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Segundo domingo del tiempo ordinario

Domingo 20 de enero

Texto evangélico

Is 62,1-5: Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria.
1 Cor 12,4-11: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Jn 2,1-11: Haced lo que él os diga.

 

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

 

Hoy queremos centrar nuestra reflexión en el Evangelio de San Juan, el evangelista teólogo que, como el águila, se remonta a las alturas para poner ante nuestros ojos la hondura y profundidad del misterio de la salvación de Dios realizada en Jesucristo.
La escena que hoy contemplamos es una de las más bellas del cuarto Evangelio, así como de un gran contenido teológico. Es la escena de las bodas de Caná, un pueblecito muy cerca de Nazaret. A esta boda fueron invitados Jesús con sus discípulos y la Virgen María. Participar en un acontecimiento de este género supone compartir con los novios y familiares la alegría que les embarga en esos momentos, alegría que debe ser extrapolable a la misma alegría que penetra y recorre de los pies a la cabeza todo lo cristiano, porque el cristianismo es fiesta, don y gracia. Es salvación, operada por Jesucristo. Teológicamente hablando, en esta escena Jesús aparece como el esposo y la Iglesia es la esposa. La Madre del Mesías prefigura a la Iglesia y los invitados son todos los que pertenecen a ella. El signo del banquete prefigura la Eucaristía como pacto nuevo y fiesta, donde se celebra el convite del amor.
El Evangelio tiene como tema el milagro de la conversión del agua en vino. Un vino distinto, nuevo, mejor que el anterior, de tal modo que el mayordomo llama al novio y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora>. Un vino bueno que, en palabras de San Ireneo de Lyon, es el Evangelio nuevo, el nuevo orden: la novedad del Reino y su mensaje de salvación, que encarna, predica y realiza en plenitud Jesucristo.

Por eso, el mismo San Juan se hace eco en el pasaje de la samaritana (4,1-26) de las consecuencias de la radicalidad de esta novedad: Jesucristo es la Vida Nueva que sacia en plenitud, por eso, el que beba agua que él da, nunca más vuelve a tener sed. En otras palabras, sólo salvación que realiza Jesucristo es posibilitadora de la plenitud de sentido, que el hombre se afana en encontrar. El Evangelio es una novedad, una vida divina regalada por Dios al género humano y no merecida por el hombre.

San Ignacio de Antioquía aborda también la simbología del vino nuevo y nos sumerge en otra de las muchas dimensiones que contiene esta realidad. En efecto, este santo padre nos hace caer en la cuenta de que el agua que se convierte en vino no es un agua cualquiera, sino agua destinada para la purificación que los judíos tenían que realizar antes de tomar alimentos. Así, la conversión está indicando que la salvación plena y definitiva no es la veterotestamentaria, que no rebasa el nivel de las promesas, sino que lo es la salvación de Jesucristo, cumplimiento y personificación de las promesas hechas por Dios a su pueblo. El agua simboliza los antiguos ritos judíos; el vino nuevo es la sangre de Jesucristo, derramada para la remisión de nuestros pecados. El agua no salva; la sangre de Jesucristo, sí. El teólogo Henri de Lubac comenta este episodio y dice: «Jesús convierte el agua de la letra de la ley de de la purificación, en el vino del Espíritu, del amor a Dios en "espíritu y en verdad"».

Para San Bernardo, el milagro de la conversión del agua en vino está demostrando el poder divino en toda su potencia. Pero en este milagro se significa otro cambio, que es también obra del poder de Dios y que es mucho mejor y más saludable para nosotros: todos nosotros hemos sido llamados a las bodas espirituales, en las que Jesucristo, nuestro Señor, es el Esposo.

En este misterio de la salvación no podía faltar la Virgen María, unida indisolublemente al misterio de Cristo, su Hijo, como muy bien nos lo indica el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 53). María es la Madre del Redentor, y, en consecuencia, asociada a la obra de la salvación. Ella coopera con el Hijo en la obra redentora. Éste, y no otro, es el trasfondo teológico que se encierra en el corto, pero profundo e intenso diálogo que se establece entre Jesús y su Madre, a propósito de la falta de vino. María, la Madre, constata y advierte el hecho, es decir, la necesidad humana: «No tienen vino». Jesús recoge esta invitación-petición, respondiendo de un modo enigmático: <<Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora».

La «hora», al entender de los especialistas en Sagradas Escrituras, más que la indicación de un principio de algo, es una categoría teológica que San Juan utiliza para indicar el momento de la plenitud de Jesús: el de su Pasión-Muerte-Resurrección y glorificación junto al Padre. A pesar de todo, la Virgen Madre, con extrema sencillez y dulzura, así como con una gran confianza en el poder de Dios, le dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga». Jesús actúa, y convierte el agua en vino únicamente porque ésa era la voluntad del Padre, que María, desde su silencio y generosidad, acoge en lo profundo de su corazón.

«Haced lo que Él os diga», ¡qué hermosa jaculatoria para que nosotros la pensemos y meditemos muchas veces a lo largo de nuestra vida! Convirtámosla en lema de nuestra vida. Hagamos siempre lo que Cristo nos diga.

Cuando estéis implicados en tramas y problemas casi insalvables, «haced lo que Él os diga». Cuando os encontréis en medio de dificultades insolubles que os torturan y desasosiegan, «haced lo que Él os diga».
 

Fiesta del Bautismo del Señor

Domingo 13 de enero

 

Texto evangélico

Lc 3, 15-16: Como el pueblo estaba expectante y andaban todos pensando en sus corazones acerca de Juan, si no sería él el Cristo, declaró Juan a todos: “Yo os bautizo con agua; pero está a punto de llegar el que es más fuerte que yo, a quien ni siquiera soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”.
Lc 3, 21-22: Todo el pueblo se estaba bautizando. Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”.

 

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.


Celebramos hoy la fiesta del bautismo del Señor. Litúrgicamente ha cambiado el escenario. Las celebraciones del nacimiento de Jesucristo, nuestro Salvador, dan paso a las celebraciones de su misión redentora. El bautismo del Señor señala, precisamente, el inicio de esta misión, que el Padre le encomienda: el anuncio del Evangelio con su palabra y con su vida.


¿Por qué se hace bautizar Jesús por Juan? Nos preguntamos con frecuencia. Es decir, ¿cómo siendo Jesucristo Hijo de Dios es bautizado por Juan el Bautista, que es hijo de hombre? Una pregunta que nos sugiere otra: ¿qué necesidad tenía Jesucristo del bautismo?


Jesucristo, ciertamente, no tenía ninguna necesidad de ser bautizado. El bautismo de Juan era simplemente un signo externo del arrepentimiento y de la conversión del corazón. Todos los que iban a bautizarse con el Bautista habían escuchado su mensaje sobre la necesidad de la conversión, como camino ineludible de preparación para recibir al Mesías. Jesús, en consecuencia, no entra en esta lista de candidatos, y, sin embargo, se hace bautizar por Juan. ¿Qué está indicando este gesto?


La respuesta es clara: Jesús es verdadero hombre, como ya declaró el Concilio de Calcedonia, y, por tanto, es hombre con todas las consecuencias. Es decir, asumió la humanidad en plenitud, y nada de lo humano le fue ajeno, excepto el pecado. Esto quiere decir, mis queridos amigos, que Jesucristo no jugó a ser hombre, sino que inició y completó el arco existencial humano para llevar al hombre a Dios y así llenarlo de sentido. Jesús se pone a la cola de los que van a ser bautizados por Juan no para convertirse, sino para dar ejemplo y convertir a todos al Evangelio con el auténtico bautismo en «Espíritu Santo y fuego».


Pero este gesto encierra también una magnifica lección de humildad. Jesús, el Hijo de Dios, se rebaja a la condición humana y se hace uno de tantos, como muy bien expresa San Pablo en su Carta a los filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos» (2,6-7). Jesús es, así, la encarnación viva de las bienaventuranzas, carta programática de su misión de salvación: el anuncio del Reino. Y es que la salvación nunca puede ser impuesta, sino que siempre ha de ser propuesta desde la sinceridad, generosidad, humildad y sencillez de vida. Son las recomendaciones continuadas que Jesús da a sus discípulos de todos los tiempos.


De todo lo hasta aquí dicho, dos son las lecciones que tenemos que aplicarnos en nuestra vida, mis queridos hermanos. La primera, que a ejemplo de Jesús amemos lo humano, todo lo humano para llevarlo a Dios. Que nos encarnemos en las situaciones realmente difíciles, sin esperanzas, sin salidas humanas, socialmente marginadas, para transformar el llanto en alegría, las desesperanzas en esperanzas, y así salvar y sanar lo que parece perdido.


La mies es mucha, y los obreros pocos, en el decir evangélico, por ello hemos de rogar al dueño de la mies que siga enviando obreros a su mies (cf. Lc 10,2-3). El bautismo nos ha consagrado y comprometido de pies a cabeza con la misión de Jesús de anunciar el Reino a todos los hombres, especialmente a los más necesitados. Ser cristiano y vivir en cristiano es ser humano y vivir en clave humana. Desentenderse de los graves y grandes problemas que acucian un día sí y otro también a muchos de nuestros hermanos, es falsear nuestro compromiso de fe, porque falseamos desde su raíz el Evangelio mismo.


En todas nuestras ciudades de residencia tenemos nuestras “mieses” particulares que atender, esto es, nuestros barrios marginales y marginados, nuestras situaciones sociales injustas. Éste es nuestro real y concreto campo de trabajo. En él tenemos que encarnarnos, para que siendo uno más, podamos sembrar la semilla del Evangelio. Éste fue el ejemplo de Jesús; éste fue el ejemplo de la madre Teresa de Calcuta; éste sigue siendo el ejemplo de tantos y tantos misioneros y misioneras, encarnados en la vanguardia más lacerante de las realidades humanas. Ser cristiano es seguir e imitar a Jesucristo, quien sin dejar de ser Dios se hizo hombre para llevar al hombre a Dios. Los cristianos, a semejanza de Jesucristo, tenemos que llevar Dios al hombre realizándonos plenamente como hombres.


La segunda, que a ejemplo de Jesús anunciemos el Evangelio, no desde la prepotencia sino desde la sencillez de la vida. No con imposiciones sino con proposiciones. No con amenazas sino con mucho amor. El papa Pablo VI, de feliz memoria, decía que ”la fe nunca puede ser impuesta, sino que ha de ser propuesta”. Si Dios no fuerza a la salvación, cuánto menos nosotros.


Los cristianos tenemos, pues, la misión de evangelizar, pero la verdad, la transparencia y la sinceridad de nuestro vivir y de nuestro obrar sólo pueden estar avalados por nuestra fe auténtica en Dios. Sin Dios nada podemos.


Por eso, el otro gran mensaje del bautismo del Señor es que seamos oyentes de la palabra: «Éste es mi Hijo amado». Esta palabra del Padre celestial aparece en el episodio de la transfiguración de la siguiente manera: “Éste es mi Hijo amado, escuchadle”. La acción, que es la evangelización, necesita de la oración. Ésta avala la autenticidad de aquélla, porque la misión de evangelizar no es una obra nuestra, sino de Dios (cf. Hch 5,38-39). Si la convertimos en mera obra y criatura humana, desembocaremos en el puro activismo. No comunicaremos a Dios porque no estamos llenos de Dios. Comunicaremos, con mucho, nuestras palabras huecas y vacías.


En esta fiesta del Bautismo del Señor, pidámosle dos cosas muy sencillas y muy directas: un corazón grande para amar y entregar nuestra vida en favor de los demás y un hondo espíritu de oración. Estos son los dos pilares necesarios para llevar a cabo la vocación de Dios en cada uno de nosotros: la evangelización.


Pongamos nuestros ojos en el Maestro, nuestro modelo supremo, que conjugó la acción con la oración, y por eso su vivir fue un vivir en plenitud: acercó Dios al hombre y llevó al hombre a Dios.

 

Palabra de Dios

 

A partir de esta fecha, la Fundación ofrecerá semanalmente en el apartado Palabra de Dios (Inicio > Fundador > Palabra de Dios) de su página web y en su blog la reseña del evangelio de cada domingo, así como la homilía correspondiente de Mons. Miguel Castillejo, obtenida de su libro Palabra de Dios para nuestro tiempo, que corresponde a una serie de homilías recopiladas desde la COPE (Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004).