personales, a nuestros apegos humanos, porque todo ello son obstáculos, rémoras, óbices que impiden la expansión del Reino libremente.
Por supuesto, Jesucristo no quiere un cristianismo masoquista ni un cristianismo realmente imposible de cumplir y practicar. Dios no nos pide imposibles. Como en la parábola de los talentos, Dios nos exige conforme a nuestras capacidades (cf. Mt 25, 14-30), ni más ni menos; pero eso sí, que apuremos hasta la última gota de todo nuestro potencial de amor. Teniendo como contexto la filosofía hedonista, propia de las sociedades ricas y desarrolladas como la nuestra, no es nada fácil ser auténticamente cristiano. A veces pueden más en nosotros los placeres del cuerpo, domesticado por las comodidades de la vida, que las exigencias del espíritu que nos azuza a vencernos constantemente a nosotros mismos, a ser sí mismos, a ser únicos, a hacer de nuestra vida un canto al amor, a la generosidad sin límites, al sacrificio en favor de los demás.
Frente a la filosofía de una vida light, el Evangelio nos ofrece una vida seria y profunda, la única que nos realiza como personas y como creyentes. La vida facilona es una vida desperdiciada, insulsa, vacía, sin ideales ni utopías; la persona se busca a sí misma en lugar de entregarse a los demás y malogra su vida. Pero la oferta evangélica lleva hasta el límite todas nuestras capacidades, equilibra –digámoslo así-, nuestro ser actual con nuestro ser potencial porque sólo la generosidad nos realiza: <<La esplendidez da el valor a tu persona. Cuando eres desprendido, toda tu persona vale; en cambio, si eres tacaño, tu persona es miserable>> (Lc 11,34). Así lo entienden los miles y miles de misioneros y misioneras que entregan su vida cada día por la causa de Jesús y el Evangelio.
 

Undécimo domingo de tiempo ordinario

Domingo, 12 de junio de 2016


Texto bíblico:
2 Sam 12,7-10.13: El Señor perdona tu pecado.
Gál 2,16.19-21: Es Cristo quien vive en mí.
Lc 7,36-8,3: Sus muchos pecados están perdonados.

 

¡Qué bella escena y qué tierna escena la que nos presenta el Evangelio de hoy! Como en el domingo anterior, también en éste se insiste y se profundiza en el camino del perdón y de la misericordia inconmensurable de Dios. Una vez más es necesario insistir que Dios es Padre de la misericordia y del perdón, de la vida; en una palabra: no el Dios de la condena y de la muerte.
Dios sale continuamente al encuentro del hombre y le ofrece su amor incondicional, su perdón sin límites, su misericordia infinita, porque a todos nos quiere como hijos suyos que somos. Ante esta oferta salutífera el hombre tiene dos opciones claras y definidas: o acepta el perdón de Dios o lo rechaza. No hay un camino intermedio. Dos posturas plasmadas en el hijo menor y el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32). Dos posturas igualmente reflejadas en la escena del Evangelio de hoy: la mujer pecadora, símbolo de la recepción alegre de la salvación de Dios y el fariseo, símbolo viviente del rechazo a toda oferta divina de salvación.
Jesús es signo de contradicción. Sus dichos y sus hechos son siempre motivos de grandes divisiones; por ello es una <<bandera discutida>> (cf. Lc 2,34-35).Jesús ha venido a perdonar y no a condenar, ejercitando la misericordia, encarnación y extensión del amor de Dios. Él ha venido a sanar y a salvar lo que estaba perdido (cf. Lc 15,6 9.24; 19,10), porque sólo tienen necesidad del médico los enfermos y no los sanos (cf. Mc 2,17).
Cabe ahora preguntarnos en cuál de los dos horizontes existenciales nos situamos, si en el de la aceptación o en el del rechazo. Dos actitudes existenciales que implican, lógicamente, dos modos de vida: o vivimos desde la misericordia, el amor y el perdón a los demás, o lo hacemos desde la intransigencia, el odio o el rencor. En otras palabras, o apostamos por la vida y vivimos de ella, o bien apostamos por la muerte, convirtiendo nuestra vida en un constante morir al amor que nos realiza. Apostar por la vida es construir; apostar por la muerte, destruir.
Puede sucedernos que hayamos apostado por el grupo de los que se consideran <<sanos>>, como los fariseos, en cuyo caso huelga la ayuda de cualquier médico. Así, la hipocresía falsea y arruina nuestra vida y sobre todo hace incomprensible nuestro amor a Dios, porque si no amamos a nuestros hermanos, no amamos a Dios. Nuestro error consistiría en considerarnos <<buenos>> y <<santos>> cuando nadie, excepto Dios, es bueno y santo por sí mismo. Por esta regla de tres los resultados son matemáticos: si nosotros somos<<los buenos>>, los demás tienen que ser y son <<los malos>> y, en conclusión, sólo nosotros tenemos derecho a la salvación.
De esta suerte, desembocamos en la llamada <<soberbia de la vida>>, pecado por excelencia del género humano contextualizado en el mito adámico, en el que vence, como vence en nosotros, la adulación del <<y seréis como Dios, versados en el bien y en el mal>> (Gén 3,5). Desde esta atalaya, nos instalamos en la ceguera existencial y en la dureza de corazón que nos conduce progresivamente al reino de la muerte a nosotros y a todos los que hemos atrapado con nuestra filosofía de vida. Si no perdonamos Dios tampoco nos perdona.
Apostar por Dios supone encarnar y manifestar a los demás el mandamiento principal: el amor a Dios y el amor al prójimo (cf. Mc 12,19-31). Es vivir con humildad, sencillez y transparencia; es reconocerse pecador y saber que todos estamos hechos de la misma pasta. Todos necesitamos de Dios y, al mismo tiempo, todos necesitamos de todos. Sólo con esta actitud de <<abnegación>> y de sano realismo entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual se hace operativa la misericordia de Dios. Es lo que sucede en la escena del Evangelio de hoy; en ella, la mujer se echa al suelo y lava los pies de Jesús con sus lágrimas, signo de su arrepentimiento, por eso está abierta al perdón de Dios, que se hace efectivo: <<Tu fe te ha salvado, vete en paz>>. Es la constante y siempre acertada pedagogía de Dios, como nos muestran sobradamente los Evangelios con la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32), la del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14); el episodio de Zaqueo (Lc 19,1-10), o el ejemplo de la mujer adúltera (Jn 8,2-11).
Sólo amando a los demás estamos en disposición de recibir el perdón de Dios porque sólo desde el amor y con el amor se perdona desde la raíz, sin fingimientos, ni arreglos, ni pactos, expresión de la filosofía utilitarista del do ut des. Es lo mismo que afirmamos reiteradamente en el Padrenuestro: <<Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden>>. De ahí que Jesús sea tan explícito en la escena del Evangelio de hoy cuando afirma: <<Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama>>.
Amor y perdón se intercambian mutuamente: perdona el que ama hasta dar la vida y ama el que se siente perdonado. Decía Pascal que hay dos clases de hombres, unos justos que se creen pecadores y otros pecadores que se creen justos. La conversión se inicia desde el preciso momento en el que uno se reconoce pecador, encontrándose así en la actitud de fe receptiva en Cristo que salva contra toda esperanza y seguridad humana.