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Vigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Domingo 21 de agosto de 2016

 

Is 66,18-21: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua.
Heb 12,5-7.11-13: El Señor reprende a los que ama.
Lc 13,22-30: Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.


No es nuevo el diagnóstico que los sociólogos hacen de nuestra sociedad calificándola de <<sociedad enfermiza>>, obsesionada con el placer y con el bienestar como únicos motivos por los que vivir, olvidada del dolor y del sacrificio como obstáculos neuróticos. Es una sociedad que está metida de lleno en la cultura de las <<facilidades>>: facilidades en el trabajo mediante una tecnología cada vez más sofisticada; facilidades para pagar a plazos todo lo que la publicidad y la ley del consumo aprueban como bueno y cómodo para nuestra vida; facilidades para, aparentemente, triunfar. Así, paulatinamente, se ha ido ensalzando el bienestar material a cualquier precio, haciéndosele coincidir malévolamente con todo y el único bienestar del hombre.
También los cristianos participamos de esta sensación de triunfalismo barato –si cabe con mayor gravedad-, porque sin apenas darnos cuenta hemos trasladado las comodidades terrenas a la dimensión de lo sobrenatural. Así damos por supuesto como una verdad incontestable que, sin más explicaciones, Dios nos salva a todos a pesar de nuestras posturas y actitudes de vida porque Dios es bueno y misericordioso. En otros términos, el pecado es una realidad que no tiene razón de ser porque en el fondo, según el dicho popular, <<todos somos buenos>>.Sutilmente hemos transformado la voluntad de Dios, <<que quiere que todos los hombres se salven>>, en la voluntad humana por la que <<todos estamos ya salvados>>. Es el pecado por exceso.
Junto a esta postura se encuentra también la de aquellos que pecan por defecto al pensar que sólo ellos y nada más que ellos se salvarán, porque han renunciado a todo tipo de bienestar y acatan y cumplen hasta la última coma de las leyes impuestas por la Iglesia. Son los que interpretan el Evangelio al pie de la letra, enmendándole la plana al mismo Jesucristo. Quizá el pecado que encarna esta actitud de vida sea el de querer convertir la misericordia y la benevolencia de Dios en el dogmatismo y dureza humanas.
No es Dios quien decide la salvación de los hombres, somos nosotros los que tomamos esa decisión por Dios y la presentamos ante los demás como decisión divina. Seguimos anclados en el fariseísmo de siempre, más cerca de nuestro corazón de lo que sospechamos o imaginamos.
El Evangelio de hoy viene a ponernos, a unos y otros, <<los puntos sobre las íes>>. En efecto, es voluntad de Dios que todos los hombres se salven porque no quiere la muerte del hombre sino que se convierta y viva. Pero no podemos olvidar que es <<voluntad de Dios>> y sólo de Dios. Por ello, no toca a los hombres la decisión final de la salvación sino a Dios (cf. la parábola de la cizaña en Mt 13,24-30).Con esto no estamos justificando el pasotismo del hombre pero sí la gratuidad de la salvación como don, gracia y regalo de Dios al género humano.
En consecuencia, la salvación no es un artículo que compramos en cualquier tienda, ni se adquiere por nuestras propias fuerzas como un derecho al margen de la voluntad de Dios; ni tampoco se conquista por una actitud pasiva. Debemos esforzarnos, comprometernos, luchar por la causa del Reino y su justicia, y confiar en los designios y en la misericordia de Dios. El esfuerzo no es cosa fácil porque tampoco lo es vivir el día a día del Evangelio. Es un esfuerzo que implica la cruz -como sobradamente ya hemos señalado en anteriores reflexiones-: <<Esforzaos en entrar por la puerta estrecha>>. Por esta razón no podemos contentarnos con creer que Dios siempre está contento con nosotros, pensando que ya lo hemos conseguido todo. El compromiso cristiano no es cuestión de un momento o de una temporada. Es un proyecto de vida, una vocación a desarrollar.
Como cristianos hemos de ser profundamente responsables sabiendo que ni basta con el activismo desorbitado, ni con la pasividad rezagada a la intemperie de la vida esperando que todo me lo resuelvan fácilmente. La experiencia de Dios debe ser una de las realidades más sublimes de nuestra vida, una experiencia que nos remite continuamente al compromiso cristiano, al amor a Dios y al prójimo. La falsa seguridad religiosa motivada por nuestros deseos de ser y de aparentar, no se puede confundir con una vida de fe expresada en nuestras acciones de cada día. El que no orienta su vida hacia Dios se excluye él mismo de la comunión con Él y, por lo tanto, rechaza la salvación de Dios. Es verdad que el camino de la vida está plagado de dificultades, de cruces y de fronteras muchas veces infranqueables –es la <<puerta estrecha>> de la que nos habla el Evangelio de hoy-, pero ello no puede restarnos un ápice de coraje y entusiasmo, ni puede llenarnos de temor como al as personas pusilánimes. Nuestro deber es confiar en Dios, tener una fe insobornable que no se rinde ante la más mínima dificultad y que se empeña en la fidelidad a Jesucristo y a su mensaje de salvación.
No nos toca a nosotros saber cuántos se salvarán y quiénes se salvarán. Es una cuestión de Dios. Por ello, Jesús no responde directamente a la pregunta que se le hace, sino indirectamente, como diciéndonos: <<Preocupaos por lo que realmente merece la pena, es decir, por ser buenos y comprometidos creyentes, por trabajar por la causa de Jesús y del Evangelio, por amar a vuestro prójimo. Lo demás es cosa de Dios>>. Dios no tiene en cuenta las distinciones, honores y méritos humanos como currículo que avala lo <<buenos>> y<<honrados>> que somos, y por tanto, los que posemos más puntos para acceder a los primeros puestos en el ranking de la salvación. Dios invierte una vez más nuestros parámetros, nuestras escalas de valores e intereses. No le importan para nada nuestros méritos, sólo le importa que tengamos un corazón bien dispuesto, sencillo, humilde, entregado, misericordioso, comprometido con la causa del Reino. En este sentido, todos los que así viven son los <<primeros>>.
Mis queridos hermanos y amigos: tengamos como preocupación esencial de vida ser personas buenas que hacen el bien a los demás y confiemos siempre en la misericordia y en la benevolencia de Dios. Nosotros esforcémonos por desarrollar la tarea que Él nos ha encomendado, sin pensar nunca en que ya es suficiente y en que tenemos bastante para alcanzar la salvación. Que nuestra última reflexión siempre sea ésta: <<No somos más que unos pobres criados, hemos hecho lo que teníamos que hacer>> (Lc 17,10).
 

Vigésimo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 14 de agosto de 2016

 

Jer 38, 4-6.8-10: Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.
Heb 12, 1-4: Corramos la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lc 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

 

Si abrimos un periódico de cualquier día, siempre hay una sección que se repite. Nos referimos a las noticias y reportajes sobre la violencia en el mundo. Una violencia que podemos clasificar de mayor a menor escala, pero no por eso deja de ser violencia. Las guerras entre países o entre los miembros de un mismo país, el terrorismo, las disputas familiares y personales, constituyen elementos necesarios del formato de la prensa diaria, porque tales noticias son un leiv motif en la historia de la humanidad. Por eso, no nos sorprende desayunarnos a diario con semejantes eventos.
Pero lo perturbador es que el Evangelio nos hable de violencia y de divisiones. El Evangelio -que literalmente significa la Buena Noticia- es portador también de las malas noticias. Es más, Jesucristo, el Hijo de Dios que ha venido al mundo para salvarlo y no para condenarlo, proclama en el Evangelio de hoy que no ha venido al mundo a traer la paz sino la división. ¿Qué rompecabezas es éste? ¿Qué significa todo esto?
Pienso que no hace falta indagar en demasía para advertir de inmediato la clase de división que trae Jesús. Por supuesto, no se trata de que Jesús fomente la guerra y anime a sus discípulos a tomar las armas para conquistar el poder. El discurso y la obra de Jesús no es una incitación a la violencia, incluso ante situaciones de tremendas y claras injusticias, sino una invitación a la paz que sólo es posible desde el amor, nunca desde el odio (cf. Mc 10, 42-45). Quienes han interpretado el pasaje del Evangelio de hoy en una línea netamente social-revolucionaria han tergiversado el sentido del texto para adaptarlo a su ideología y a sus principios, diferentes de los principios del Evangelio mismo.
Jesús habla de un <<prender fuego al mundo>> y de una <<división>> que nada tiene que ver con la cadena de enfrentamientos humanos. Jesús nos habla de la división que la Palabra de Dios provoca en el corazón humano, es decir, de la opción que hemos de tomar ante Jesucristo y su mensaje de salvación. Una opción que sólo tiene dos alternativas: de aceptación o de rechazo. De esta suerte, en Jesús se cumple lo que ya le profetizara el anciano Simeón a la Virgen María: <<Mira: éste está puesto para que todos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón; así quedará patenten lo que todos piensan>> (Lc 2, 35).
Toda la vida de Jesús, como la de los profetas que le precedieron, fue símbolo de la aceptación y del rechazo de la luz y de la verdad por parte de los hombres: <<La gente hablaba mucho de él, cuchicheando. Unos decían: “Es buena persona”. Otros, en cambio: “No, que extravía a la gente”>> (Jn 7, 12). Jesucristo, como los profetas, tuvo que sufrir en propia carne el oprobio de quienes optaron a favor de su soberbia y egoísmo y en contra del amor. Su camino fue el camino de la cruz. Y es que la verdad, la transparencia, la luz no dejan a nadie indiferente; divide y separa, incluso a familias enteras en las que unos miembros optan por el camino de la fe y del testimonio cristiano y otros por la indiferencia y el desprecio de todo lo que les suene a Dios. Ésta fue y es la historia singular de muchos de nuestros mártires, los pasados y los presentes, quienes por defender su fe fueron perseguidos y muertos por los suyos propios.
Sin embargo, el color de la <<división>> cambia de signo cuando se produce por discrepancias sobre el mismo Dios en quien creemos. Discrepancias que históricamente han propiciado la ruptura en el seno de la Iglesia, dando como resultado una pluralidad de confesiones bajo una misma fe en Jesucristo: protestantes, ortodoxos, anglicanos, católicos, etc. En este caso es una división no querida por Dios, sino por los propios hombres. Por ello, es una división que, a su vez, divide y crea conflictos entre los propios hermanos dando lugar a las llamadas <<guerras de religiones>>. Una cosa es que Jesús y el Evangelio sean motivo de adhesión o de rechazo por las condiciones y exigencias que implica y otra que los propios creyentes queramos dividir a Dios mismo y apropiárnoslo con patente de exclusividad.
Mis queridos amigos: ser cristiano no es nada fácil; ya lo hemos comentado en múltiples ocasiones. Ser cristiano es asumir, lo mismo que Jesús, el camino nada cómodo y nada humanamente beneficioso de la cruz. Pero también es verdad que sólo la cruz y nada más que la cruz, es nuestra mejor tarjeta de identidad y nuestro mejor motivo de alegría porque es señal de que nuestra vivencia cristiana es auténtica.
La cruz es el resultado de ser como Jesús: <<una bandera discutida>> y <<signo de contradicción>> para los demás. Y esto sólo es posible cuando se es fuel a la verdad del Evangelio, que es la misma verdad de Dios.
Cuando nuestra vida cristiana es alabada y no vituperada, ensalzada y elogiada y no puesta en entredicho, vigilemos atentamente qué hay de cristiano en ella. Lo más seguro es que hayamos disfrazado la verdad de Dios bajo la verdad del hombre.
No nos engañemos. No existe un cristianismo cómodo como existe Jesucristo sin la cruz. El cristianismo de muchos cristianos no comprometidos con su vida de fe no deja de ser una vulgar y zafia caricatura del seguimiento de Jesucristo porque en el fondo quieren servir al mismo tiempo a Dios y a los hombres, quieren <<casar>> las exigencias de Dios con las indolencias humanas, lo cual es imposible. Quien es auténtico y fiel a las exigencias de su fe no se <<casa>> con nada ni con nadie, sólo con Jesús y el Evangelio. No busca contentar a todo el mundo –labor propia de los aduladores-, sino iluminar con la verdad de su vida a todos los que quieran aceptar la verdad de Dios.
Pidamos al Señor que su Palabra <<divida>> nuestro corazón, es decir, que no nos deje indiferentes sino que nos enfrente a la verdad de nuestra vida para que nos purifique de tantas impurezas que la vuelven opaca, como nuestras comodidades personales, nuestra falta de compromiso, nuestros miedos a dar testimonio de Jesucristo, nuestra falsa piedad desencarnada, nuestro cristianismo light, en una palabra. Y que esta purificación sea el inicio del camino del compromiso cristiano, con entereza y fidelidad, <<fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que renunciando al gozo inmediato soportó la cruz>>, como acertadamente nos comenta la segunda lectura de hoy de la Carta a los Hebreos, sabiendo, como muy bien, lo expresa San Pablo, que <<todo eso lo superamos de sobra gracias al que nos amó>> (Rom 8, 37).
 

Decimoctavo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 31 de julio de 2016


 

Eclo 1,2.2, 21-23: Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Col 3, 1-5.9-11: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
Lc 12, 13-21: ¿De quién será lo que has acumulado?

 

Ya es un tópico afirmar que vivimos en la cultura del tener, cuyo valor al alza es el consumo, y que hemos relegado a un segundo plano la dimensión del ser, valor último en el que se sustenta y fundamenta todo lo humano. Sin embargo, lo tópico no e siempre sinónimo de rutinario, de insulso. hay ocasiones, como la reflexión que nos brinda hoy la Palabra de Dios, en las que la insistencia reiterada y casi <<machacona>> en ciertos temas nos revelan la dirección axiológica de los mismos.
Uno de esos temas <<estrella>>, que recorren de pies a cabeza todos los textos sagrados, es la relación entre el ser y el tener, entre lo espiritual y lo material. Una relación que raras veces ha conseguido el equilibrio, la armonía y la estabilidad. Más bien, el platillo de la balanza se ha inclinado hacia el lado del tener, quizás porque es lo que mejor se ajusta al egoísmo a ultranza que atenaza a todo hombre. es la historia de todos los hombres de todas las épocas sin excepción alguna; es también nuestra historia, la mía y la tuya. Por eso Jesús, que conoce al milímetro toda la historia de las inclinaciones de la naturaleza humana, insiste una vez más en el peligro de las riquezas, como ya lo hiciera en otras ocaciones (cf. Mt 6, 19-21.24-34; 10, 9-10; 19, 16-29).
El sabio autor del libro del Eclesiastés contempla con gran originalidad la vida de los hombres. Desde la atalaya de su actitud crítica observa la vida y concluye su vanidad, es decir, su transitoriedad, su contingencia, su relatividad: la nada y el absurdo de esta nada, que es la vida. Nos está diciendo que la realidad <<contante y sonante>> se impone a nuestros sueños de grandeza; que somos gigantes con pies de barro que caen a tierra al más mínimo revés existencial.
El hombre -aquí nosotros- al final de sus días se ve despojado de lo que cree que es suyo y, sin haberlo disfrutado plenamente, tiene que dejárselo todo al que viene detrás de él. En conclusión, <<todo es vanidad>> y, por consiguiente, se impone la necesidad imperiosa e impelente de cambiar el chip de nuestros intereses y objetivos en la vida. Éste es el marco y el contexto en el que se encuadra la parábola de hoy, traducción del más radical de los materialismos.
Eel rico epulón apuesta y arriesga todo por el tener, por las cosas materiales a las que, como becerro de oro, adora (cf. Éx 32, 1-14), porque cree, ingenuamente, que lo material y sólo lo material le <<asegura>> la vida, sin sospechar, ni siquiera atisbar, que la vida sólo pertenece y es don y regalo de Dios (cf. Mt 6, 25-34). El rico ha invertido totalmente los valores: lo relativo lo convierte en absoluto y lo absoluto en relativo. Dios, el ser, los valores de las personas, hacer el bien, el amor a los demás… no cuenta para él. Es más, para él, esas cosas son, con mucho, sólo mera palabrería. Es por ello por lo que, para este homo rerum, lo único que merece la pena son las riquezas, cumpliéndose en él aquella sentencia de Jesús que puede ser leída en un doble sentido dependiendo de la actitud del sujeto al que se le aplica: <<Donde esté tu tesoro allí estará tu corazón>> (Mt 6, 21).
Mis queridos amigos: hagamos un salto en el tiempo y leamos la parábola con los ojos y la mentalidad de hoy. ¿Se diferencia en mucho el rico de la parábola del tiempo de Jesús con la actitud de vida que en general lleva el hombre de finales del siglo XX y comienzos del XIX? Pienso que no. Si cabe, el rico epulón de hoy supera en vanidad y soberbia al rico de antaño, porque la vanagloria de nuestros tiempos -<<centrífugos>> y <<penúltimos>> en decir de Zubiri- se sumerge en los niveles más profundos de la existencia humana, hasta el punto de que el ansia y la ambición por lo material está secando el corazón del hombre.
Como el rico epulón también nosotros <<aseguramos>> nuestra vida, sólo que de un modo más refinado. los llamados <<seguros multirriesgos>>, en los que se nos asegura todo, incluso nuestra propia muerte, constituyen un buen botón de muestra de obsesión enfermiza por la <<seguridad>> que padece el hombre actual. Nuestros valores más importantes -si es que así pueden ser calificados- son el alto nivel de vida, el lucro, el dinero, la comodidad, el confort, la fiebre de poseer y consumir, el prestigio, el afán de aparentar, el placer hedonista de una sexualidad mal interpretada, la falsa felicidad adquirida mediante las corruptelas, los engaños y un prolongado etcétera.
Pensamos ingenuamente, como el rico de la parábola, que éstos son los únicos argumentos que nos proporcionan felicidad y seguridad. Y de nuevo hemos invertido los valores como el rico epulón. Lo malo es que esta inversión es producto de una fina y sutil filosofía que convierte <<lo bueno>> en un puro idealismo, el amor en un enervado romanticismo, la generosidad en una ilusión infantil. De ahí las frases tan comunes y corrientes que forman parte de nuestro universo conceptual y que reflejan nuestro modo de afrontar la vida. Frases como :<<no seas tonto, aprovéchate de los demás>>, <<ser bueno es una tontería que no sirve para nada>>, <<al que es bueno se lo comen por sopa>>, <<sé realista>>, descalifican los valores de la dimensión del ser por inútiles y ensalzan los contravalores del tener por eficaces. Éste es un problema difícil de hacer ver y comprender al hombre actual, difícil, al mismo tiempo, de que nosotros mismos seamos capaces de verlo.
Frente a esos contravalores de la cultura se alza la apuesta evangélica. La alternativa de Cristo no consiste ni en el afán desmesurado de las riquezas ni en las comodidades de una vida placentera. El sentido único de la vida, su valor supremo, es el amor, esencia misma de Dios (cf. 1 Jn 4,8). Todo lo demás es relativo. por eso, en la tarde de nuestra vida, Dios nos juzgará sobre el amor y nada más que del amor.
En el fondo de su corazón, todo hombre se encuentra con la verdad de sí mismo, que no es otra que ésta: necesita de la vida del espíritu, de todo lo que da sentido pleno, verdadero y permanente a su vida, por que cuando Dios desaparece de su horizonte de proximidad, entonces cae en el abismo profundo de la desesperanza, del absurdo y del sinsentido, porque advierte que no son las cosas las que pueden llenarle el corazón, sino Dios. Las cosas nunca llenan, <<sólo entretienen>>.
Y finalizo con unos versos de Santa Teresa de Jesús que bien pueden servirnos como resumen de nuestra reflexión de hoy y como orientación para nuestra vida:


Nada te turbe
nada te espante.
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.

 

Décimonoveno domingo de tiempo ordinario

Domingo, 7 de agosto de 2016

 

Sab 18, 6-9: Dichoso el pueblo a quien Dios escogió.
Heb 11, 1-2.8-9: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve.
Lc 12, 32-48: Estad preparados.

 

El domingo pasado hicimos especial hincapié en la llamada para reorientar nuestra vida hacia las fuentes del ser, camino de liberación y plenitud, frente al imperio del tener, sendero de perdición. El Evangelio de hoy es la rotunda confirmación de la necesidad que tenemos de este -digámoslo así- <<giro antropológico>>, precursor del <<giro de la fe>>.
Jesucristo nos invita a la vigilancia, a <<estar preparado>>, porque Dios es sorprendente y sorpresivo. Sus caminos y su tiempo no son los nuestros. Su modo de actuar es el modo de actuar divino, no el modo de actuar humano. Esto no significa ni mucho menos que Dios intente <<cazar>> al hombre como <<a traición>>. Significa, más bien, que somos nosotros los que intentamos <<medir>> y <<calcular>> a Dios. En los asuntos humanos -que son los nuestros-, estamos acostumbrados a tener todo asegurado, <<atado y bien atado>>, a estudiar hasta los últimos imprevistos logrando un índice de riesgo cero. La perversión se produce en el preciso momento en que el hombre traslada sus esquemas humanos al horizonte de lo sobrenatural -que es el horizonte de Dios-, pretendiendo reproducir en él sus claves de comprensión y de organización del humano vivir. En esto consistió el pecado adámico, en pretender ser igual a Dios o, lo que es lo mismo, en pretender comprender la mente de Dios para dominarla. Fue también el pecado de los fariseos creerse dueños de Dios y, en consecuencia, poseedores de la vida eterna (cf. Lc 18, 9-14).
Sin embargo, Dios sigue sorprendiendo al hombre porque Dios es misterio que escapa a todas las previsiones racionalistas y cientificistas del humano conocer. Por ello, la <<seguridad>> de Dios rompe nuestras <<seguridades>> humanas. Cuanto más seguros queremos estar de Dios, mayor es nuestra incertidumbre. La fe no entiende de proyectos y cálculos humanos, sólo sabe y entiende -y a veces ni esto-, de Dios, como de quien constantemente nos seduce con la magia de su originalidad y con la radicalidad de su novedad. Dios quiebra toda lógica del humano pensar y actuar. De ahí la insistencia evangélica a estar expectantes como centinelas en sus atalayas, prestos y preparados para la sorpresa de Dios.
La gran pregunta que cada uno tiene que formularse, y sobre todo responderse, es ésta: ¡Cómo he de prepararme yo? El Evangelio nos brinda el modo de plasmar en la realidad de la vida diaria, y no sólo en la teoría, esta <<urgencia de vida cristiana>>. Tres son los retos que el Evangelio nos lanza como cristianos.
Primero, el reto de la fidelidad a Dios desde la fidelidad al proyecto de ser uno mismo. Esto significa fidelidad al proyecto de vida que Dios tiene sobre cada uno de nosotros o, si queréis, realizar la vocación para la que Dios nos ha convocado a la existencia. Os aseguro que esta doble dimensión de la fidelidad a Dios y a uno mismo no es fácil llevarla a cabo, máxime cuando la sociedad de la eficacia y de los resultados precisos nos lanza a calcular si es productivo o no el desarrollo de un determinado proyecto de vida, esto es, de una determinada vocación. No se valora la vocación en sí como don de Dios porque no importa la fidelidad al proyecto de Dios en mí; lo único que importa es la rentabilidad de los resultados, estén o no en consonancia con la fidelidad a mi propio proyecto de vida. Así frustramos la voluntad de Dios y nos frustramos personalmente a nosotros mismos. No es de extrañar que haya tantas personas insatisfechas e infelices, producto de una <<traición reiterada>>, como acertadamente expresó Vallejo Nájera.
Segundo, el reto de la constancia en la vida de fe y en sus exigencias. Tampoco es fácil afrontar con valentía este segundo reto por dos razones: una, porque la propia vida de fe es una vida dura y exigente. Es el camino de cruz al que Jesucristo nos invita reiteradamente (cf. Lc 9, 23-24). Dos, porque con la constancia en la vida de fe supone la fidelidad a Dios y a su proyecto de salvación en cada uno de nosotros. ¿Cómo ser, pues, constantes en la fe en medio de una mentalidad hedonista? La constancia requiere temple a la vez que exige una confianza absoluta en la voluntad y en el poder de Dios. Es la fidelidad a Dios la que nos empuja a ser fieles a nosotros mismos por encima de ambientes, tendencias, formas de pensar y de vivir que nada tienen que ver con la vida de la fe, con el Evangelio y con Dios.
Tercero, el reto de la responsabilidad antes Dios que ha puesto en cada uno de nosotros unos dones,es decir, unos talentos, no para guardarlos, sino para ponerlos en circulación y multiplicarlos. Tenemos la enorme responsabilidad de optar, bien por la fidelidad al proyecto de ser uno mismo como proyecto de Dios en mí, bien por el olvido de tal proyecto haciendo de nuestra propia vida una caricatura de la misma. O con Dios al margen de Dios. Tampoco es fácil ser responsable en los tiempos de autosuficiencia antropológica que vivimos. La responsabilidad es un vocablo anticuado porque no existe una opción radical de vida. Existen opciones momentáneas, tan insulsas como fugaces, que no comprometen a nada. Por ello, el hombre del siglo XXI sólo es -y a veces ni esto- un haz abierto de posibilidades que nunca llegan a realizarse. Es en el hombre en quien es difícil la conjunción entre el poder ser y el ser. De esta suerte, desaparece la vocación como proyecto de vida y, en consecuencia, desaparece la fidelidad porque ha desaparecido su objeto; sin embargo no desaparece la responsabilidad porque, lo queramos o no, somos responsables de nuestras propias determinaciones, tanto si nos realiza como si nos des-realiza.
Mis queridos hermanos y amigos, en estos tiempos de <<olvido de Dios>> y de <<olvido del hombre>>, acrecentemos en nosotros el don de la fidelidad, de la constancia y de la responsabilidad ante la tarea de realizar la vocación de Dios en nuestra vida. Seamos asiduos lectores de la Palabra de Dios para, desde ella, iluminar nuestras opciones ay determinaciones. Que en todo momento busquemos la voluntad de Dios como camino de realización personal.

 

Decimoséptimo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 24 de julio de 2016

 

Gén 18,20-23: No se enfade mi Señor si sigo hablando.
Col 2,12-14: Dios os dio vida en Cristo.
Lc 11,1-3: Pedid y se os dará.

 

El Evangelio de hoy es una prolongación del Evangelio del domingo pasado en el que se nos hablaba de la necesidad fundamental de la oración en nuestra vida. En el Evangelio de este domingo se nos dice cómo tenemos que orar. Los discípulos veían como cada día Jesús hacía oración y de ella sacaba las fuerzas para la misión. Esto fue lo que los animó a pedirle al Maestro que los introdujera por los siempre difíciles y sorprendentes caminos de la oración misma. Jesús les enseña la oración más sublime, más rica, más excelente que jamás se haya podido instruir: el Padrenuestro. Analicemos por partes su profundo contenido.
Ante todo, el Padrenuestro nos revela que la estructura íntima de toda oración está determinada por la relación de confianza, de diálogo íntimo, de cercanía con quien sabemos que nos ama, como manifestaba Santa Teresa de Jesús. Dios no es, por tanto, un ser lejano, incomprensible e impenetrable al modo de los antiguos dioses paganos. Dios es Padre, nuestro Padre. Así nos lo enseña Jesús porque esa fue su íntima y personal relación con Dios (cf. Lc 10,21; 22,42; 23,34-46).
En segundo lugar, la instrucción sobre la oración es, al mismo tiempo, una enseñanza de fe: confiar en el poder y en la fuerza de la oración, garante y aval de la propia vida y testimonio cristiano. La oración es, así, el sello de la autenticidad que garantiza la calidad de nuestras palabras y de nuestras obras. Por eso cuando en la vida cristiana falla la oración, la misma vida cristiana languidece llevando una apariencia de sí misma hasta que al final muere.
En tercer lugar, la estructura interna de la oración nos manifiesta que Dios siempre nos escucha lo mismo que cualquier padre de familia escucha a sus hijos. Dios, en consecuencia, no se hace el sordo, no se desentiende de nuestros problemas. Él sabe de lo que tenemos necesidad antes incluso de que se lo pidamos (cf. Mt 6,8).
Por eso decía muy bien San Agustín que Dios no se deja sorprender, sino que nos sorprende. Dios no se deja ganar en generosidad. Lo importante de toda oración cristiana no es lo que nosotros le pedimos a Dios, sino cuál es la voluntad de Dios en nosotros, en cada uno de nosotros. No se trata de que Dios se atenga a nuestros deseos y voluntad, sino de que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo.
Con todo, la petición es uno de los ejes-fuerzas de la oración porque nos enseña la pedagogía de la perseverancia y de la esperanza en Dios: <<Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama le abren>> (Mt 7,7-8). La mentalidad práctica de los ruidos y de las prisas que subyuga y cautiva al llamado homo faber de las sociedades cibernéticas del ya siglo XXI choca frontalmente con el sentido de vida que genera el <<saber esperar>> en Dios propio de la oración. Y es que sólo los ojos del corazón –que son los ojos de la fe-, están capacitados para descubrir e intuir que el tiempo de Dios no es nuestro tiempo.
Nuestras necesidades son esencialmente de dos tipos, materiales y espirituales, porque vivimos no de sólo pan, sino también <<de toda Palabra que sale de la boca de Dios>> (Mt 4,4). Es necesario pedir al Señor el pan de cada día, no en el sentido de que se nos dé todo regalado, sino en el sentido de que no nos falte el trabajo para ganarnos el sustento de cada día (cf. Gén 3,19). Pero también tenemos nuestras necesidades espirituales. Es apremiante, entre ellas, sentir la necesidad de la reconciliación con Dios –perdónanos nuestras ofensas-. Sabemos que Dios siempre nos perdona y nunca nos condena, porque Dios no envió al mundo a su Hijo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por Él (cf. Jn 3,17). El Señor perdona a pesar del hombre porque es un Padre lleno de ternura (cf. Sal 116). Su misericordia y su perdón son infinitos para los que se convierten e Él (cf. Eclo 7,29). Sin embargo, también sabemos que al pedir al Señor que nos perdone apostillamos: así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. En otros términos, el perdón de Dios en nosotros sólo es efectivo y real cuando nosotros estemos dispuestos a perdonar a quienes nos han ofendido. Si no somos misericordiosos con los demás no podemos tener la osadía de pedir a Dios que lo sea con nosotros. Es el mensaje claro y sin ambages de la parábola del rey y sus empleados (cf. Mt 19,23-34).
Pero la necesidad espiritual más importante que tenemos todos los cristianos es la de pedirle a Dios que nonos deje caer en la tentación. La pregunta que surge de inmediato es saber a qué tipo de tentación se refiere. Y la respuesta es clara. No se trata del cúmulo de las tentaciones comunes de cada día. No. Aquí lo que se ventila es el ser o no ser de nuestra vida, el sentido o la pérdida de nuestra existencia, la realización o el fracaso del proyecto de la realidad humana que nos determina y define. En una palabra: la apuesta de vida por Dios o al margen de Dios. Por ello, la tentación por excelencia de la que queremos que nos libre Dios, no es otra que la tentación adámica de <<ser como Dios>> (cf. Gén 3,5). Pero, claro, para ser como Dios primero tenemos que derribar a Dios de su trono y después ocuparlo nosotros. Más claramente, para yo ser Dios tengo que matar a Dios. Y a Dios se le <<mata>> con el olvido y la indiferencia. Es la filosofía del agnosticismo que ha penetrado hasta la médula misma de las sociedades postmodernas. Por tanto, en el Padrenuestro le pedimos a dios que nos libre de la tentación de sucumbir a la mentalidad de la indiferencia, secular y agnóstica de las sociedades de siempre; de poner a Dios entre paréntesis; de no contar para nada con Dios porque cada uno es dios para sí mismo; de vivir el compromiso de la fe cristiana, no en su total radicalidad sino de un modo acomodaticio, rayándola hipocresía de vida, la peor de todas las mentiras.
Mis queridos amigos todos, oremos y recemos con más asiduidad. Que nunca nos cansemos de repetir una y otra vez la oración del Padrenuestro consentido, con confianza, con sencillez. Y dejemos actuar a Dios que nos conoce hasta el fondo de nuestro corazón y sabe lo que realmente necesitamos y nos conviene.