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Segundo domingo de Adviento

Domingo, 4 de diciembre de 2016

 

 

Is 11,1-10: Brotará un renuevo del tronco de Jesé. Sobre él se posará el espíritu del Señor.
Rom 15,4-9: Cristo os escogió para gloria de Dios.
Mt 3,1-12: El que viene detrás de mí os bautizará con Espíritu Santo y fuego.

 

La Palabra de Dios, que para nuestra reflexión no propone la Iglesia en este segundo domingo de Adviento, nos convoca por diferentes remedios a realizar la conversión total en nuestra vida, como camino necesario para poder acoger la salvación de Dios manifestada en Cristo.
La conversión presupone, en primera instancia, la capacidad de creer en las utopías y apostar por ellas, no como sueños imposibles sino como realidades palpables. El Reino de Dios, en cuanto plenitud de sentido y superación de todos los antagonismos y antítesis humana, está ya presente en nosotros, como vislumbró metafóricamente el profeta Isaías. Frente al aburrimiento, a la apatía y a la falta de ilusión en las que se ha sumergido la vida del hombre en este fin de siglo y nuevo milenio, el cristiano ha de oponer la alegría y el entusiasmo evangélicos que impelen al compromiso diario de impelen al compromiso diario de vivir ilusionado y de comprometerse con ahínco en la construcción del Reino. Frente al realismo exagerado –también característico de nuestra sociedad-, que postula la muerte de todo tipo de sueños, el cristiano ha de seguir apostando fuerte por el <<sueño de Dios>>, para quien nada hay imposible (cf. Gén 18,14; Lc 1,37). Apostar por el sueño divino es iniciar el camino de la conversión de la fe, que pasa de ser una mera teoría a una realidad viva y práctica.
En segundo lugar, la conversión ha de entenderse como una auténtica revolución que cambia todos los parámetros humanos. Es decir, la conversión supone una nueva mentalidad, un nuevo estilo de vida porque la salvación operada por Dios en la historia es radicalmente nueva. Aquí se aplica lo del Evangelio: <<A vino nuevo, odres nuevos>> (Mc 2,22). En ocasiones, a los cristianos nos sucede como a los fariseos y saduceos del Evangelio de hoy: pensamos que porque creemos en Dios desde el inicio de nuestra vida ya estamos salvados y, en consecuencia, no necesitamos de la conversión. La conversión, decimos, <<es cosa de otros>>. Nada más lejos de la realidad. Precisamente porque creemos en Dios –si creemos verdaderamente-, tendríamos que estar en una actitud de conversión constante y sincera ante el Señor.
En tercer lugar, la conversión se traduce en una actitud de dejarse <<podar>> y <<limpiar>>; de dejarse convertir por Dios que toca las fibras de nuestro corazón para, así, poder <<dar el fruto que pide la conversión>> (cf. Jn 15,3). Pero, ¿estamos dispuestos a dejarnos transformar por Dios? ¿Queremos realmente entrar en la dinámica divina? Ésta es la cuestión y éste es el problema.
Los cristianos pasamos la mayor parte de nuestra vida pensando estrategias de conversión, pero sin concretar nada. La conversión no pasa de ser para nosotros una pura entelequia, un puro intelectualismo en el que hemos confundido el nivel del pensar con el del ser, sin advertir que la conversión del corazón se materializa en unos signos contantes y sonantes, como son los frutos de la conversión, o lo que es lo mismo, las obras de la fe: tomarse a Dios y a los hombres en serio, es que estamos hechos todos los hombres, sentencia sin ambages: <<Por sus frutos los conoceréis>> (Mt 7,16.20).
Los anuncios proféticos del mundo nuevo ofrecido por dios son la salvación misma de Dios que ya está actuando en la historia. Nos entusiasma el anuncio porque eso que nos anuncian es lo que en verdad deseamos, pero la Buena Noticia no traspasa el umbral de nuestra vida interior. Desgraciadamente, la evidencia de la vida conformada por un materialismo atroz apaga paulatinamente la lámpara de la esperanza. La realidad se impone a los deseos. Es imposible –pensamos en buena lógica humana- alcanzar aquello que nos prometen.
Sin embargo, una cosa hay clara: la conversión supone retomar de nuevo en la vida el sentido de la vida misma; es decir, volver a la fuente de donde brota la vida, volver a Dios. Esto no es posible sin no nos despojamos del <<hombre viejo>> que día tras día vamos acumulando y si, al mismo tiempo, no nos revestimos del <<hombre nuevo>>. Es decir, tenemos que aprender a ser pobres si queremos aprender el arte de la conversión.
Si estamos llenos de las cosas que, paradójicamente, no llenan el corazón del hombre; si estamos satisfechos de nosotros mismos, la conversión será inútil y, por lo tanto, el anuncio de la nueva creación no despertará interés alguno en nosotros.
Decía Ortega y Gasset muy certeramente que <<quien quiera enseñarnos una verdad, que no nos la diga, sino que nos la transmita a través del testimonio de su vida>>. Queridos amigos todos, abramos el corazón a Cristo. No tengamos miedo a la conversión que viene de Dios. Dejémonos conducir por él par que demos buenos y abundantes frutos. Ésta es nuestra carta de identidad que avala la autenticidad de nuestro ser cristiano.

 

Primer domingo de Adviento

Domingo, 27 de noviembre de 2016

 

Is 2,1-5: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del Reino de Dios.
Rom 13,11-14: Nuestra salvación está cerca.
Mt 24,37-44: Estad preparados para la venida del Señor.

 

Comenzamos hoy el sagrado tiempo de Adviento, pórtico de entrada del año litúrgico y, a la vez, preparación para el nacimiento de nuestro divino redentor. Estos dos motivos nos dan las coordenadas que definen a las claras este tiempo de gracia y de misericordia: la esperanza, la oración y la penitencia; tres coordenadas que ponen de manifiesto la profunda inquietud que en forma de pregunta nos hacemos todos los seres humanos, creyentes o no: ¿cuál será nuestro futuro y destino último?
La respuesta a esta pregunta está en Cristo. Él es la clave del sentido de la vida. No podemos dejar escapar la oportunidad de recibirlo en nuestro corazón, es decir, de comprometernos con Él y con su causa. De ahí la necesidad de estar siempre preparados para acoger la salvación que Dios generosamente nos ofrece. Es el lema de las lecturas de este primer domingo de Adviento. Por ello, con la sabiduría que brota de la fe, el apóstol San Pablo insiste una y otra vez: <<Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca>>. El propio Evangelio también nos señala esa actitud de espera con la que hemos de vivir la vida, apostando fuertemente por la coherencia y transparencia en nuestro ser y en nuestro quehacer.
Uno de los grandes pensadores de este siglo que ha tenido la Iglesia, el padre jesuita Teilhard de Chardin, se preguntaba y comentaba acerca del sentido de la espera y de la esperanza en la vida del cristiano: ¿Cómo esperamos al Señor los cristianos? ¿Cómo esperamos la venida de Dios? La respuesta a estas preguntas aglutina tres tipos de creyentes distintos: el de aquellos que esperan pacientemente, pero sólo pacientemente, que Cristo vuelva y venga. Son los cristianos pietistas, solipsistas e individualistas que se aíslan en el contexto social interior, creyendo ingenuamente que el reino de los cielos se gana con la sola relación personal con el Señor, sin tener en cuenta la relación con los hombres, sus hermanos. Miran tanto al cielo esperando que venga el Señor, que se olvidan de la tierra, donde Dios ya se ha encarnado y vive en el corazón de todos y cada uno de los hombres. Es, en suma, la tentación del angelismo.
Otra segunda tipología –nos comenta Teilhard- es la de aquellos cristianos que lo único que pretenden es <<construir esta tierra>>. Ciertamente, es éste un programa maravilloso, porque en la tierra tenemos que operar y hacer crecer el Reino de dios, pero desde la dimensión de la fe, es un insuficiente a todas luces porque no supera la inmanencia. Son los cristianos instalados en la paradoja de creer en Dios sin Dios. Miran tanto a la tierra que han perdido de vista la perspectiva del cielo. Por ello, sus programas de justicia social y de acciones directas a favor de los más necesitados como expresión del Evangelio, no llenan en su plenitud la espera y la esperanza que un cristiano ha de tener porque le falta el elemento trascendente de la vida de fe. Estos cristianos –nos dice el padre Teilhard- son, en el fondo, contestatarios de la Palabra de Dios, sobre todo cuando ésta se revela a través del magisterio del Papa o de los obispos.
La tercera y última tipología la componen todos aquellos cristianos que quieren apresurar la venida de Cristo realizando el bien aquí en la tierra. Esta postura es una síntesis bien armonizada de las dos anteriores, deja a un lado los excesos asumiendo lo positivo. Hay que esperar al Señor pero no pasivamente, no con inercia, no con los brazos cruzados, no sólo rezando o sólo de rodillas, sino también, y a la vez, proclamando el Evangelio con la palabra y con los hechos, de modo que seamos como la levadura, que, lenta pero eficazmente, hace crecer la masa, que es el mundo. Es la tarea de la evangelización, a la que por vocación estamos convocados en el nombre del Señor. Sólo así, y nada más que así, encontramos y alcanzamos el único camino de salvar al mundo, transformándolo –como bien decía Pío XII- de salvaje en humano, y de humano en divino; un camino que requiere de la constancia de cada día y en el que no caben hiatos y rupturas en nuestra vida espiritual, porque de lo contrario tendemos a los extremos: o el angelismo, o el materialismo.
Mis queridos amigos: os invito a que todo este tiempo de Adviento sea un aldabonazo en nuestra vida cristiana, en nuestra vida personal de relación con Dios y con el mundo, para que convirtamos la espera en esperanza gozosa y alegre, porque la salvación de Dios no defrauda, sino que llena de plenitud y de sentido la vida toda. Abramos las puertas de par en par a Cristo que viene y llama diariamente a nuestro corazón, como bien dijo el Papa Juan Pablo II: abrámosle la puerta y dejemos que su claridad inunde de su paz toda nuestra vida.
 

Trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario

Domingo, 13 de noviembre de 2016
 

Texto evangélico:

Mal 4,1-2: Os iluminará un sol de justicia.
2 Tes 3,7-12: El que no trabaja, que no coma.
Lc 21,5-19: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.


No es un secreto confesar que todos sentimos cierto respeto y temor ante el futuro y que por ello vivimos obsesionados por la seguridad del mañana. Gestionamos ahora todo tipo de seguridades –sobre todo la seguridad de la propia vida-, para tener cubiertas las espaldas ante cualquier evento. Con todo, el futuro nos asusta porque nadie es dueño ni de la historia, ni de los acontecimientos que la gestan y escriben. Este miedo al futuro puede llevarnos a vivir en una permanente desazón, a la desesperanza, a no esperar nada ni a creer en nadie. Es un miedo peligroso para la vida de la fe porque puede conducirnos a la desconfianza en la salvación de Dios.
 El Evangelio que hoy hemos proclamado es de una variada y profunda riqueza, que nos da, como se suele decir, <<una de cal y otra de arena>>: Jesús nos tranquiliza frente a los agoreros de siempre que anuncian cataclismos y desastres futuros porque Dios sabe bien lo que se hace; pero al mismo tiempo hemos de estar siempre preparados para sufrir todo tipo de persecuciones por defender la causa del Reino de Dios.
En los tiempos últimos que nos ha tocado en suerte vivir resurgen del nuevo los movimientos milenaristas de todo tipo, los aguafiestas que auguran un futuro negro, los impostores de la vida que siempre han visto en blanco y negro, nunca en color. Son mercachifles de baratijas que trafican con las dudas y los temores de las conciencias débiles. Unos anuncian el final del mundo, otras catástrofes y males sin cuento, otros nos ofrecen la salvación adecuada, especie de remedio milagroso para tales males. Las ofertas son en ocasiones sugestivas y sugerentes, sobre todo cuando juegan con psicologías débiles e inseguras. Los cristianos no estamos a salvo de tales envites. Por ello, Jesús, que conocía al milímetro el corazón y la mente humana, nos advierte de los falsos profetas de todos los tiempos: <<Cuidado con que nadie os engañe; no vayáis tras ellos>>. Hemos de tener los ojos bien abiertos para saber distinguir, juzgar y discriminar lo falso de lo auténtico, cosa nada fácil.
Uno de los profetismos más fascinantes –y al mismo tiempo más falaz- es el profetismo de la técnica, sobre todo porque ofrece al hombre de hoy la seguridad del mañana. Nuestra dependencia y confianza sin límites en la técnica es ciega pensando que no hay nada que no pueda solucionarnos. Pero claro está, la técnica no es dadora de sentido; la técnica, con mucho, nos salva materialmente pero no ontológica ni espiritualmente. Y si el hombre vive al margen de la dimensión del espíritu, ¿en qué se ha convertido? Esto es lo que hemos de tener claro para no dejarnos deslumbrar por los éxitos aparentes y ficticios que nos proporciona la tecnología más sofisticada. Bien lo expresó el Concilio Vaticano II: <<El progreso humano, que es un gran bien del hombre, lleva consigo una grave tentación, pues, una vez turbada la jerarquía de valores y mezclado el bien con el mal, los individuos y las colectividades consideran sólo sus propios intereses y no los ajenos. Con esto, el mundo deja de ser el espacio de una auténtica fraternidad, mientras el creciente poder del hombre amenaza, por otro lado, con destruir al mismo género humano. Toda la actividad del hombre, que por la soberbia y el desordenado amor propio se ve cada día en peligro, debe purificarse y encaminarse a la perfección por la cruz y la resurrección de Cristo>> (Gaudium et spes, 37).
En medio de tantas ofertas humanas los cristianos tenemos que distinguir siempre cuál es la oferta de Dios, que en realidad es la única que nos salva. Pero implica una total confianza en su voluntad, en sus designios. Con Dios no tenemos la seguridad humana que pueda dar la técnica, pero sí tenemos la seguridad de la fe, que llena de sentido toda nuestra existencia, que nos lanza a vivir en el riesgo y en las incertidumbres humanas, pero en la confianza y en la certeza de Dios: <<Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá>>. Por esta razón, el cristiano que <<vive de la fe>> (cf. Rom 3,21-30) vive y enfoca los acontecimientos de la vida con paz y serenidad de espíritu, seguro de Dios, y evita el <<pánico>> y el nerviosismo producto de las dudas, fracasos y desesperanzas humanas.
No sabemos ni el día ni la hora. No sabemos cómo se nos manifestará el Resucitado. No sabemos cómo llegaremos al Reino de Dios. No sabemos ni el cómo ni el cuándo de la horade Dios, pero sí sabemos que el futuro de Dios, que es el de todos los que creen y se fían de Él, es la salvación plena y total. Ante tal evento los cristianos tenemos una tera que cumplir, una misión que realizar en u mundo lleno de dificultades y habitado por <<mesías redentores>> por todo tipo: ser sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-149.
Es decir, nuestra misión como cristianos es llenar el mundo de Dios, contagiar a los hombres de nuestro tiempo con el sentido de la esperanza, de la serenidad y de la confianza en la salvación de Dios. Pero eso sí, en medio de persecuciones, asumiendo la cruz de cada día, carta de autenticidad de nuestro vivir y de nuestro obrar cristianos.
Jesús viene a los hombres y nos anuncia que el fin debe ser construido aquí y ahora, no de manera improvisada, porque el Reino de Dios comienza en el presente y está dentro de nosotros. <<Ya>> se ha producido la salvación de dios a los hombres y al mundo, pero <<aún no>> ha llegado a su plenitud. Nos compete como cristianos dinamizar el proceso de salvación y su liberación (cf. Tom 8,22-24). Lo que no podemos hacer es cruzarnos de brazos, fomentar la falsa actitud del pasivismo pensando que Dios nos resolverá todos los problemas. Ésta fue una de las tentaciones de las primeras comunidades cristianas. Por eso, como hoy hemos leído, San Pablo nos advierte: <<el que no trabaja, que no coma>>, porque muchos cristianos de su época se echaron en brazos de una total inactividad pensando que el <<día del Señor>> era inminente y, en consecuencia, ya no merecía la pena esforzarse por nada. Es la falsa seguridad de <<dejar todo en manos de Dios>>, tan corriente antes como ahora. Es la expresión más patente de un cristianismo desencarnado que mira tanto al cielo que se olvida de la tierra. El cristiano no puede renunciar a su condición humana is realmente quiere colaborar con Dios en la redención del mundo. Dicho en un refrán muy de nuestra cultura: el cristiano ha de estar <<a Dios rogando y con el mazo dando>>, ha de tener en una mano en Evangelio y en la otra el periódico, iluminar y colaborar en la salvación de los acontecimientos de cada día desde el amor, la fe y la esperanza en el Todopoderoso. <<Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios […] Están por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signos de la grandeza de Dios […].. El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo>> (Gaudium et spes, 349).
 

Último domingo de tiempo ordinario

Último domingo del tiempo ordinario

 

Texto evangélico:

2 Sam 5,1-3: Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.
Col 1,12-20: Dios Padre nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.
Lc 23,35-43: Éste es el rey de los judíos.


Hemos llegado al último domingo del año litúrgico de la Iglesia que siempre se adelanta unas semanas al final del año civil. Y lo hacemos celebrando la festividad de Jesucristo, Rey del universo. Conviene que precisemos y aclaremos bien el sentido de esta fiesta, comenzando por lo más evidente y superficial para adentrarnos en lo más sustancioso.
El Reino de Jesucristo no se refiere, evidentemente, a ningún tipo de reinado material, intramundano e intrahistórico. Por eso, cuando Pilato le pregunta a Jesús en términos políticos si es el rey de los judíos, la respuesta es clara: <<Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia personal habría luchado para impedir que me entregaran en manos de las autoridades judías>> (Jn 18,36). Esto no está significando que Jesucristo se desentienda de las realidades humanas. Todo lo contrario. Jesús permanece entre nosotros, en el corazón del mundo y de la historia, porque <<Él es el modelo y fin del universo>>, principio y fin, alfa y omega (cf. Col 1,13-20).
Pero tampoco está significando que el Reino de Jesucristo sea lisa y llanamente una oferta más de salvación política al estilo de las humanas. Ésta ha sido una de las grandes y graves equivocaciones de las teologías excesivamente encarnacionistas, tan atentas a los asuntos de la tierra que se olvidaron de los asuntos del cuelo, sin advertir que sólo Dios y nada más que Dios salva y que, en consecuencia, Dios no es equiparable al hombre, ni los asuntos de Dios son idénticos a los asuntos del hombre.
Estas teologías, imbuidas más de las ideologías y de los credos políticos de distintos signos que de la fe en Dios, convirtieron, tal vez sin advertirlo, la misma fe en Dios en una mera y escueta fe en el esfuerzo humano y, en consecuencia, la salvación de Dios en la salvación del hombre por el hombre. Al final el Reino de Dios, que es el de Jesucristo, queda reducido a mero reino del hombre. Por eso, estas teologías justifican el recurso de las armas como medio para implantar la justicia, aplicando así el principio maquiavélico de que <<el fin justifica los medios>>. Una opción diametralmente opuesta al modo de actuar de Jesús, quien desaprueba todo tipo de violencia, de extorsión, de opresión propias de las ambiciones políticas de este mundo, pero no de Dios (cf. Mc 10,42-45; Lc 9,511-56).
El Reino de Jesucristo es un Reino que, sin desentenderse de las realidades humanas, las trasciende y sobrepasa. Es la confirmación de a absoluta primacía de la verdad de Dios. Después de tantos miles de años de historia, los hombres aún seguimos anclados en la violencia como medio para resolver nuestros problemas. No hemos avanzado nada o casi nada. La propuesta del Reino de Dios es bien distinta: los caminos de la paz, la misericordia, la reconciliación, el perdón, el amor, como únicos caminos de salvación. Cristo nos invita a formar parte de su Reino de amor trabajando incansablemente, día a día, por implantar en el corazón del mundo el Reino de Dios y su justicia. El único medio para conseguirlo es vivir a fondo el espíritu de las bienaventuranzas, carta magna del Reino de Dios.
Las bienaventuranzas nos enseñan que el Reino de Dios es de los pobres, es decir, de los que ponen su corazón en Dios, el único absoluto, y no en las realidades humanas, todas ellas relativas. El pobre evangélico intenta transformar sus circunstancias <<desde dentro>>, pero con la luz que viene <<desde fuera>>. Es decir, con los medios humanos que tiene a su alcance, pero todo ello iluminado desde la perspectiva de la fe en Jesucristo, plenitud y sentido de todo cuanto existe. Las bienaventuranzas nos enseñan que el Reino de Dios es de los que optan por la mansedumbre y por la paz frente a los que se decantan por la tentación de la violencia como camino para solucionar los problemas. Posiblemente esta propuesta provoque cierta hilaridad en quienes piensan que esto no es más que una bella y hermosa utopía porque la realidad es bien distinta y distante: <<si quieres la paz, prepara la guerra>>. Pero los cristianos tenemos que ser fermento de un mundo nuevo y de una tierra nueva, y la única levadura que hace crecer la masa no es otra que la levadura de la paz y del amor.
La violencia engendra más violencia, más muerte, mayor destrucción. La violencia no construye, destruye. Sólo el amor es redentor y constructor. Más pudo Gandhi con su filosofía de la <<no-violencia>> que los ingleses con sus armas, Más pudo Jesús con su muerte en la cruz que los romanos con las <<cruces de la muerte>>. Más puede Dios con su sabiduría que el hombre con su fuerza.
Las bienaventuranzas nos enseñan, en fin, que el Reino de Dios es de quienes se mantienen fieles a dios y no sucumben a la fácil tentación de convertir lo divino en lo terreno, el Evangelio en un programa más de actuación política, el Reino de Dios en el reino del hombre. La fidelidad a Dios supone ser fieles a la verdad de Dios y no a la verdad del hombre y, por tanto, no venderse a nadie ni por un <<plato de lentejas>>, luchando siempre por la justicia y por la verdad.
La fiesta de Jesucristo Rey del universo es una celebración que se inscribe sólo en el ámbito de la fe y nada más que en él. Es nuestra fe la que nos lleva a afirmar que Cristo es Rey, es decir, que es el principio, el centro y el final de la historia humana, el alfa y la omega, la suprema revelación de Dios hacia el que caminan la historia de los hombres y el universo creado. Cristo, en cuanto Dios, recapitula toda la historia y el devenir del hombre y nos hace personas nuevas.
Mis queridos hermanos y amigos, ante nosotros se abre un camino de esplendor, el camino de la vida, de una existencia en la misericordia, de una realidad en la fraternidad, de una vivencia en la alegría. Éste es el camino capaz de engendrar esperanzas y de hacer posible que todas las cosas sean nuevas, hasta que todos cantemos: <<Grandes y admirables son tus obras, Señor Dios, soberano de todo; justo y verdadero tu proceder, rey de las naciones>> (Ap 15,3).


 

Trigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 6 de noviembre de 2016

 

2 Mac 7,1-2.9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
2 Tes 2,15-3, 5: Que el Señor dirija vuestro corazón para que améis a Dios.
Lc 20,27-38: Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

 

Hacia el siglo V a.C., se escribió el Libro de Job, quien no fue tanto un personaje histórico cuanto una tipificación e idealización de la problemática que surge entre la fe y la razón cuando se quiere vivir la vida con coherencia de sentido.
El caso de Job es de todos bien conocido: un hombre muy rico que todo lo pierde en un abrir y cerrar de ojos. Pero como las calamidades nunca vienen solas, a la pérdida de los bienes materiales hay que añadirle el dolor y el daño físico y moral. Esta situación de oprobio y de <<problema total>> hace posible que se plantee y le plantee a Dios el sentido de la vida y de la muerte, hasta el punto de <<exigirle>> a Dios razones que expliquen el porqué y el para qué de la vida misma y de la muerte misma, es decir, razones que expliquen el sentido de todo. Así, Job es el símbolo de esa lucha interior que el hombre de todos los tiempos mantiene con Dios y consigo mismo. Sin embargo, a la envergadura del planteamiento, Job unía la solidez de su confianza en Dios, en quien siempre creyó y esperó.
Job no se conforma con el planteamiento tradicional de su época: que Dios premia a los buenos en esta vida y también castiga a los malos en esta vida. Esa ley no se ha cumplido en él, sino todo lo contrario. ¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo puede ser que Dios castigue, aparentemente, a los buenos y premie, también aparentemente, a los malos? con Job, el hombre inicia la andadura del problema de la trascendencia que alcanza su explicitación en el libro de la Sabiduría y en el libro de los Macabeos. Precisamente, en éste último se nos narra hoy la escena de los siete hermanos Macabeos que mueren por defender su fe a manos del rey Antíoco IV Epifanes. El planteamiento de los siete hermanos es unánime: mueren a esta vida pero resucitan a la vida eterna. Saben que recibieron la vida de Dios y a Él se la van a entregar en la esperanza de la resurrección.
La tónica no es ya el dicho conformista de Job, <<El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor>> (1,21), sino el aserto gozoso: <<De Dios las recibí [las manos] y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios>>. Así, se consolida poco a poco la creencia que dos siglos antes de Jesucristo ya estaba extendida en el pueblo judío: que los muertos resucitan.
Éste es el telón de fondo que sirve de contexto a la escena del Evangelio de hoy. No obstante, no todos los judíos creían en la resurrección de los muertos. Entre ellos se encontraba el grupo de los saduceos, gente muy rica, muy selecta y muy adicta a la ocupación romana. Con ellos mantiene Jesús una fuerte diatriba. Los saduceos, desde su incredulidad en la resurrección de los muertos, intentan <<cazar>> a Jesús mediante una estratagema. En efecto, en le ljudaísmo existía la llamada ley del levirato, según la cual si un hombre se casaba con una mujer y el hombre moría sin dejar descendencia, el hermano siguiente mayor de edad y soltero tenía que casarse con la viuda para procurar tener descendencia con ella y así perpetuar la memoria de su hermano fallecido. Acogiéndose a esta ley, los saduceos le plantean a Jesús una situación pintoresca: una mujer que se casa siete veces, porque otras tantas han ido muriendo los respectivos maridos y hermanos sin dejarle descendencia. Y aquí viene la pregunta capciosa de los saduceos a Jesús, si es que realmente existe la resurrección de los muertos como el mismo Jesús afirma: <<Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella>>. Jesús, con gran aplomo y personalidad y con una sabiduría infinitamente superior a la de sus enemigos dialécticos, les responde con contundencia que en el cielo nadie se casará. Todos los que hayan sido juzgados <<dignos de la vida futura>> serán como ángeles. Es decir, es una torpeza trasladar a la otra vida los esquemas mentales y las realidades terrenas. San Pablo es muy explícito al respecto: <<Se siembra lo corruptible, resucita lo incorruptible; se siembra lo miserable, resucita lo glorioso; se siembra lo débil, resucita lo fuerte; se siembra un cuerpo animal, resucita el cuerpo espiritual […] Esta carne y esta sangre no pueden heredar el Reino de dios, ni lo ya corrompido heredar la incorrupción>> (1 Cor 15,42-44.50). Pero la revelación principal que Jesucristo les hace a los saduceos es la de evidenciarles que Dios es un Dios de vivos y no de muertos pues de lo contrario Moisés, cuando el episodio de la zarza ardiendo, no habría llamado al Señor: <<Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob>>. Para Dios, dichos personajes están vivos y reinan con Él para siempre. Así, los deja en ridículo.
Mis queridos hermanos y amigos, la conclusión que se saca del Evangelio de hoy es que, después de la muerte, todos nosotros resucitaremos. Nuestro destino será el de Cristo, que murió y resucitó por nosotros, porque, como veíamos el domingo pasado, el Señor es <<amigo de la vida>> (cf. Sab 11,26). Si con Él morimos, viviremos con Él; si con Él sufrimos, reinaremos con Él.
En este mes de noviembre, mes de ánimas, conviene que reflexionemos más seriamente de lo que lo hacemos en el sentido de nuestra vida, porque en ella encontraremos también el sentido de nuestra muerte. Hemos de vivir con gozo y alegría, con entusiasmo y entrega, con plenitud de sentido, sabiendo por la fe que no todo acaba en la muerte, sino que la muerte es conditio sine qua non para que <<lo corruptible se revista de incorruptibilidad>> y <<lo moral se vista de inmortalidad>.
Pidamos también por todos nuestros hermanos difuntos que se pasaron de esta vida a la casa del Padre para que, en Dios, hayan encontrado el consuelo definitivo, la dicha de la suprema y total felicidad.