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20 Julio 2017
Domingo, 23 de julio de 2017     Sab 12,12.16-19: Tú, poderoso sobreaño, juzgas con moderación. Rom ...
12 Julio 2017
Domingo 17de julio   Is 55, 10-11: Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi ...
28 Junio 2017
Domingo 2 de julio   2 Re 4,8-11.14-16: Este hombre de Dios es un santo. Rom 6,3-4.8-11: Consideraos muertos al pecado y vivos par...
26 Junio 2017
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23 Junio 2017
Domingo, 25 de junio de 2017     Jer 20,10-13: El Señor libró la vida del pobre de manos de los impíos. ...

Primer domingo de Cuaresma

Domingo 17 de febrero

 

Dt 26,4-10: Clamamos al Señor y escuchó nuestra voz.
Rom 10,8-13: Si tus labios y tu corazón profesan que Jesús es el Señor, te salvarás.
Le 4,1-12: No tentarás al Señor tu Dios.

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

 

Uno de los llamados «tiempos fuertes» litúrgicos que celebra la Iglesia a lo largo del año es el tiempo de Cuaresma que se inauguró el pasado miércoles de ceniza. La Cuaresma, lo mismo que el Adviento o la Navidad, es un tiempo de gracia y de misericordia que Dios concede al hombre. Es un tiempo de encuentro del hombre consigo mismo, de autoconversión, como paso previo al encuentro y al diálogo intenso con Dios. Cada tiempo tiene su motivo, su lema propio, pero con un mismo eje de convergencia: la salvación de Dios al hombre, a la que éste debe responder desde la superación y el vencimiento constante de sí mismo, es decir, desde una actitud de permanente conversión al Señor. Éste es el tema que late en el fondo de las tentaciones de Jesús que sirven de pórtico de entrada al tiempo de Cuaresma.

Las tres tentaciones que nos presenta el evangelista San Lucas simbolizan todas las tentaciones que el ser humano pueda sufrir, ya que en ellas se contienen las grandes líneas que configuran la historia de los deseos, pasiones, ambiciones y miserias humanas.

La primera tentación podríamos denominarla como la seducción del tener. Es la tentación del materialismo puro y duro que está secando en su raíz más honda el corazón del hombre. En nuestras sociedades cada día importan menos el ser y los valores que lo encarnan: el amor, la paz, la justicia, la misericordia. Son cosas -se comenta vulgarmente- que ya no se estilan; es más, preocuparse de semejantes valores es «cosa de tontos». Lo exitoso y novedoso está en lucir, presumir, ser alguien «con poder e influencias», ganar mucho dinero. Así se liquidan y disuelven los valores del Reino de Dios y se aúpan los «valores» -contravalores, más bien- del reino de los hombres.

Los cristianos, hemos de estar muy atentos, <<vigilantes>>, en expresión bíblica, para no caer en la trampa de la llamada «inversión de los valores» que convierte lo malo en bueno, dando como resultado la pérdida del mal como punto de referencia, y, en consecuencia, como afirmó el papa Pío XII, la pérdida de la conciencia de pecado.
El hombre no vive de «solo pan» sino, ante todo, de la palabra que sale de la boca de Dios. En términos soteriológicos, el hombre es impotente, lo humano es incapaz de salvarse a sí mismo.

La segunda tentación es la seducción del poder y de la gloria, íntimamente ligada a la anterior. En efecto, dinero, poder y éxito constituyen la tríada divina del hombre poscristiano de las sociedades postmodernas, quien cree -con una buena dosis de ingenuidad- que ha hecho realidad el mito adámico del «... y seréis como Dios» (Gén 3,5). En su intento prometeico de querer ser Dios, el hombre lucha por derribar a Dios de su trono, para convertirse él mismo en Dios. Por ello, no tiene otra moral -si es que puede ser llamada así- que la del «todo vale», con tal de conseguir lo que se proponga, sin importarle la bondad o maldad, ni de los medios, ni de los fines; al fin y al cabo, él está situado más allá del bien y del mal, como afirmó Nietzsche. Lo único importante es «ser más que nadie», en el sentido de «estar por encima de todos», para, de este modo, dominar a los demás.

Como cristianos, tenemos que recordar, una vez más, las palabras de Jesús a sus discípulos cuando también ellos se vieron asaltados por la tentación del poder: «Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen, pero no ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera ser el primero, que sea servidor vuestro» (Mc 10,42-45).

La tercera tentación es la más fina y sugestiva de todas. Consiste en tentar a Dios con la misma Palabra de Dios: «Si eres Hijo de Dios [...] porque está escrito». Es la tentación que más frecuentemente asalta a los cristianos. Casi sin darnos cuenta, dominados por la mentalidad del «tanto vales, tanto tienes», convertimos a Dios en un fetiche para que nos libre de nuestros miedos, temores y dudas. Ponemos a Dios a nuestro servicio, convirtiéndolo en un ídolo más, al que recurrimos con mentalidad mágica y le exigimos cuando lo necesitamos. Por ello, en nuestro corazón abrigamos pensamientos tales como: «Si Dios es bueno, grande y poderoso, tiene que ayudarme y concederme lo que le pido».

Una vez más, intentamos igualar la voluntad de Dios con la nuestra. Es la tentación del mal ladrón en la cruz: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros» (Lc 23,39). Es verdad que Dios nos concede lo que le pedimos, pero lo hace a su modo, no al nuestro; según su voluntad, no según la nuestra. Dios no se deja ni dominar ni manipular. Esto provoca en los hombres posturas encontradas como la afirmación o la negación de Dios.

Se sucumbe a la tentación cuando, al querer igualar la voluntad de Dios con la nuestra, no admitimos ni encajamos que Dios actúe de modo distinto a nuestros propósitos. De aquí al ateísmo hay un paso, porque «si Dios no me concede lo que le pido es porque realmente Dios no existe». Se supera la tentación cuando el silencio y la grandeza de Dios acaban por imponerse a nuestra pequeñez y miserias humanas, en las que reconocemos que Dios y sólo Dios es Dios, y nosotros sus criaturas, convocadas por Él a la existencia para cumplir su voluntad.

Mis queridos amigos todos, busquemos a Dios. Sintamos hambre y sed de Dios. Hagamos nuestro particular y peculiar camino de conversión a lo largo de este tiempo de Cuaresma que hemos inaugurado, para que celebremos la Pascua con entera disposición, renovados en la mente y en el espíritu.
 

Quinto domingo del tiempo ordinario

Domingo 20 de febrero

 

Is 6,1-8: Aquí estoy, mándame.
1 Cor 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Lc 5,1-11: Dejándolo todo, le siguieron.

 

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

 

Si quisiéramos resumir en pocas palabras las lecturas sagradas que la Iglesia, como en un rico banquete espiritual, nos sirve en este domingo, escogeríamos la llamada vocación del apóstol Pedro: <<Jesús dijo a Simón Pedro: No temas, desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

El leif motiv que vertebra las tres lecturas de hoy es una idea central que recorre los Evangelios de principio a fin: el seguimiento de Jesús. Jesús no pasa por ningún sitio sin provocar la llamada al discipulado con todas sus exigencias, como veíamos el domingo pasado respecto de los profetas. Jesús no pasa de largo por nuestra vida, está en ella, nos interpela y nos convoca. Y puesto que de la vocación se trata, el Evangelio nos presenta sus elementos típicos.

Primero, ante la llamada del Señor, se produce en el hombre una situación de asombro. Pedro y los hijos del Zebedeo pasan de una situación de frustración a otra radicalmente distinta de plenitud: de no haber obtenido ningún resultado en la pesca, a pesar del gran esfuerzo realizado, a culminar todos sus objetivos y expectativas con creces. La actuación de Dios en el acontecer humano provoca asombro y admiración, y es que Dios rompe una y otra vez todos nuestros esquemas y perspectivas. No actúa según nosotros creemos y esperamos. No actúa al modo humano sino al modo divino.

Pero para asombrarnos hace falta tener la capacidad del asombro mismo. Y esto es lo difícil en nuestro mundo, en el que hemos perdido la sorpresa por todo. Sin esa capacidad estamos ciegos para dejarnos cautivar por Dios. Estamos de vuelta de todo, ¡hasta del mismo Dios! Hemos querido domesticar a Dios, cuando Dios es original e indomable. Con todo, Dios sigue actuando y sorprendiendo, quitando de nuestros ojos los esquemas que nos impiden ver la luz. Dios sigue llamando.

Sin embargo, la actuación de Dios no tiene por finalidad asombrar o sorprender, sino la de provocar que el hombre tenga confianza total en Él. Es decir, que tenga fe, fundamento que nos sostiene, luz que nos muestra el camino y la puerta por la que entramos. La fe nos da la medida de la sabiduría que Dios nos ha concedido. Por ello, ante el titubeo y la inseguridad humanas, vence la seguridad de la fe en la Palabra de Dios: «Por tu palabra, echaré la red» (Lc 5,5).

Un segundo elemento es la llamada misma de Jesucristo: «Serás pescador de hombres» (Lc 5,10). Es una llamada personal, única e intransferible: Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre. Pero es también una llamada universal: Jesucristo nos llama a todos los que creemos en Él y en su Palabra para que extendamos el Reino, ya presente en nosotros. Hemos sido llamados por Dios para hacer crecer su Reino sobre las bases del amor, la paz, la misericordia, la justicia. Por esta razón, Dios nos consagra; esto es, nos rehabilita con la fuerza de su Espíritu para realizar la misión de la evangelización.

Toda vocación es una llamada a la alegría del Reino, porque en solidaridad con Jesús y con María, somos escogidos para transformar el mundo viejo, y dar a todo lo existente sentido de Dios. Unos lo harán desde su consagración religiosa o sacerdotal; otros, desde su opción matrimonial. Lo importante no son los medios para realizar la misión, sino la fidelidad a ellos y la misión misma.

El tercer elemento está en las manos del hombre. Es la respuesta del hombre ante la llamada de Dios: «Ellos, dejándolo todo, le siguieron» (Lc 5,11). La respuesta a Dios exige mucha generosidad y mucha valentía de espíritu. Seguir a Jesús significa dejarlo todo, porque sólo Dios es el único absoluto y, en consecuencia, el único en el que debemos poner nuestro corazón. Por ello, la opción por Dios es total e incondicional de modo que quien ponga la mano en el arado y vuelva la vista atrás no es apto para el Reino de los cielos, porque no se puede servir a Dios y a los propios intereses al mismo tiempo (cf. Mt 6,24). Es importante recordar aquí, como ejemplo práctico para nuestra vida cristiana, la parábola del sembrador (cf. Lc 8,5-8), para saber en qué situación nos encontramos respecto a Dios y a las exigencias que nos plantea.

El encuentro entre Dios y el hombre presupone tanto la libertad divina como la humana. Es un encuentro en el que la gracia no anula la libertad de la persona, porque en tal caso también quedaría anulada su capacidad de respuesta. La gracia divina invita, susurra, sugiere, penetra hasta el fondo del corazón del hombre, pero sin anular jamás su libertad. Por ello, la respuesta a esa invitación sólo puede ser un acto de entera y absoluta generosidad, que da sentido a la vida toda. Cuando respondemos a Dios, la gracia misma de Dios nos consagra en orden a desempeñar la misión. Es la gracia que acrecienta la fe y la disponibilidad para que hagamos de nuestro amor a los demás la razón última de nuestro existir.

Dios Padre, con la fuerza de su Espíritu, nos habilita y capacita para que en cada momento de nuestra existencia podamos cumplir el proyecto que nos tiene encomendado a cada uno personalmente, y a todos como Iglesia.

Pidámosle al Señor que aumente en cada uno de nosotros la generosidad en la respuesta a su Palabra, para que seamos esa tierra buena que da el ciento por uno; que, como el siervo de la parábola de los talentos, derrochemos todo el amor de que somos capaces, sabiendo que a Dios nadie le gana en magnanimidad; que siempre tengamos el coraje de decir a Dios que sí, como la Virgen María, porque Dios no nos pide imposibles sino realidades; que en todo momento exclamemos: <<No somos más que unos pobres criados, hemos hecho lo que teníamos que hacer> (Lc 17,10).
 

Tercer domingo del tiempo ordinario

Domingo 27 de enero

 

Texto evangélico

Neh 8,2-6: El gozo en el Señor es vuestra fortaleza.
1 Cor 12,12-30: Hemos sido bautizados en un mismo espíritu para formar un solo cuerpo.
Le 1,1-4.4,14-21: El Espíritu del Señor está sobre mí.

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

El texto del Evangelio de San Lucas que hoy nos presenta la Iglesia está constituido por dos capítulos yuxtapuestos. Uno es la introducción al Evangelio lucano, hecha por el mismo San Lucas; el otro alude a los inicios de la vida pública de Jesús, que se circunscriben a su región de origen, Galilea, y a su pueblo natal, Nazaret. Unos inicios que, como ya vimos el domingo pasado en el relato evangélico sobre las bodas de Caná, ponen de manifiesto la grandeza del Redentor y la novedad de su misión salvadora.

Jesús se manifiesta como el Ungido, el enviado de Dios para proclamar el Reino de Dios y su justicia, la salvación real de Dios al hombre. Esta salvación, entendida también como liberación, es integral: abarca a todo el hombre y a todos los hombres. Abarca a todo el hombre, tanto en su dimensión corporal como en su dimensión espiritual, porque el hombre, ni es sólo materia, ni es sólo espíritu. El hombre es la unidad cuerpo-espíritu. El cuerpo es la ventana por donde el espíritu asoma al mundo; el espíritu ennoblece y humaniza el cuerpo, y por ello el ser humano es imagen y reflejo de Dios.

Esto nos está invitando a desterrar de nuestro horizonte cristiano todo tipo de visiones parciales de la salvación que Jesús anuncia y encarna. Dios, ni salva sólo el cuerpo, ni salva sólo el espíritu; salva al hombre entero, de los pies a la cabeza. La salvación es, pues, tanto material como espiritual, ambas al alimón. Por eso, Jesús, lo mismo cura las dolencias físicas que perdona los pecados (cf. Mc 2,1-12).

Quienes convierten la salvación de Dios en una más de las ofertas políticas que tanto proliferan en el mundo actual, en el fondo lo que quieren es salvar al hombre al margen de Dios, sin contar con Dios. El resultado no puede ser otro que un doloroso y estrepitoso fracaso. El hombre, herido desde la raíz por el pecado, es incapaz de salvación. Por su parte, quienes convierten la salvación de Dios en la sola salvación del alma mutilan desde su raíz la salvación misma de Dios, convirtiéndola en un instrumento más de alienación humana.

El Evangelio de hoy es muy claro: Dar la Buena Noticia a los pobres; anunciar a los cautivos la libertad; y a los ciegos, la vista; dar libertad a los oprimidos. La pobreza, la cautividad, la ceguera, de que nos libera Jesucristo, son tanto materiales como espirituales. La evangelización, tarea a la que por vocación estamos llamados todos los cristianos, conlleva el Reino de Dios y su justicia, como ya hemos anotado; trabajar por unas estructuras sociales justas y dignas, en las que todos los hombres se sientan respetados y engrandecidos en su dignidad de personas. Pero evangelizar conlleva también otro tipo de liberación muy olvidado en las sociedades actuales de la opulencia, del consumo y del despilfarro. Me refiero a la liberación del corazón, prisionero del tener. Nuestras sociedades están llenas de cosas, pero las cosas nunca llenan el corazón del hombre. El hombre cuanto más tiene, menos es. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre, triste, a veces, de tanta nostalgia del cielo.

Pero dijimos que la salvación abarca también a todos los hombres sin excepción. Es una salvación universal (cf. Mt 28,19), porque es voluntad de Dios que todos los hombres se salven. Ya es hora, en consecuencia, de ir desterrando las posturas exclusivistas y los falsos privilegios de pensar que Dios nos pertenece sólo a nosotros. Ya es hora de ir desterrando el espíritu farisaico alojado en el fondo de nuestros corazones que nos impide a nosotros entrar en el Reino de los cielos, a la vez que no dejamos entrar a los demás (cf. Mt 23,13). Dios no es un objeto de pertenencia, como son las cosas. Dios no se deja abarcar; es más, nos trasciende, está por encima de nuestros cálculos humanos.

El Reino de Dios exige al creyente un cambio de vida: la conversión del corazón. Como bien dijo Jesús a Nicodemo, para asumir los valores del Reino hay que nacer de nuevo, es decir, hay que nacer del agua y del espíritu (cf. Jn 3,1-8). Es una conversión ad intra y también ad extra, en un camino de ida y vuelta de la persona toda y de todas las personas. Sin una conversión interna, ubicada y radicada en el corazón personal, no es posible una conversión externa, localizada en el corazón social. Cambiaremos la sociedad siempre que hayamos iniciado el camino del cambio en nosotros mismos.

Por ello, uno de los signos inequívocos de que el Reino de Dios no ha calado en nuestras vidas es cuando la confesión de nuestra fe queda descalificada por la manifestación de nuestros hechos; en el fondo, el paganismo está más cerca de cada uno de nosotros de lo que imaginamos y sospechamos.

La irrupción explícita de Jesús en la historia va acompañada de un triple momento: fe, conversión y seguimiento. Aceptar y seguir a Jesucristo supone hacer viva en cada uno de nosotros su obra de liberación: vaciar nuestro interior de todas las cosas de este mundo, para llenarlo de Dios. Bien lo expresó San Francisco de Asís cuando decía: «¡Soy libre! ¡Soy libre! No tengo ningún Señor, sólo sirvo a Dios».

Mis queridos amigos todos, seamos servidores de Dios, única verdad que nos salva y nos libera. Llenemos nuestro corazón de Dios para así conocer la verdad, y la verdad misma nos hará libres (cf. J n 8,32).

Cuarto domingo del tiempo ordinario

Domingo 3 de febrero

 

Texto evangélico

Jer 1,4-5.17-19: Te nombré profeta de los gentiles.
1 Cor 12,31-13,13: Lo más grande es el amor.
Lc 4,21-30: Ningún profeta es bien mirado en su tierra.

 

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.



La historia de Israel, Pueblo de Dios, está trenzada por las desilusiones y los fracasos, por las esperanzas y las alegrías, por su olvido y su búsqueda intensa de Dios. Esta experiencia paradójica fue forjando y afianzando una conciencia y un sentir común como pueblo: sólo Dios es el único Señor, y sólo Él salva. Dios, fiel y misericordioso, siempre cumple sus promesas.


Uno de los personajes más destacados del pueblo de Israel era la figura del profeta, un hombre elegido por Dios para hacer presente en medio del pueblo la Palabra de Dios. Una Palabra, que es como espada de doble filo, cortante e hiriente, purificadora y sanadora (cf. Ez 6,2-3; 12,14; 14,17; 17,21). Por ello, la primera reacción de todo profeta es rechazar de principio la misión, o declararse incapacitado llevarla a cabo, como es, por ejemplo, el caso de Jeremías, quien, ante la vocación y propuesta de Dios de anunciar su Palabra, expone sus trabas: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jer 1,6).


En el fondo, el miedo del profeta no es otro que el conocimiento que tiene de los riesgos que entraña servir y ser fiel a Dios. Riesgos que van desde el menosprecio de sus conciudadanos, pasando por múltiples persecuciones, y desembocando, en ocasiones, en la muerte. ¿Por qué? Porque la verdad es dura y molesta; porque la Palabra de Dios, que es la Verdad, deja al descubierto las intenciones del corazón humano (Lc 2,35), lleno, en ocasiones, de iniquidades y maldades. Si Dios ama la justicia, es misión del profeta anunciarla, a la vez que denunciar las arbitrariedades y situaciones claras de atropellos de los derechos humanos, que son derechos de Dios. Buena cuenta de ello nos dejó, entre otros, el profeta Amós: «¡Ay de los que convierten la justicia en acíbar arrastran por el suelo el derecho! Sé bien vuestros muchos crímenes e innumerables pecados: estrujáis al inocente, aceptáis sobornos, atropelláis a los pobres en el tribunal> (5,7.12).


Igualmente, si Dios ama la verdad, el profeta tiene que denunciar mentira e hipocresía del corazón y de la vida. Y así podíamos continuar haciendo un elenco de los «deberes» que conlleva el profetismo.


Normalmente, los más poderosos son los enemigos de Dios, y, en consecuencia, enemigos del hombre. Ellos son los que afirman las Injusticias y los males sin cuento como normas de vida, obstaculizando así la salvación de Dios en la historia. Por eso, las críticas de los profetas van dirigidas a los reyes, a los políticos de turno, a los ricos hacendados e influyentes en las áreas de poder. Jesús, que conocía bien la «tela que cortaba», advierte a sus discípulos de los peligros que entraña el poder: «Sabéis que los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen» (Mc 10,42-43).


Dios hace surgir a los profetas, a quienes reviste con la fuerza de su Espíritu para que nada ni nadie les arredre; para que sean valientes y proclamen a tiempo y a destiempo la salvación de Dios a quienes la acepten y la perdición a quienes la rechacen.

El pueblo de Israel, a excepción de los anawin, es decir, los pobres que pusieron todas sus expectativas en las promesas de salvación de Dios, abandonó a Dios y se confió a su suerte; por eso, el profeta que hablaba en nombre de Dios y con las exigencias de Dios era un agorero incómodo al que había que eliminar. No así el falso profeta, bien mirado y adulado por los poderosos, porque en realidad no predicaba la Palabra de Dios sino la suya propia, dando como resultado no el alumbramiento de la verdad, sino la consolidación de la mentira.


Con Jesús de Nazaret quedó establecido el Reino de Dios, en consonancia total con las expectativas anunciadas por los profetas. Jesús se presenta y actúa como un profeta, aunque no es un profeta más. Él conocía bien toda la historia del pueblo de Israel y sabía cuál había sido el destino de todos los profetas. Por ello, afirma contundentemente: «Ningún profeta es bien mirado en su tierra». También en Él se repite la historia, pero con una novedad: Jesús es más que profeta, es el Hijo de Dios. La salvación que anuncia se realiza plenamente en Él. De ahí que sus paisanos se admirasen de las palabras que salían de su boca, máxime cuando lo conocían tan bien y conocían, aún mejor, el origen humilde y sencillo de su familia. Por ello, no aciertan a comprender cómo una persona tan insignificante esté tan llena de sabiduría.


Es ésta una sorpresa que desde el comienzo está cargada negativamente por la envidia y la aversión. Sus paisanos no pueden consentir que un «don nadie» viniera a darles lecciones. No entendieron nunca que Dios actúa y se manifiesta en los sencillos para confundir a los fuertes (cf. 1 Cor 1,26-29). Esta aversión aumenta cuando Jesús, sin pelos en la lengua, les dice que el Reino de Dios es para todos los hombres de buena voluntad que se abren al don y a la gracia de Dios, y que, en consecuencia, no es exclusivo del pueblo judío. Es más, que de hecho, los publicanos y los pecadores les llevan ventaja porque han sido los primeros que, al escuchar la Buena Nueva, se han convertido.


Ahora, mis queridos amigos, cabe preguntarnos: ¿Somos profetas o enemigos de los profetas? ¿Recibimos la Buena Nueva como gracia de Dios o, más bien, nos rebelamos contra ella?


El bautismo que un día recibimos nos consagró en la misión del profetismo. Por vocación somos profetas. Todos los cristianos estamos llamados a dar testimonio del Evangelio, insistiendo, como dice el apóstol San Pablo, a tiempo y a destiempo, en circunstancias favorables y en las desfavorables. Esto no es tan fácil; esto cuesta, porque sabemos el riesgo que conlleva. Pero éste, y no otro, es el Evangelio. No admite componendas de ningún tipo. El Evangelio es radical, como radical es su mensaje.


Sucede que un compromiso de esta categoría nos asusta, como asustó a los profetas del pueblo de Israel. Usamos la retórica del lenguaje para convencernos a nosotros mismos de que el anuncio del Evangelio es cosa de otros -los misioneros, las misioneras-; que no es asunto mío. Y en todo caso, para tranquilizar nuestras conciencias, echamos mano de las interpretaciones sibilinas de la Palabra de Dios. Nos quedamos con lo que nos interesa y rechazamos lo que socava los cimientos de la mentira en que está instalada nuestra vida. Por ello, vivimos en una continua paradoja: somos profetas por vocación de Dios, pero enemigos del profetismo por decisión nuestra. Nos decimos cristianos, pero en el fondo seguimos siendo paganos, porque un cristianismo sin profetismo es un cristianismo light, sin sal; y si la sal se desvirtúa, ya no sirve para nada (cf. Mt 5,13).


Mis queridos hermanos, en este domingo la Palabra de Dios nos interpela críticamente y llama con contundencia a las puertas de nuestro corazón. Que le abramos las entradas de nuestra vida de par en par para que nos renueve y nos lime y demos frutos de conversión (cf. Lc 3,8). Que anunciemos el Evangelio con el testimonio sincero, claro y coherente de nuestra vida. De este modo seremos luz del mundo: <<Alumbre también vuestra luz a los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del cielo» (Mt 5,16).
 

Segundo domingo del tiempo ordinario

Domingo 20 de enero

Texto evangélico

Is 62,1-5: Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria.
1 Cor 12,4-11: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Jn 2,1-11: Haced lo que él os diga.

 

Homilía para esta festividad de Mons. Miguel Castillejo, recogida en el libro Palabra de Dios para nuestro tiempo. Homilías desde la COPE. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

 

Hoy queremos centrar nuestra reflexión en el Evangelio de San Juan, el evangelista teólogo que, como el águila, se remonta a las alturas para poner ante nuestros ojos la hondura y profundidad del misterio de la salvación de Dios realizada en Jesucristo.
La escena que hoy contemplamos es una de las más bellas del cuarto Evangelio, así como de un gran contenido teológico. Es la escena de las bodas de Caná, un pueblecito muy cerca de Nazaret. A esta boda fueron invitados Jesús con sus discípulos y la Virgen María. Participar en un acontecimiento de este género supone compartir con los novios y familiares la alegría que les embarga en esos momentos, alegría que debe ser extrapolable a la misma alegría que penetra y recorre de los pies a la cabeza todo lo cristiano, porque el cristianismo es fiesta, don y gracia. Es salvación, operada por Jesucristo. Teológicamente hablando, en esta escena Jesús aparece como el esposo y la Iglesia es la esposa. La Madre del Mesías prefigura a la Iglesia y los invitados son todos los que pertenecen a ella. El signo del banquete prefigura la Eucaristía como pacto nuevo y fiesta, donde se celebra el convite del amor.
El Evangelio tiene como tema el milagro de la conversión del agua en vino. Un vino distinto, nuevo, mejor que el anterior, de tal modo que el mayordomo llama al novio y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora>. Un vino bueno que, en palabras de San Ireneo de Lyon, es el Evangelio nuevo, el nuevo orden: la novedad del Reino y su mensaje de salvación, que encarna, predica y realiza en plenitud Jesucristo.

Por eso, el mismo San Juan se hace eco en el pasaje de la samaritana (4,1-26) de las consecuencias de la radicalidad de esta novedad: Jesucristo es la Vida Nueva que sacia en plenitud, por eso, el que beba agua que él da, nunca más vuelve a tener sed. En otras palabras, sólo salvación que realiza Jesucristo es posibilitadora de la plenitud de sentido, que el hombre se afana en encontrar. El Evangelio es una novedad, una vida divina regalada por Dios al género humano y no merecida por el hombre.

San Ignacio de Antioquía aborda también la simbología del vino nuevo y nos sumerge en otra de las muchas dimensiones que contiene esta realidad. En efecto, este santo padre nos hace caer en la cuenta de que el agua que se convierte en vino no es un agua cualquiera, sino agua destinada para la purificación que los judíos tenían que realizar antes de tomar alimentos. Así, la conversión está indicando que la salvación plena y definitiva no es la veterotestamentaria, que no rebasa el nivel de las promesas, sino que lo es la salvación de Jesucristo, cumplimiento y personificación de las promesas hechas por Dios a su pueblo. El agua simboliza los antiguos ritos judíos; el vino nuevo es la sangre de Jesucristo, derramada para la remisión de nuestros pecados. El agua no salva; la sangre de Jesucristo, sí. El teólogo Henri de Lubac comenta este episodio y dice: «Jesús convierte el agua de la letra de la ley de de la purificación, en el vino del Espíritu, del amor a Dios en "espíritu y en verdad"».

Para San Bernardo, el milagro de la conversión del agua en vino está demostrando el poder divino en toda su potencia. Pero en este milagro se significa otro cambio, que es también obra del poder de Dios y que es mucho mejor y más saludable para nosotros: todos nosotros hemos sido llamados a las bodas espirituales, en las que Jesucristo, nuestro Señor, es el Esposo.

En este misterio de la salvación no podía faltar la Virgen María, unida indisolublemente al misterio de Cristo, su Hijo, como muy bien nos lo indica el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 53). María es la Madre del Redentor, y, en consecuencia, asociada a la obra de la salvación. Ella coopera con el Hijo en la obra redentora. Éste, y no otro, es el trasfondo teológico que se encierra en el corto, pero profundo e intenso diálogo que se establece entre Jesús y su Madre, a propósito de la falta de vino. María, la Madre, constata y advierte el hecho, es decir, la necesidad humana: «No tienen vino». Jesús recoge esta invitación-petición, respondiendo de un modo enigmático: <<Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora».

La «hora», al entender de los especialistas en Sagradas Escrituras, más que la indicación de un principio de algo, es una categoría teológica que San Juan utiliza para indicar el momento de la plenitud de Jesús: el de su Pasión-Muerte-Resurrección y glorificación junto al Padre. A pesar de todo, la Virgen Madre, con extrema sencillez y dulzura, así como con una gran confianza en el poder de Dios, le dice a los sirvientes: «Haced lo que Él os diga». Jesús actúa, y convierte el agua en vino únicamente porque ésa era la voluntad del Padre, que María, desde su silencio y generosidad, acoge en lo profundo de su corazón.

«Haced lo que Él os diga», ¡qué hermosa jaculatoria para que nosotros la pensemos y meditemos muchas veces a lo largo de nuestra vida! Convirtámosla en lema de nuestra vida. Hagamos siempre lo que Cristo nos diga.

Cuando estéis implicados en tramas y problemas casi insalvables, «haced lo que Él os diga». Cuando os encontréis en medio de dificultades insolubles que os torturan y desasosiegan, «haced lo que Él os diga».