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Segundo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 15 de enero de 2017

Texto bíblico:

Is 49,3.5-6: Te hago luz de las naciones.
1 Cor 1,1-3: Gracia y paz os dé dios, nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor.
Jn1,29-34: Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

 

Una de las preguntas que con más fidelidad pueden medir la autenticidad de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano es la que apunta directamente a la identidad de Jesucristo: ¿Conocemos a Jesús? ¿Sabemos quién es realmente Jesucristo? Porque aquí de lo que se trata no es sólo de un conocimiento de la razón; aquí también hay que hablar de un conocimiento del corazón, como elegantemente apuntó Pascal. Conocer a Jesucristo implica identificarse con Él y con su obra de salvación, vivir con las claves y pautas de vida del Evangelio que él proclamó.
Dios pasa una y otra vez por nuestra vida. Su mirada se cruza con la nuestra y, sin embargo, no acabamos de detectarlo porque Dios sigue siendo una de nuestras grandes asignaturas pendientes. Sentimos deseos y nostalgia de Dios pero no sabemos de qué Dios se trata. Cuando hablamos de dios, no es de Dios de quien hablamos, sino de las teorías intelectuales sobre Dios porque no conocemos ni experimentamos la vida de Dios. Ésta fue la íntima intuición de San Agustín cuando afirmaba: <<Temo a Dios que pasa>>. Es decir, temo que en ese <<cruzar de Dios>> por mi vida, me pase totalmente desapercibido.
Nosotros, tú, yo, el de más allá, ¿conocemos a Jesús? ¿Le hemos encontrado? ¿Le hemos reconocido? ¿Le hemos hablado? Es decir, ¿la fe ha estremecido las estructuras existenciales de nuestro ser? Porque una cosa está clara: mientas nuestra fe no nos interrogue, no nos inquiera, no nos exija o no nos lance al compromiso, nosotros no conocemos a Jesucristo. Porque la fe no es un creer sin más a un montón de dogmas, de artículos del catecismo; la fe es descubrir a Dios en el corazón y en la vida y enamorarse de Él. La fe es identificarse en cuerpo y alma con el Jesús de los Evangelios, es amar a Jesús y su causa, como proyecto de vida. Aquí radica la distinción entre los que son cristianos sólo de nombre, y los que lo son <<en espíritu y verdad>>. De nada sirve, creer mucho y no vivir nada, como bien argumenta el apóstol Santiago (cf. 2,14-26).
Vivimos en un mundo y en una sociedad en la que, como en su día comentó el filósofo alemán Inmanuel Kant, el hombre ha alcanzado <<la mayoría de edad antropológica>>, ha llegado al cenit de la autonomía personal de sus decisiones sobre sí mismo y sobre sus asuntos vitales, y Dios ha quedado relegado a un segundo o un tercer plano. Es una situación de una clara prepotencia de lo humano y de una pérdida progresiva del sentido de lo divino. En una situación así, ¿cómo encontrar y descubrir a Dios? ¿Cómo sabemos que quien pasa ante nosotros es Dios? ¿No será, acaso, uno de los muchos ídolos que los hombres nos hemos fabricado? Dios, ¿es Dios, o es un sucedáneo de Dios? He aquí un buen racimo de preguntas que nos toca contestar a cada uno en particular, si es que de verdad nos interesa y preocupa Dios.
Una cosa está clara, sólo dios salva; sólo Jesucristo es el auténtico <<cordero de Dios que quita el pecado del mundo>>. Los hombres no salvamos; los ídolos que nos fabricamos, tampoco. Posiblemente seamos <<mayores de edad>> en temas como las libertades, el progreso de la razón o la conquista de los derechos humanos, pero aún somos <<menores>> en el tema de la fe. Hemos crecido en <<estatura humana>> delante de los hombres, pero no hemos crecido en <<sabiduría>> delante de Dios. Lo que más necesitamos los cristianos en estos tiempos de increencias es renovar una y otra vez nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. Estamos necesitados de una conversión profunda y sincera, que tambalee todos los rincones de nuestra vida aburrida, cansada, monótona, vacía. Necesitamos recuperar el sabor de la sal y el brillo de la luz para contagiar a los demás la alegría del encuentro con Jesucristo y con su salvación.
Ser cristiano es vivir, no vegetar. Es encontrarse con Jesucristo, reconocerlo como Dios y amarlo. En esto consiste la fe. Vittorio Messori, convertido al cristianismo, afirma que la clave de que el cristianismo se extendiera en tiempos de los apóstoles estuvo en el entusiasmo y en la coherencia de vida de los mismos cristianos, enamorados de Cristo, identificados con su causa, hasta el punto de afrontar incomodidades, persecuciones e incluso el martirio. Y es que sólo la fe que está avalada por la misma vida es fe misionera y apostólica, capaz de mover montañas.
Mis queridos amigos y hermanos: busquemos a Dios; encontrémoslo; descubramos a Jesucristo como el único <<cordero de Dios que quita el pecado del mundo>>. nos hace falta hoy esa experiencia viva, individual o comunitaria de que no sólo en Jesús podemos encontrar el perdón de nuestro pecado, sino también la fuerza y la gracia que nos lleve a decir como el Bautista: <<Yo lo he visto>>. Y de esta vivencia de fe es de donde surge el testimonio.

 

Fiesta de la Maternidad Divina de María

Domingo 1 de enero de 2017

Texto bíblico:
Núm 6,22-27: El Señor te bendiga y te proteja y te conceda su favor.
Gál 4,4-7: Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer.
Lc 2,16-21: Encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre.

La fiesta de Santa María Madre de Dios abre el año nuevo y nos abre a todos los hombres al misterio de Dios, revelado y manifestado en Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, de quien toma su naturaleza humana. De este modo la Iglesia quiere resaltar la idea de que el centro sobre el que gravita toda la historia de la humanidad, la del pasado, la del presente y la del futuro, no es otro sino Jesucristo, Redentor de la humanidad, y en Jesucristo, María, madre suya y madre nuestra, quien en pura donación de fe acepta con valentía ser <<la esclava del Señor>>. Tres son los puntos de nuestra reflexión en esta fiesta de Santa María:
Primero, con elegancia y sencillez, pero, al mismo tiempo, con suma profundidad, el apóstol San Pablo nos dibuja el misterio de la Encarnación, expresando, así, el corazón mismo de la mariología. María no es grande en sí misma. Es más, María, como bien declara el Concilio Vaticano II en su constitución Lumen Gentium, es <<de la estirpe de Adán>>; es decir, tan humana como tú o como o, una hermana nuestra. La grandeza de María es, más bien, la grandeza de Dios, que se complace en los sencillos y humildes de corazón. Dios se complace en María y le otorga la gracia y el privilegio de ser la madre de su Hijo. Así, María es Madre de Dios, Mater Dei, Theotokos.
Segundo, el evangelista San Lucas centra nuestra atención en el corazón de María, en las cosas que en él <<guardaba>> y <<meditaba>>. Con una gran agudeza intelectual, el filósofo Julián Marías manifiesta que uno de los rasgos característicos de la mujer es su capacidad para la <<interioridad>> y el <<ensimismamiento>>, es decir, la capacidad para reflexionar y leer los acontecimientos de la vida con los ojos del corazón. La Virgen María, se abismó en Dios como su Señor, y por eso entendió el significado de darse y de entregarse a Dios en el Hijo; y en el Hijo a todos los hombres. <<Meditar>> en su corazón simboliza poner junto a Dios su persona y sus actitudes, descubrir a Dios como eje y plenitud de sentido de toda su existencia, contemplar la historia humana como historia divina, pues sin Dios la historia humana está vaciada de contenidos. La historia es, por tanto, historia de salvación.
Tercero, el misterio de la Maternidad Divina de María nos descubre la dimensión de fe de nuestra Madre, la fe entendida como adhesión plena al misterio de Dios sin condiciones ni exigencias de ningún tipo. Es la fe que acepta la voluntad de Dios como voluntad propia y que, en consecuencia, entiende la causa de Dios como causa también propia. María no tuvo otros proyectos de vida que los designios de Dios sobre ella. La fe capacita a María para la entrega sin condiciones al Evangelio, causa del Hijo; por eso hablamos de María como la primera discípula y creyente. La fe de María no es ni más ni menos que la coherencia cabal entre el <<pensar>> y el <<obrar>>, como ya apuntara el apóstol Santiago (cf. 2,14-26), por eso, a la propuesta de Dios, María pronuncia con fuerza y convencimiento interior su Fiar, su <<hágase lo que has dicho>> (Lc 1,38).
Mis queridos hermanos, todos los años por esta misma fecha solemos felicitarnos con un <<feliz año nuevo>>, pero en realidad es una frase estereotipada, que a base de tanto usarla, la hemos despojado de su profundo sentido. Desearnos <<feliz año nuevo>> es desearnos aceptar la novedad de Dios que irrumpe con decisión y fuerza en nuestra vida. Es también abrazar el compromiso y las exigencias de la fe que nos lanzan a alumbrar la salvación de Dios a todos los hombres (cf. Mt 28,19). Cada año nuevo no es un año más sino un hermoso don de Dios, una nueva oportunidad de Dios para que trabajemos a fondo en su viña, en el campo de su mies. Santa Teresa decía que <<si no conocemos lo que recibimos, no despertamos para amar>>. En la misma línea se pronunció el Abbé Pierre: <<Vivir –decía- es un poco de tiempo concedido a nuestras libertades para aprender a amar y prepararnos así para el encuentro definitivo con el Amor Eterno>>.
Mis queridos amigos todos, hoy es un día para contemplar a María, nuestra Madre, como modelo de fe, de entrega y de fidelidad a Dios. Tres verbos que resumen en un solo trazo la esencia última del cristiano: modelo de fe porque cree en la Palabra de Dios y la vive; modelo de entrega porque hace suya la causa del Hijo, el Evangelio; modelo de fidelidad porque Dios lo fue todo para ella.
Hablemos hoy a la Virgen colocando nuestras palabras en el corazón y en la vida, porque ella, como Madre nuestra que es, nos espera con los brazos abiertos de par en par para recoger nuestras plegarias y elevarlas al Todopoderoso.
¡Feliz Año Nuevo! ¿Feliz vida nueva en la fe, en la esperanza y en el amor!
 

Cuarto domingo de Adviento

Domingo 18 de diciembre de 2016

 

Texto bíblico:

Is 7,10-14: La Virgen está encinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Emmanuel.
Rom 1,1-7: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Mt 1,18-24: Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de Daniel.

 

El Evangelio de este cuarto domingo de Adviento tiene como personaje central al glorioso San José, padre legal de nuestro Señor Jesucristo. En dicho Evangelio se nos describen las dudas de San José. Las dudas las podemos entender en un doble sentido: bien como dudas objetivas, bien como dudas subjetivas. Las primeras, las objetivas, harían referencia a las dudas que San José tenía sobre la honestidad de María; las segundas, a las dudas que tenía San José sobre su propia dignidad: se pregunta si puede estar tan cerca del misterio de Dios que se ha introducido en su vida. Así, se cruzan y se encuentran las dimensiones moral y teológica, los planteamientos humanos con los divinos, el pudor, la dignidad y la fidelidad de San José con la voluntad de Dios.
Comentaba Eugenio D’Ors que las <<dudas>> de San José son tremendamente aleccionadoras para nosotros, al mismo tiempo que tienen mucho mérito, porque simbolizan al hombre que cree en las cosas a pesar de los temores y de las adversidades. Es el hombre de la fe en Dios y en su palabra, y, en cuanto tal, se fía plenamente de las <<decisiones>> divinas. Es el hombre que se sabe anclado en Dios, y esta certeza moral y existencial le da las fuerzas necesarias para afrontar con entereza los envites de la vida, sabiendo que está cumpliendo en todo momento la voluntad de Dios.
Todos los hombres somos vocación de Dios, encuentro con Dios, y, por tanto, todos somos <<proyectos de Dios>>. Nosotros, como José, entramos de lleno en los planes de Dios. Desde que nos creó, Dios cuenta con nosotros. Por eso, es necesario que nos preguntemos: ¿contamos nosotros con Dios? ¿somos fieles intérpretes y servidores de su voluntad? Para responder a estos cortos pero profundos interrogantes no hay más luz que el claroscuro de la fe.
Dios nos manifiesta diariamente sus planes sobre cada uno de nosotros, pero hay que descubrirlos. La revelación <<en sueños>> que tiene José no significa ni mucho menos que José tiene <<allanado>> el camino de la fe, porque la fe es existencial, sometida a los vaivenes del tiempo y de la historia. Lo único que José descubre en sus <<sueños>> es la voluntad de Dios pero no el Misterio mismo de Dios, ni el por qué de la actuación de Dios, aparentemente, en contra de toda lógica humana. Al hombre sólo le cabe obedecer, no inquirir a Dios.
Cuando San José va notando progresivamente los signos de la maternidad de la Virgen María, recuerda las palabras de ángel: <<no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo>. De este modo, San José sobrepone las condiciones de Dios a los principios de la cultura, la dignidad de Dios a la dignidad humana. Poco a poco va sintiendo cómo el horizonte de Dios llena su vida, a la vez que experimenta el vértigo de lo divino; por ello tuvo la misma sensación de indignidad que traspasó el alma de Moisés en la zarza ardiendo ante el Misterio de Dios.
Pero en José la fe va estrechamente unida a la justicia. El Evangelio nos dice lacónicamente que <<José era un hombre justo>>. ¿De qué justicia se trata? Evidentemente, mis queridos amigos, no se nos habla solamente de la justicia como bondad, equiparando así <<ser justo>> con <<ser bueno>>. Aunque este sentido está presente en el Evangelio y por ello José <<no quiso denunciar a María>> y <<decidió repudiarla en secreto>>, sin embargo, existe una comprensión más profunda del término. La justicia de José hace referencia a que era un hombre cumplidor de la ley, profundamente religioso, fuel y honesto. <<Justo>> es, en suma, el que adopta en cada situación la actitud adecuada, el que sabe ser y estar. Por ello fue justo José, tanto al preguntarse sobre su dignidad ante la cercanía del misterio de Dios en su vida como cuando se llevó a María a su casa.
Mis queridos amigos, la tremenda lección que San José nos da en este último domingo de Adviento es que tanto en lo próspero como en lo adverso, en las circunstancias fáciles y en las difíciles, en las situaciones de oscuridad de la fe así como en las de claridad, siempre sigamos los designios del Señor.
Que por encima de nuestro honor, nuestro orgullo y nuestra propia vanidad, pongamos la gracia de Dios y la voluntad de Dios, que sabe lo que mejor nos conviene. Dejemos entrar en nuestro corazón la luz de la fe que ilumina lo más recóndito, lo más íntimo, lo más interior del hombre: su divinización.
Por eso San Agustín, a propósito de la capacidad que el hombre tiene de ser hijo de Dios, comentaba que verdaderamente lo somos, puesto que Dios es más interior a nosotros que nosotros mismos. Dios es más interior a mí que la intimidad que yo lleve en el hondón de mi alma y de mi corazón.
La figura de San José es hoy nuestro modelo. Si de verdad somos justos, buenos y comprometidos cristianos, sentiremos, como José, el peso de nuestras debilidades y miserias humanas frente a la grandeza de Dios. Y sin embargo, nada debemos temer. Dios se ha hecho Emmanuel: se acerca a nosotros, se hace uno de nosotros, comparte nuestra vida, para así, elevar lo humano a lo divino.
 

Fiesta de la Natividad del Señor

Domingo, 25 de diciembre de 2016

Texto bíblico:
Is 9,2-7: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande.
Tit 2,11-14: Ha aparecido la gracia de Dios.
Lc 2,1-14: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres.

Mis más sinceras felicitaciones por el nacimiento de nuestro señor y Redentor, que se ha hecho hombre y ha puesto su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14), mostrándonos, así, su infinito amor y su misericordia.
Año tras año celebramos esta solemne fiesta de la natividad del Señor; año tras año adornamos nuestras casas con guirnaldas, serpentinas y oropeles; año tras año montamos nuestros decorativos belenes; es decir, año tras año cumplimos con los ritos ornamentales externos que nos recuerdan que estamos en Navidad. Y, sin embargo, año tras año no adornamos lo suficientemente nuestro interior, no nos concienciamos adecuadamente para celebrar la Navidad en toda su realidad espiritual y religiosa.
Cuando el Hijo de Dios nació en Belén, el mundo era ajeno a ello –como suele suceder casi siempre, porque al mundo casi nunca le han importado en absoluto las cosas de Dios-, estableciendo un constante divorcio entre lo humano y lo divino, ¿por qué? Porque al mundo lo único que le ha importado y le importa son las conquistas humanas que hacen del hombre un dios. Es la soberbia de la vida que incapacita para reconocer a Dios en la debilidad de la carne.
Dios no es reconocido ni aceptado porque su modo de actuar contraviene el modo de actuar del mundo. En efecto, la Navidad se hizo realidad en una cueva al amparo del firmamento como techo, del aliento de los animales como abrigo y de un pesebre como cama. El signo de la Navidad es el signo de la humildad: la insignificancia de un niño pobre, desvalido, sin apellidos importantes, y no las grandezas de los hombres. Por eso se preguntaron los poderosos y nos preguntamos nosotros en la actualidad, ¿cómo este niño que ha nacido en semejantes condiciones puede ser Dios?
La pregunta sigue abierta. A este respecto comenta acertadamente San Gregorio Nacianceno: <<El que es, nace; se hace creado quien no lo es; el infinito se hace extenso; el que enriquece, mendiga. Se empobrece tomando mi carne para que yo me enriquezca con su naturaleza divina. Se vacía quien está repleto de todas las cosas, pues verdaderamente, durante un breve tiempo se vació de su gloria para que yo participara de su plenitud>>.
Mis queridos amigos, si no nos hacemos pobres como los pastores, nunca podremos reconocer a Dios en la realidad del pesebre, en la debilidad, en la humillación. Si no nos armamos con los ojos de la fe, nunca adornaremos nuestro interior de la luz de Dios, seguiremos estando en tinieblas, aunque externamente nuestra vida parezca que resplandece.
Año tras año celebramos la Navidad pero ¿sabemos lo que estamos celebrando? No me refiero al saber intelectual, sino al saber del corazón, al saber de la vida, al saber de la fe. Para muchos cristianos –enigualad de condiciones con los no cristianos-, la Navidad no pasa de ser, en el mejor de los casos, una fiesta sociológica en la que el centrogravita en los regalos, en las luces, en el árbol de Navidad y en sus adornos, en el bullicio y la charanga. Pero esto en nada se parece a la Navidad cristiana que tiene como centro a Dios y su historia de salvación.
Celebrar la Navidad es celebrar la salvación de Dios a los hombres, y, por tanto, celebrar que Dios me ha salvado y continúa salvándome. De ahí la necesidad de convertir nuestro corazón en un sencillo pero majestuoso portal de Belén. Viviremos la Navidad en la medida en que le demos cabida a Dios en el pesebre de nuestra vida y desechemos las soberbias que nos atenazan.
El mundo necesita de hombres y mujeres que vivan y anuncien la salvación de Dios. El mundo necesita de mi vivencia de Dios, de la celebración cristiana de mi Navidad, del pesebre de mi corazón en el cual ha nacido el Hijo de Dios. Nuestro mundo está desorientado, perdido, porque hay demasiados redentores que no redimen, demasiados salvadores que no salvan, demasiados propagandistas de paraísos falsos. El mundo tiene necesidad de Dios, y cada uno de nosotros está obligado a <<dar>> Dios al mundo.
Mis queridos amigos, como cristianos tenemos mucho trabajo que hacer. Dios ha puesto todo en nuestras manos. El mundo entero con sus inmensos problemas de hambre, guerras, injusticias y sufrimientos es nuestro frente de trabajo Es ahí donde tenemos que alumbrar con la luz de nuestra Navidad. Ser testigo del amor de Dios en el mundo.
Testimoniar amor en su vertiente más viva, <<amor samaritano>>; consoladores de los pobres, de los enfermos, de los abandonados, de los marginados, de los necesitados de cariño, de los que lloran. Éste y no otro es el auténtico mensaje de la Navidad.
Mis queridos amigos, os reitero mi felicitación: ¡Feliz Navidad!, ¡feliz nacimiento y acogida de Dios en nuestras vías! Que Dios nos inunde con su paz y su bondad. Muchas felicidades.
 

Tercer domingo de Adviento

Domingo, 11 de diciembre de 2016

 

 

Is 35,1-6.10: Dios vendrá y nos salvará.
Sant 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
Mt 11,2-11: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti.

 

Hoy celebramos el tercer domingo de Adviento, llamado también dominica laetare, porque la liturgia de la Eucaristía se inicia con una invitación a la alegría por la proximidad del Señor. Los mismos ornamentos rosas, que de un modo excepcional hoy se nos permite usar en la celebración de la misa, están indicando esta misma alegría y gozo salvífico. Por otra parte, la reflexión que hoy nos ofrecen las lecturas de la Palabra de Dios nos invita a operar en nuestra vida cambios profundos y significativos y, al mismo tiempo, a apostar por actitudes valientes y decididas. Uno de los mejores teólogos que asistieron al Concilio Vaticano II, el padre dominico Yves Congar, comentaba que la venida al mundo de Jesucristo había supuesto la abertura de una brecha que se abre en la humanidad, tanto para los creyentes como para los no creyentes; para los creyentes porque de un modo decidido han apostado por Cristo con todas sus consecuencias; para los no creyentes porque de un modo decidido han apostado por Cristo con todas sus consecuencias; para los no creyentes porque tienen el comezón de la duda, tienen que dar un paso de audacia que, o bien no se atreven a dar, o bien necesitan de una mano amiga para darlo. Esta brecha es, sin duda alguna, el tema central de la liturgia de hoy. Es una llamada que se nos hace para que nos situemos, para que tomemos postura por la causa de Jesús. Ante la proximidad de las fiestas de Navidad, preparamos nuestros hogares con gusto y exquisitez, nos reunimos en familia o multiplicamos las celebraciones. Sin embargo, ¿hay un lugar para Dios? Es necesario que nos preguntemos: ¿la Navidad nos deja en lo profundo de nuesrta alma una mayor paz interior o, por el contrario, todo es oropel y algo ficticio, puramente mundano, que retorna con nuestra existencia de nuevo a la vulgaridad? ¿Acaso lo que Jesucristo nos pide en esta Navidad no es algo más que una simple alegría transitoria?
Ciertamente, lo que Jesucristo nos está pidiendo es que en la vida tomemos parte por Él, que llenemos nuestra existencia de un ideal, que orbitemos en la misma órbita de Jesucristo si es que realmente queremos ser felices.
El Evangelio de hoy es claro al respecto. Juan bautista llenó su vida con la causa de dios, con el testimonio de la verdad. Pero, con la intención de dar una mayor profundidad a los hechos, el evangelista San Mateo incide en la importancia de la predicación de Juan y en la grandeza de la obra de Jesucristo. Por ello, Juan Bautista, por medio de sus discípulos, pregunta a Jesús: << ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? >>. La respuesta de Jesús no se hace esperar: <<Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen […] y a los pobres se les anuncia la buena Nueva>>. Es decir, el Reino de Dios ha irrumpido con fuerza en la historia humana y la salvación de Dios es una realidad palmaria, no un sueño. Esto es lo que significan los milagros antes relatados. Por ello, más que de la dimensión física de los milagros, de lo que se habla es de la capacidad del Evangelio para ilusionar, para llenar de sentido la vida.
Así pues, no se trata tanto de que un ciego vea la luz o de que un leproso quede curado de su mal, sino que lo verdaderamente importante es que ese ciego ha vuelto a ver la luz de la ilusión y ha comenzado a descubrir un nuevo ideal, un nuevo sentido y una nueva orientación que llena su existencia. Lo mismo sucede con el leproso, quien ha encontrado algo más que la curación de la lepra, ha encontrado la satisfacción de hallar en Jesucristo esa brecha que Él nos ha abierto y por la cual nos quiere conducir siempre en su sendero. Él es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida (cf. Jn 14,6). Los curados se han encontrado frontalmente con el Evangelio, es decir, con la Buena Nueva, y la han aceptado; han entendido que la plenitud del sentido de la vida está por encima y tiene que ser afirmado ante cualquier circunstancia, bien sea de salud o de enfermedad.
San Francisco de Asís, hablando sobre la Navidad, comentaba que cuando el Niño Jesús nacía traía colgada en sus manos la ternura, la paz, la ilusión, la alegría. Es lo que Jesucristo le anunció entonces al Bautista y nos anuncia hoy a nosotros: que no hay más camino de salvación que el que él mismo anuncia y encarna.
Las Navidades simbolizan la ternura del amor de Dios que se ha hecho hombre por nosotros. Por tanto, le vamos a pedir al Señor que en estas próximas fiestas de la luz y del color, más que de oropeles y de cosas vanas, con las cuales también disfrutamos, nos conceda un profundo amor familiar, una fina y profunda sensibilidad para la solidaridad, la justicia y la paz, y un agudo sentido para descubrir a Dios en medio de la luminosidad de las calles, alumbradas con la luz de la ilusión, o en el rincón más escondido de nuestros humildes belenes navideños.