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Trigésimo primer domingo del tiempo ordinario

Domingo, 30 de octubre de 2016
 

Sab 11,23-12,2: Señor, a los que pecan les recuerdas su pecado, par que se conviertan.
2 Tes 1, 11-2,2: Rezamos por vosotros para que Dios os considere dignos de vuestra vocación.
Lc 19,1-10: El hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Hace ya bastantes años, cuando el ateísmo estaba en todo su apogeo, le preguntaron al cardenal J. Daniélou su opinión sobre esta filosofía de vida, señal de distinción de quienes se decían y declaraban progresistas. Con una respuesta clara y certera, manifestó que el ateísmo era tan viejo como la humanidad, porque en el fondo no es otra cosa que <<la lucha permanente del hombre por encontrar y encontrarse con Dios; de lo contrario –arguyó sagazmente-, ¿qué necesidad tendría alguien de negar a Dios si Dios no le importara realmente? El problema de Dios ha sido y es el gran problema del hombre, bien sea para afirmarlo, bien para negarlo>>.
La historia de Zaqueo es nuestra propia historia, la de cada hombre en particular y la de todos los hombres en general. Es la historia de un encuentro, de una convergencia y de una necesidad. El hombre es búsqueda, necesidad, encuentro y convergencia con dios, pero Dios también sale permanentemente al encuentro del hombre porque quiere su conversión y salvación. El misterio de la encarnación de Jesucristo es la expresión más genuina de este encuentro. Jesucristo es la síntesis perfecta, el perfecto diálogo entre lo humano y lo divino. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a Dios.
La salvación de Zaqueo por Jesús comienza con la necesidad de aquél, casi infantil, de subirse a un árbol para ver al Salvador. Esta necesidad no es otra cosa que un hondo deseo, la vocación irresistible del hombre de <<ver>> a Dios, de encontrarse con Él, siendo así fiel a lo que define y estructura: que es imagen de Dios (cf. Gén 1,27). El hombre sólo se realiza en Dios; por eso cuando, como Zaqueo, pierde conciencia de esta realidad, vaga errante por los caminos de la insatisfacción personal que le aproximan a la infelicidad. Y por ello mismo, también como Zaqueo, cuando descubre que anda por caminos equivocados, da media vuelta y retoma el sendero de la salvación.
Pero Dios también tiene, digámoslo así, <<necesidad del hombre>> en el sentido de que se preocupa por el hombre y por todo lo que le acontece porque quiere su salvación, que viva. Esto es lo que se nos ha proclamado en la lectura del libro de la Sabiduría: <<Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida>>. Esta <<necesidad divina>> es la que manifiesta claramente Jesús en el Evangelio de hoy. Zaqueo se sube a un árbol para ver a Jesús y ahora resulta que es Jesús quien levanta los ojos para ver a Zaqueo. Éste tomó la iniciativa del camino de vuelta a Dios pero Dios ya lo estaba esperando con los brazos abiertos, deseando que tal conversión se hiciera realidad para ofrecerle de inmediato su amor, su misericordia y su perdón, en simetría perfecta con la actitud del padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32).
Ya se ha producido el encuentro, producto de una necesidad y de un deseo. Ahora, el encuentro provocará la convergencia, la compenetración total entre la salvación que ofrece Dios y la buena disposición del hombre para recibirla. Dios se hospeda en el corazón del hombre; éste se convierte y desde este preciso momento se opera la salvación.
Una cosa está clara, la salvación que Dios ofrece al hombre no es una cuestión nada más y sólo de Dios. Dios inició el primer movimiento en el momento mismo en que nos creó, un movimiento que sigue eternamente presente porque Dios camina a nuestro lado durante todo el arco de nuestra vida. Pero Dios camina junto a cada uno de nosotros sin obligarnos a nada. Por ello, la salvación es también una <<cuestión>> humana, en el sentido de que hemos de tener un corazón bien dispuesto para recibirla de las manos de Dios. Es el movimiento del hombre hacia el centro de su vocación: Dios.
Como siempre, no podían faltar los <<parados>> de todos los tiempos, aquellos que han convertido su vocación en su situación; es decir, se encuentran tan bien en sus propias estructuras personales que nunca han hecho el más mínimo ademán de iniciar cualquier movimiento. Son los <<buenos>> de siempre, los que no necesitan de Dios porque se bastan a sí mismos. Son los que piensan que la realización humana, la felicidad y la salvación de Dios se deben al esfuerzo y coraje humanos. En realidad son personas <<paralizadas>>, anquilosadas y víctimas de su propia autosuficiencia. Nunca se han encontrado con Dios porque nunca se han encontrado con ellos mismos en el fondo de su alma. Por eso son tan vacíos como superficiales y lo malo es que quieren que los demás sean como ellos y por eso critican cualquier gesto de aproximación a la verdad de la vida, que es también la verdad de Dios.
Nunca han comprendido ni pueden comprender el amor de Dios porque nunca se han dejado amar por Dios. Esto es lo terrible: vivir en el infierno de sí mismos, es decir, en la absoluta ausencia del amor, de Dios.
Mis queridos amigos, no por el hecho de ser cristianos lo tenemos ya todo conseguido. En realidad ser cristiano es estar en continuo movimiento, siempre en camino hacia Dios. El camino requiere de la dinámica de la conversión diaria que nace del deseo de <<ver>> a Dios y de encontrarse con Dios. Ser cristiano es necesitar cada día de Dios y saber que sólo Dios y nada más que Dios salva. Ser cristiano significa también alegrarse por la conversión de los demás, por las cosas buenas que le suceden a los demás y no dejarse llevar por las etiquetas y prejuicios, porque las apariencias engañan. Ser cristiano es, en fin, dejarse amar profundamente por Dios, como Zaqueo, para con ese amor amar intensamente a los demás. Como dice Romano Guardini: <<Es hermoso sentirse unido con Dios en la solicitud de la persona amada y pensar que ésta queda envuelta y protegida en esta unidad>>.
 

Vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 13 de octubre de 2013

 

2 Re 5,14-17: No hay Dios en toda la tierra más que el de Israel.
2 Tim 2,8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo.
Lc 17,11-19: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

 

El Evangelio que en este domingo proclama la Iglesia tiene una cierta conexión con la fiesta de la Virgen del Pilar –también llamada la fiesta de la Hispanidad-, que acabamos de celebrar también esta semana.
Muchas cosas se están diciendo sobre el descubrimiento de América, sobre todo por algunos pseudointelectuales españoles. Unos lo califican de gesta, otros de cruzada, otros de genocidio de unos pueblos y sus respectivas culturas. El gran historiador Sánchez Albornoz hizo un diagnóstico certero sobre la esencia del pueblo español: <<Nos cuesta mucho digerir nuestra propia historia; es nuestro pecado nacional>>. Una actitud que difiere y dista mucho de la del pueblo alemán. Su canciller Helmut Kohl ha hecho el siguiente comentario, a propósito de la reciente y rtiste historia de la Alemaniza nazi: <<Alemania asume su historia tal y como es, con sus páginas brillantes y con sus páginas negras>>.
En el Evangelio que hoy trae la Iglesia a colación sobre la curación de los diez leprosos nos encontramos con algo parecido a lo que acabamos de comentar. El Evangelio nos presenta un grupo de leprosos, diez para ser exactos, de los cuales nueve eran judíos y uno samaritano. Los judíos eran los buenos o, al menos, los que se creían buenos, porque cumplían la ley <<a rajatabla>>; el samaritano era en teoría malo, un heterodoxo del cumplimiento de la ley. Todos le piden al Señor que los cure. Jesucristo accede a tu petición. De ellos sólo el samaritano, el considerado del grupo de los pecadores y de los malos, se vuelve para darle las gracias porque reconoce que todo es don de Dios y, en consecuencia, sabe que la salvación de Dios no se puede comprar, en contra del criterio de quienes se creían buenos. Es una escena que tiene una gran similitud con la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14): aquél, lleno de soberbia y orgullo se cree justo; éste, en cambio, desde el desamparo y la pobreza de su vida, se reconoce pecador y suplica el perdón de dios. También se asemeja a la escena de la mujer pecadora que limpia los pies a Jesús (cf. Lc 7,36-40), en la que Jesús da una gran lencción al fariseo sobre la misericordia de Dios, o a la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,25-37).
El mensaje no es otro que éste: en muchas ocasiones los alejados de la Iglesia, los ateos, los no creyentes, los que en el fondo se encuentran distanciados y retirados de Dios, cuando se encuentran lisa y llanamente con Dios, bien sea por medio de una experiencia inesperada y sorprendente, bien sea por el testimonio coherente de ortos creyentes, vibran con Él y lo sienten. A partir de ese momento, se convierten y constatan que todo lo que les ha sucedido ha sido un regalo, un don y una gracia de Dios. Por ello, les faltan palabras para alabar a Dios, postura diametralmente opuesta a la de quienes estamos siempre en los aledaños del Señor. Aquellos que por nuestra infancia, por nuestra educación, por nuestra cultura, nos encontramos muy poseídos de una fe que es también un regalo y un don de Dios, sin embargo nos falta el talante agradecido, el talante par saber ponernos, como el leproso samaritano, a los pies de Jesucristo, dándole las gracias porque nos ha curado. En una frase con mucha enjundia y filosofía, manifestaba Chesterton lo siguiente: <<El día seis de enero les damos las gracias a los Reyes Magos porque nos han llenado los zapatos de regalos, pero ningún día nos acordamos de darle las gracias a Dios por los dos pies que nos ha dado para poder llenar los zapatos>>.
Todos los días tenemos un cúmulo de cosas por las que dar las gracias a Dios y por tanto, hemos de asumir lo bueno y lo malo de nuestra historia personal y social. Dios nos trata y nos mima con la mano derecha, pero a veces también lo hace con la izquierda. ¿Cómo podríamos criticar indiscriminadamente toda la gran gesta de España en América, si allí se sembró también la fe que hoy es testimoniada por millones y millones de personas? En nuestra pequeña y particular historia, la de cada uno, tenemos que mirar todo el bien que nos hace Dios, con las cosas que nos agradan y con las que nos desagradan, y no quedarnos dándole vuelta a lo malo que somos. Por eso, alguien comentó con sorna que a muchos cristianos se nos podía representar perfectamente como a El caballero de la mano en el pecho de El Greco, siempre entristecidos y viendo en nuestro interior solamente la dimensión de sombra, lo negativo.
La llamada del Evangelio de hoy es una llamada a la luz, a ver lo positivo que hay en cada uno de nosotros como regalo de Dios. Nada de lo que tenemos es nuestro. Todo se lo debemos a Dios, principalmente el don de la vida. Nada nos pertenece porque todo le pertenece. Él nos da la gracia y la libertad para que nosotros le podamos corresponder agradecidos, como el leproso samaritano o, por el contrario, no queramos saber nada de Él, como fue el caso de los nueve judíos ortodoxos. A pesar de todo, Dios sigue amándonos y derramando su gracia sobre cada uno de nosotros.
 

Vigésimo tercer domingo de tiempo ordinario

Domingo 8 de septiembre

Sab 9, 13-18 ¿Quién se imagina lo que el Señor quiere?
Flp 9b-10.12-17 “Recíbelo no como esclavo, sino como un hermano querido”
Lc 14, 25-33 “El que no renuncia a todos sus bienes, y no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”


Seguro que muchísimas veces os habréis preguntado cómo puede ser tan duro Jesús a la hora de imponer las condiciones para seguirle; unas condiciones que, a primera vista, nos resultan hasta escandalosas y contradictorias. Si Jesús predica y encarna el amor de Dios y da su vida por todos nosotros como expresión de su amor por los hombres, ¿cómo es posible que entre las condiciones del seguimiento nos proponga abandonar a nuestra familia para dedicar todo el tiempo a Él? ¿No es esto un gran egoísmo solapado y encubierto so capa de generosidad y de disponibilidad? ¿Por qué es Jesús tan exigente? Una vez más, mis queridos amigos, tenemos que acercarnos al Evangelio sin temores ni reservas para descubrir en él la verdad misma de Dios que, dicho sea de paso, no nos pide imposibles ni actúa en contra nuestra, sino que desea nuestro bien.
Si en todo el Evangelio hay una palabra temática que sirve como piloto conductor de la síntesis de lo que en él se dice, ésta no es otra que la palabra “radicalidad”. Radicalidad en nuestra vida, en nuestras actitudes y en nuestros hechos. O por decirlo en otros términos, sinceridad y coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos y anunciamos. Lo que sí es del todo incompatible con las propuestas evangélicas es andar con “verdades a medias”, que son las peores mentiras; el “sí, pero” de nuestra clara falta de decisiones; la filosofía de las propias conveniencias, de lo que nos resulte más ventajoso y rentable. Esto es lo que está rechazando de plano Jesús. No es que Él sea demasiado duro en ponernos unas determinadas condiciones sino que más bien nosotros tendemos a eludir todo tipo de compromisos que impliquen un mínimo de generosidad y de disponibilidad. Lo que Jesús viene a decirnos es que en el amor no hay medias tintas. Es una experiencia totalizadora envolvente; o se entrega uno del todo o no se entrega.
Para entregarnos totalmente antes tenemos que abandonar el lastre que nos impide la entrega generosa; de lo contrario las cosas que nos rodean, nuestras apetencias naturales, nuestros egoísmos que nos atenazan y nuestros caprichos creados irán haciendo mella en nuestro corazón hasta que lo recubran de la espesa capa de la egolatría y del endiosamiento.
La radicalidad del Evangelio obliga a una total disponibilidad a todos los que quieren seguir al Maestro. Disponibilidad que conlleva despojarse de todas las cosas que nos atenazan e impiden el ejercicio más genuino de nuestra libertad. Jesús no nos pide a todos el abandono literal de nuestra familia pero sí que la relativicemos frente a los valores absolutos del Reino. No nos pide que nos olvidemos de nuestros deberes familiares pero sí que sepamos interpretarlos como deberes de segundo orden frente al deber de anunciar y vivir el mensaje del Evangelio. Una vez más tenemos que recordar la sentencia de Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). La entrega absoluta a la voluntad de Dios y la relatividad en los asuntos humanos tienen su máxima expresión en la cruz, símbolo de la identificación total con el Maestro y con su programa de salvación.
Tres son las exigencias fundamentales para seguir a Jesús y continuar con Él. La primera consiste en renunciar a la familia. Esta exigencia de Cristo ha tenido muchas interpretaciones en la historia del cristianismo. Una de las que más interpretaciones ha tenido muchas interpretaciones en la historia del cristianismo. Una de las que más repercusiones ha tenido en el seno de la Iglesia ha sido la interpretación literal del texto, producto a su vez de una teología desencarnada, cuya máxima expresión fue la “huida del mundo”. Esta posición fue fuertemente criticada en el sentido de que Jesús nunca abandonó literalmente a los suyos porque el amor comienza por los más próximos. En efecto, ¿cómo podemos pretender amar a los que ni siquiera conocemos cuando no amamos a quien conocemos? San Juan, tanto en su Evangelio (cf. 15, 12-14) como en su primera Carta (cf. 4, 7-13), nos dice precisamente esto: que amemos a todos por igual, que nunca renunciemos a unos para amar a otros. Cuando tal cosa hacemos caemos en la trampa de un amor selectivo y tal tipo de amor en un amor desnaturalizado y sin identidad porque lo que define al amor es la universalidad, esto es, un amor sin fronteras, sin perjuicios ni discriminaciones, que Jesús vivió en plenitud.
Con la renuncia a la familia Jesús nos está pidiendo precisamente esto: que no ciñamos nuestro amor única y exclusivamente a nuestros conocidos sino que, comenzando por ellos, lo ampliemos a todos los hombres. Es decir, que el amor a dios y el amor al prójimo están por encima de cualquier interés y lazo familiar, aunque no lo excluye. Por eso Jesús es tajante cuando sus parientes pretenden ceñir su amor al círculo familiar: “Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. Tenía gente sentada alrededor, y le dijeron: “Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera”. Él les contestó: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y paseando la mirada por los que estaban sentados en el corro dijo: “Aquí tenéis a mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios ése es hermano mío y hermana y madre” (Mc 3, 31-35).
La segunda exigencia consiste en negarse uno a sí mismo, esto es, en renunciar constantemente a hacer la propia voluntad personal para hacer en todo momento la voluntad de Dios; lo mismo que Jesús, que no vino a ser servido sino a servir y dar su vida por todos. Ésta es, con diferencia, la exigencia que más cuesta porque implica una lucha permanente con nosotros mismos, nuestros peores enemigos. Una lucha contra nuestros caprichos que nos aprisionan, contra nuestras pasiones que nos ahogan, contra nuestros falsos deseos de realización personal, de libertad mal entendida o del sugerente y sugestivo querer “ser uno mismo”, pensando que Dios coarta nuestra genuina libertad. La realidad es bien distinta, “para ser libres nos liberó Cristo” (cf. Gál 5, 1). En suma, el seguimiento de Cristo se hace de un modo total o no es tal seguimiento. Y para que la totalidad sea tal es necesario ser plenamente libres, sin ataduras ni artimañas que mermen o pongan en entredicho nuestra entera disponibilidad a la misión.
La tercera exigencia lleva consigo la renuncia a los bienes, es decir, anteponer el ser al tener, de modo que no quedemos ahogados por los afanes y negocios de la vida, que es un serio obstáculo para que la Palabra de Dios arraigue en nuestro corazón y podamos dar frutos (cf. Mc 4, 18-19). “Renunciar” a los bienes es hacer de los bienes medios, al servicio de los demás y de la misión, nunca fines en sí mismos.
En síntesis, la radicalidad del seguimiento pasa por la apertura de nuestro yo íntimo a Dios y a los hombres porque ésa es su original vocación y su camino de realización personal: la comunión.

 

Vigésimo sexto domingo de tiempo ordinario

Domingo 29 de septiembre

Texto evangélico

Am 6, 1.4-7: Se acabó la orgía de los disolutos.
1 Tim 6, 11-16: Combate el buen combate de la fe.
Lc 16, 19-31: Tú recibiste bienes y Lázaro males. Ahora él encuentra consuelo, y tú padeces.


Las reflexiones espirituales de este vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario están centradas en un tema de candente y rabiosa actualidad como es la distribución justa y el recto uso de los bienes de la tierra. Parece como si los textos que hemos proclamado estuvieran hechos para nosotros, aquí y ahora.

Las reflexiones espirituales a que nos invita el domingo de hoy están centradas en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Siempre que he leído esta parábola me viene a la memoria una escena de Los miserables, la obra de Víctor Hugo de gran belleza literaria. La escena en cuestión tiene como protagonista al principal de los miserables, mendigo entre mendigos, quien, perseguido a su vez por un grupo de mendigos, se refugia en casa de un obispo. El obispo, siendo fiel a la ley del Evangelio, lo acoge, le da de comer y le aloja en uno de los aposentos de su mansión. Al día siguiente el mendigo había desaparecido llevándose consigo todas las copas de plata que tenía el obispo en su residencia. Pero el ladrón es atrapado y conducido a casa del obispo para ser sometido a juicio. El propio obispo les dice que lo dejen en libertad porque esas copas se las ha regalado él, incluso que se había dejado olvidados dos candelabros de plata que también había regalado. Pues bien, este amor excesivo, comprensivo y misericordioso a un pobre de solemnidad es el tema del Evangelio de hoy. El pobre Lázaro y el rico Epulón son los dos personajes que recrean una profunda y dura parábola, arraigada en la tradición rabínica y reproducida por Jesucristo.
Algunos interpretan esta parábola únicamente desde la vertiente social desde la que se condena taxativamente a los ricos por las situaciones de injusticias que generan. El cambio que se produce en la <<otra vida>> - Lázaro lo pasa bien; mientras el rico sufre – hay que reivindicarlo y propiciarlo en ésta. Por tanto, la parábola sería una llamada clara y taxativa a la lucha de clases de corte marxista. Sin embargo, pienso que tal interpretación es muy unidimensional y parcial, pues la moraleja que en ella se concluye apunta en otra dirección.
Creo que el sentido verdadero de la parábola es una prolongación del significado de la parábola del administrador infiel que meditamos el domingo pasado. Por tanto, de lo que se trata es del buen uso o del mal uso que hacemos del dinero aquí en la historia y no tanto del dinero en sí. El tema de fondo es el tema de la justicia social y personal que a todos debe preocuparnos. No se trata de quitarles el dinero a unos para dárselo a otros porque lo único que haríamos sería cambiar las posiciones, pero no solucionar el problema. De lo que se trata es de tener siempre claro que el dinero no es ningún fin en sí, sino sólo y únicamente un medio. El dinero en sí no es malo, lo es la ambición que nace en el fondo de nuestro corazón y que nos lanza a una dura y frenética carrera por tener más y más. Es la llamada <<fiebre de poseer>> que nos conduce a centrarnos únicamente en los objetos, en las cosas y a olvidarnos irremediablemente de los sujetos, de las personas.
Posiblemente el rico Epulón era un buen judío cumplidor de los ritos y de las leyes, pero la fiebre del tener se adueñó de su corazón y embotó su mente de tal manera que vivía abstraído de la realidad, ciego humana y espiritualmente para percatarse de los problemas que había a su alrededor. Aquí radica el pecado, en vivir de espaldas a las personas, con sus problemas y sus necesidades. En pensar que <<bastante tengo yo con lo mío>> o bien en creer ingenua o maliciosamente, según se mire, que <<como yo estoy bien, todos están bien>>. Por tanto, lo que recrimina Jesús es la insensibilidad social, filantrópica, altruista y caritativa de aquellos que se dejan arrastrar y esclavizar por el dinero, único fundamento y motor de sus vidas.
Esta última lección es la que a todos se nos debe quedar, tanto a los que son más ricos como al os más pobres, porque todos somos propensos a dejarnos atrapar por el delirio del dinero, por la fiebre de tener, de poseer, de presumir y de lucir. Ésta ha sido una tentación de todos los tiempos, pero especialmente del nuestro en que el hombre es designado como homo eoconomicus y la sociedad como societas rerum o sociedad de las cosas. Es también una lección que hemos de aplicarnos hoy en España por su candente actualidad: la crisis económica que nos envuelve, las tremendas distancias sociales que aún persisten, los graves y escandalosos problemas ultrajantes del paro son realidades que no podemos pasar por alto porque es nuestra realidad, la de todos.
En cierto sentido, todos somos Lázaros en estas circunstancias, agravadas aún más con otros nuevos Lázaros, pobres entre los pobres. Me refiero a los inmigrantes ilegales, que huyendo de un infierno de pobreza, tienen que soportar un infierno de discriminaciones e injusticias lacerantes. Ellos, los pobres, buscan las migajas en la mesa de los países ricos. Si esto no nos importa, si <<no va conmigo>>, como se suele decir, ¿qué clase de fe es la nuestra? ¿Cuál nuestro compromiso cristiano? Es una fuerte y tremenda llamada a la dimensión humana y cristiana de nuestras conciencias –una vez más el dicho <<Obras son amores y no buenas razones>>-. En el testimonio de vida, y sólo en el testimonio, que en este caso pasa por el compromiso con la justicia, con la caridad y con el amor, se encuentra la talla de nuestra estatura humana y cristiana. Quien es inhumano para con los demás no puede ser en absoluto cristiano por mucho que vaya a misa, comulgue o rece. Por ello, muy acertadamente manifestó San Agustín aquella famosa frase que ha quedado grabada en el frontispicio de nuestra alma: <<Ama y haz lo que quieras>>.
Mis queridos hermanos, amigos y radioyentes: os invito a que todos hagamos un buen uso del dinero, dando vida, generando más riqueza, más porvenir y más futuro a nuestro alrededor, con los medios que cada cual tenga; a que redimamos a las familias más necesitadas y nos preocupemos por todas las situaciones de injusticia que se producen en el horizonte de nuestra vida; a que no volvamos la espalda o la mirada a los problemas ajenos: también son los míos. Y a que, por encima de todo, nuestro único mandamiento sea amar a Dios con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

 

Vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 28 de julio de 2016

 

Eclo 3,19-21.30-31: Dios revela sus secretos a los humildes.
Heb 12,18-19.22-24: Vosotros os habéis acercado a Dios, juez de todos.
Lc 14,1.7-14: Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.

 

Las lecturas sagradas que este domingo nos presenta la Iglesia para nuestra reflexión son una continuación de las lecturas del domingo pasado, en el que veíamos cómo ante Dios no sirven para nada nuestras pretensiones humanas de primacías y de grandezas, es decir, que ante Dios nadie tiene unos derechos adquiridos y, en consecuencia, nadie tiene <<derechos>> sobre los primeros puestos, porque quienes se consideren <<primeros>> serán los <<últimos>> y a la inversa. El Evangelio de hoy ahonda y profundiza en esta especial pedagogía de Dios que trastoca todos nuestros esquemas. Fundamentalmente se centra en las virtudes de la humildad y de la misericordia, de fuerte contraste en el mundo de hoy, porque una y otra han pasado al reino de los conceptos obsoletos.
En efecto, resulta paradójico –y hasta esperpéntico- no ya vivir, sino incluso dialogar sobre las mencionadas virtudes en una sociedad que se rige por el interés, la imagen, el poder y las vanaglorias humanas; en una sociedad que esencialmente se define y vive a golpe de análisis socioeconómicos a través del marketing, los planes de las multinacionales, el imperio de los grandes holding; en una sociedad en la que lo importante es el éxito que determina que sólo hay lugar para los ganadores y no para los perdedores; en una sociedad en la que no hay lugar para lo humano-calificado de sensiblería por los poderosos-, porque todo lo ocupa el afán de triunfar y la sed de poder.
Pero no nos engañemos, la sociedad es como es porque así son sus miembros. De nuevo aparece en el horizonte un tema tan viejo como nuevo. Me refiero al tema del pecado original como pecado de soberbia y de orgullo (cf. Gén 3,5), que el Adán de siempre ha cometido en la larga historia de la humanidad. ¿Cómo puede estar abierto a la acción de Dios, al horizonte de Dios, quien se cree con los mismos derechos que Dios? Es más, ¿cómo estar abierto a Dios, cuando Dios es negado en favor del hombre? De esta suerte el hombre, encumbrado en su orgullo, desprecia todo signo de humildad, de sencillez, de generosidad, porque en su particular escala valorativa son signos débiles, nada interesantes desde el punto de vista del poder, de la fama y del triunfo.
Decía K. Rahner que el horizonte existencial del hombre está abierto al horizonte sobrenatural de Dios, es decir, a la revelación. Dios ha hecho al hombre para el encuentro y la comunión con Él. Pero una cosa es la vocación a la que Dios llama al hombre y otra la respuesta que da el hombre a dicha llamada. Una cosa está clara: mientras el hombre persista en su actitud de endiosamiento tendrá cerrado el acceso a la comunión con Dios. Por seguir el pensamiento de Rahner, mientras el hombre se empeñe en conquistar y ser dueño de la verticalidad no hará otra cosa que encerrarse y ahogarse más en la horizontalidad. La soberbia de la vida no es otra que el ateísmo de la vida, que no es la negación de Dios como comúnmente se cree, sino la sustitución de Dios. El hombre destrona a Dios de su puesto para ocuparlo él. Del teocentrismo pasamos al antropocentrismo.
Sin embargo, el proyecto de Dios es bien distinto. Como muy bien nos plantea la primera lectura del libro de Eclesiástico, el hombre sólo será capaz de abrirse a la revelación de Dios cuando se apee de sus grandezas y reconozca sus limitaciones. Ésta, y no otra es la única actitud que cabe ante Dios, quien<<revela sus secretos al os humildes>>. Los preferidos de Dios son aquellos que eligen ser pequeños como ejercicio peculiar de la misericordia. Por ello, no tienen como meta el poder, los puestos de honores o de influencias, sino el servicio y la entrega generosa. <<En vez de obrar por egoísmo o presunción, cada cual considere humildemente que los otros son superiores>> (Flp 2,3-4). Los puestos no son fines, sino medios para servir, para ejercitar la misericordia con los más pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos.
El proyecto de Dios fue el proyecto de Jesucristo, quien siendo Dios se hizo hombre y se convirtió en servidor de todos sus hermanos, como camino inexorable de salvación. Como muy bien lo expresa el apóstol San Pablo:<<Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos>> (Flp 2,6-7). Ahora se puede comprender la propuesta de Jesús en la parábola del Evangelio de hoy acerca de la primacía de puestos de honor en los banquetes. Jesús prefiere el último lugar, no para darnos una lección de astucia o sabiduría humana -<<Hazte pequeño y te querrán más>>-, sino porque es la única actitud que Dios valora.
La reflexión de Jesús no sólo va dirigida a los fariseos, con los que siempre estuvo enfrentado y a los que criticó duramente a lo largo de su vida pública, sino también a todos los cristianos, creyentes, hombres de Iglesia que buscan con ahínco los puestos de honor y se afanan por los privilegios y las prebendas que genera el estar bien situado, en detrimento de los más pobres y los más débiles. A estas personas que hacen de su misión no un servicio sino una carrera para llegar <<alto>> a base de medrar y despreciar a los demás, Jesús les muestra la sabiduría que nace de misericordia, la pequeñez como sentido auténtico de vida cristiana y de misericordia, la pequeñez como sentido auténtico de vida cristiana y el servicio como norma de vida y expresión del Evangelio: <<El que quiera subir, sea servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos, porque el Hijo del hombre no ha venido par que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todo>> (Mc 10,44-45).
Esta actitud que compete a cada uno en particular, también es una urgencia de vida para la Iglesia que como comunidad no puede perder la sintonía con el Evangelio y, por tanto, ha de apostar siempre por los débiles y los enfermos si es que quiere ser signo visible y creíble de la Palabra de Dios que dice vivir y anunciar. El papa Pablo VI puso el dedo en la llaga cuando, tanto al Iglesia en general como a sus miembros en particular, lanzó las siguientes cuestiones con el fin de provocar en el seno de aquélla y en el corazón de todos una profunda reflexión y posterior conversión de vida: <<Iglesia, ¿qué dices de ti misma? ¿Anunciáis lo que creéis? ¿Creéis lo que anunciáis?>>.
Dejamos abiertas estas sencillas pero profundas preguntas para que cada cual las interiorice y las personalice de modo que pueda responder a ellas desde una actitud de conversión profunda y en sintonía con el mensaje de la parábola de hoy: <<El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será enaltecido>>.