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Quinto domingo de Cuaresma

Domingo 2 de abril de 2017

 
 
Ez 37,12-14: Os infundiré mi espíritu y viviréis. 
Rom 8, 8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida.
 
El Evangelio de San Juan nos habla hoy de un relato muy conocido por todos nosotros: la resurrección de Lázaro. Posiblemente lo primero que se nos ocurre es pensar en el poder de Dios y en su capacidad para realizar todo tipo de milagros, hasta incluso resucitar a un muerto. Pero, posiblemente también, no advirtamos que detrás del milagro, que es lo primero que salta a la vista, haya un mensaje de gran calado. Por eso, interpretando a San Juan, Lázaro, con la tumba que albergó su cuerpo durante cuatro días, no es sólo el personaje histórico del tiempo de Jesús, es también cualquiera de nosotros, cualesquiera de los cristianos que estamos muertos por el pecado y que, por tanto, necesitamos de la gracia de Dios, la única que puede devolvernos a la vida. El que cree en Jesucristo y sigue a Jesucristo, si lo posee en su interioridad y se deja poseer por él, vive feliz.
Lo mismo que Marta, la hermana de Lázaro le dice a Jesús: <<Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano>>, también cada uno de nosotros podríamos decirle: <<Señor, si hubiésemos estado más cerca de ti, no nos habrían pasado las cosas que nos han pasado>>. Y lo mismo que Jesús lloró por Lázaro, también llora por nosotros. Jesús llora por cada uno de nosotros, porque nos quiere, y nos quiere felices, reconducidos hacia la vida verdadera que dimana del mensaje evangélico.
Esta experiencia personal de la cercanía de Cristo, es también una experiencia social. Si la sociedad estuviera más cerca de Cristo, si no se hubiera retirado de él, otro color tendrían las cosas que acontecen en ella. Vivimos horrorizados con tanta maldad, con tantos crímenes, con tanto terrorismo, con tanta lascivia, con tanta persecución al inocente. Los hombres no están cerca de Cristo; si cabe, se encuentran cada día más alejados de él. Algo huele mal en la sociedad; algo huele mal en cada uno de nosotros, como olía el cadáver putrefacto de Lázaro; algo que hay que cambiar y convertir, algo que hay que cortar, algo que hay que orientar. Cada cual sabe, o tiene que saber, qué huele en él, y, en consecuencia, qué ha de cortar y extirpar. 
Tenemos que convertirnos e iniciar unas jornadas de puertas abiertas: <<Abridle las puertas a Cristo, no temáis. Abridle las puertas a Cristo>>, exclama el papa Juan Pablo II. No hace mucho, en un rápido viaje a Francia, entré en una iglesia de un pequeño pueblo. Al lado del altar había una especie de pancarta que rezaba así: <<Dejaos envolver por Jesucristo>>. Es lo que nos hace falta a todos, que nos seduzca Jesucristo, que sea nuestro guía, que sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Sólo así conseguiremos la verdadera dicha, la verdadera felicidad, la verdadera alegría, <<muy difícil de conseguir, y muy fácil de perder>>, en el decir de Richer. 
El mundo está roto en mil pedazos. El hombre está dividido y fragmentado. El mundo vive inmerso en la división, en el escándalo cada día más grave de la corrupción y la falsedad. Los valores de la persona están invertidos. La persona humana soporta la carga pesada de las soledades y los sufrimientos, de las guerras y de las enfermedades más terribles y misteriosas. El hombre necesita urgentemente una inversión a favor del hombre. Hace falta que nos entusiasmemos con Jesús y su obra de salvación.
El cristiano debe primero construir <<su mundo>> interno, y, después, construir el mundo. Como Jesús, tiene que aprender a resucitar cada día para ayudar a los demás a resucitar, a salir de sus miedos, de sus dudas, de sus enquistamientos personales, para que puedan abrirse al don de Dios, de modo que cuando Cristo, como a Lázaro, les diga: <<Salid fuera>>, o hagan.
La expresión más bella de todos los tiempos, la frase que nos hace más feliz: <<Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, no morirá para siempre>>, es la que tenemos que grabar a fuego en lo profundo de nuestro corazón. Jesús es la Vida. Quien cree en Él encuentra la clave del sentido de su vida; es feliz. Por eso, la muerte es la completa ausencia de la felicidad, del amor, de la alegría, del sentido de la vida, en una palabra.
El escritor Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a rondarle la cabeza, solía apostarse a las puertas de las iglesias para ver los rostros de los que de ellas salían. Después de repetir varias veces la misma operación, su conclusión no fue otra que ésta: <<Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos>>.
¿Dónde se quedó vuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta los santos los hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores, e ignoramos todo el gozo interior de encontrarnos con Dios en su alma. Posiblemente Dios se nos haya vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su sabor.
 

Cuarto Domingo de Cuaresma

Domingo 26 de marzo de 2017

 
 
1 Sam 16,1.6.7.10-13: David es ungido rey de Israel.
Ef 5,8-14: Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor.
Jn 9,1-41: ¿Crees tú en el Hijo del hombre?
 
 
La dinámica de la conversión, tema central de la Cuaresma, es progresiva, según la propia pedagogía de la fe. En los domingos anteriores hemos visto qué implica la conversión y cuáles son sus pasos. Con el acierto y la profundidad de sus relatos, el evangelista San Juan ha situado la conversión en el corazón del hombre, sediento de Dios y, por tanto, necesitado del agua viva de la salvación para saciar plenamente su sed. En el Evangelio de hoy Jesús muestra la otra gran necesidad del hombre de todos los tiempos: la luz que ilumina el sentido último de su vida.
Decía el  filósofo Platón que la función de la luz es iluminar, pero que un exceso de luz en los ojos, como nos ocurre cuando miramos directamente al sol, acaba por cegarnos. De ahí que tan ciego está uno que queda deslumbrado por los destellos de los rayos de la luz como e lque permanece en la oscuridad total. Ambos necesitan de la transparencia y claridad de la luz que les libre de sus respectivas cegueras. Ambos, por tanto, necesitan reconocer que se encuentran ciegos. Es el primer paso en el camino de la conversión. Por eso, si no reconocemos nuestras propias deficiencias nunca tendremos necesidad de aquello que nos hace falta –lo que no quiere decir que no lo necesitemos- y, en consecuencia, nunca iniciaremos el proceso de la conversión que nos devuelva paulatinamente la vista.
La escena del Evangelio de hoy es bien conocida: Jesús cura a un ciego de nacimiento. Es una escena que tiene una polémica de fondo bien precisa: la lucha continua de Jesús con los fariseos, guías ciegos que conducen a otros que están tan ciegos o más que ellos. Pero detrás de los personajes que configuran la escena, se nos manifiestan las actitudes de vida que uno y otros encarnan.
El ciego de nacimiento es el símbolo de la actitud positiva ante el don de la salvación que Dios le ofrece. El ciego sabe que está ciego, y es este <<saber>> el que lo capacita para abrirse a la luz de Dios. Sólo quien sabe de sus cegueras puede curarse de ellas; sólo quien toma conciencia de las oscuridades de su vida hace todo lo posible por salir de ellas; sólo quien se da cuenta de que en su vida está falto de Dios, inicia el camino de búsqueda y encuentro con Dios.
Los fariseos son el símbolo de la actitud negativa y de rechazo de la salvación de Dios. Son tan ciegos o más que el ciego de nacimiento, pero con una gran diferencia: no <<saben>> que están  ciegos, y, por tanto, están incapacitados para la conversión. ¿Cómo pueden necesitar la salvación de Dios si no reconocen que están necesitados de ella? Por eso en los fariseos se produce una de las grandes paradojas de la vida: el exceso de luz les ciega. Saben tanto, se creen tan cumplidores de la ley y, por tanto, tan buenos, que no necesitan de ninguna salvación. Ya están salvados. Es el pecado de la soberbia, propio de quienes se creen con derecho a todo, pasando por alto al mismísimo Dios. También los cristianos de hoy tenemos que preguntarnos por nuestras cegueras, porque a veces tanta claridad, como al os fariseos, nos deslumbra y nos impide iniciar el proceso de la conversión del corazón.
Hay distintas clases de cegueras. En primer lugar, hablamos de la ceguera de la perfección, que se caracteriza por <<creerse>> uno totalmente bueno o, en su defecto, exento de todo pecado, según el dicho: <<Yo ni robo, ni mato, ni hago mal a nadie>>. En uno y otro caso la cuestión es siempre la misma: ¿qué necesidad tengo yo de Dios, si ya soy un santo? Así, la ceguera de la perfección nos imposibilita totalmente para acceder a la luz de Dios. Una buena pedagogía de la conversión requiere que comencemos por reconocernos relativos y limitados, sabiendo que no hay nadie totalmente santo sino Dios. Ésta fue y es la idea motriz que sigue impulsando a las personas santas de todos los tiempos.
En segundo lugar, está la ceguera de la ortodoxia, que se caracteriza por pensar que con cumplir y ser fiel al pie de la letra con lo que manda la Iglesia ya se está salvado, según el dicho: <<Soy un buen cristiano porque cumplo todos los mandamientos de Dios y de la Iglesia>>, sin advertir que no salvan nuestras obras, sino Dios. Está bien y es necesario cumplir con todo lo que Dios y la Iglesia mandan, pero siempre y  cuando partamos de un corazón que confía en la gracia de Dios y no en sus solas fuerzas. Igual que en la ceguera anterior, una buena pedagogía de la conversión requiere que seamos humildes y sencillos, porque las obras por sí solas no salvan si Dios no está animándolas. No salvan las obras en sí, sino el cariño, el amor y la entrega que en ellas pongamos al realizarlas.
En tercer lugar, están las cegueras de cada día: nuestras vanidades, nuestros caprichos personales, nuestras terquedades, nuestros egoísmos refinados, nuestras falsas generosidades… que poco a poco van oscureciendo la luz de Cristo que ilumina nuestra vida. Una buena pedagogía de la conversión requiere que no dejemos pasar las oportunidades diarias que Dios nos ofrece a fin de reconocer nuestros fallos y pedir perdón por ello. Hemos de tener en cuenta el adagio: <<Lo poco, con el tiempo es mucho>>. Si no nos educamos en la conversión diaria nunca nos convertiremos del todo; si no reconocemos nuestras pequeñas cegueras, difícilmente podremos reconocer las de mayor importancia; si corremos el riesgo de quedarnos ciegos. 
Mis queridos amigos y hermanos, analicemos cada uno las cegueras de nuestra vida, convirtamos el corazón al Señor y dejémonos inundar por la claridad de su luz.
 

Séptimo domingo de tiempo ordinario

Domingo, 19 de febrero de 2017

 

PRIMERA LECTURA
 
LECTURA DEL LIBRO DEL LEVÍTICO (19,1-2.17-18):
 
EL Señor habló así a Moisés:
«Di a la comunidad de los hijos de Israel:
"Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás
de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no
cargues tú con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni
les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Yo soy el Señor"».
 
PALABRA DE DIOS
 
SALMO
 
Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13
 
R/. _El Señor es compasivo y misericordioso_
 
V/. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.
 
V/. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura. R/.
 
V/. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.
 
V/. Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen. R/.
 
SEGUNDA LECTURA
 
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS
(3,16-23):
 
HERMANOS:
¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en vosotros?
Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque
el templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros.
Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo,
que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está
escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también:
«El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce
que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro:
Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo
futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo Y Cristo de Dios.
 
PALABRA DE DIOS
 
 
EVANGELIO
 
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,38-48):
 
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo
os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te
abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera
ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien
te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide,
dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu
enemigo".
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os
persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace
salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e
injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen
lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros
hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también
los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es
perfecto
 
 
 
Lev 19,1-2.17-18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 
1 Cor 3, 16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo, Cristo de Dios.
Mt 5,38-48: Amad a vuestros enemigos.
 
 
Las reflexiones espirituales y cristianas que en este séptimo domingo del ciclo ordinario nos ofrece nuestra Madre la Iglesia giran también en torno al Sermón de la Montaña. 
A una sociedad inmersa en la vida de empresa, le suena a <<cuento chino>> lo que hoy nos dice el Evangelio: <<Si te dan una bofetada en una mejilla, pon la otra>>, en oposición direct al uso común del mundo empresarial, en el que priman los empujones y las zancadillas de unos contra otros, porque lo que importa es el éxito, el poder, el querer dominar a los demás sin importar para nada el <<amor al prójimo>>. En la misma dirección podíamos hablar de las otras sentencias de Jesús: <<Si una persona te pide que camines con ella durante una milla, acompáñale dos; o si alguien te pide un vestido, dale también la capa>>. Las propuestas de Jesús se parecen más a unas propuestas propias del mundo de los sueños que a unas propuestas del mundo de la realidad. O, en todo caso, las propuestas de Jesús, como mucho, sirven para ciertos grupos reducidos de vida cristiana, al estilo de las primeras comunidades evangélicas. 
Por otro lado, las anteriores propuestas de Jesús parecen entrar en contradicción con otros dichos y hechos del mismo Jesús. Así, por ejemplo, Jesús nos conmina a poner la <<otra>> mejilla, y, sin embargo, Él, en la noche de su pasión cuando lo abofeteaban no puso la otra mejilla, sino que se volvió a uno de los soldados y le dijo: <<si he faltado en el hablar, declara en qué está la falta; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?>> (Jn 18,23). Con todo, en el Evangelio pasa lo que en el refranero español, que las cosas hay que entenderlas bien. Todo tiene su filosofía y su verdad.
Jesús insiste una y otra vez: <<Amad a vuestros enemigos porque, ¿qué mérito tenéis en amar a los amigos? Esto también lo hacen los paganos>>. Es una máxima típicamente cristiana, aunque los hombres de la humanidad de mayor altura moral, como le pasó a Buda, ya atisbaban un cierto deber que tiene el hombre ético y el hombre honesto de perdonar al hombre que le hace una ofensa. Hay un texto de Buda que tiene una gran semejanza con la anterior máxima de Jesucristo. El texto es el siguiente: <<Aún cuando los ladrones y asesinos os aserrasen un miembro tras otro y os encolericéis en vuestro corazón, incluso en este caso, debéis de actuar de la siguiente forma: No queráis pensar nada injusto, no dejéis escapar ninguna mala palabra, nosotros queremos mantenernos amables y compasivos, con buen corazón, sin odio oculto>>.
A nosotros se nos hace una montaña tener que perdonar, <<incluso a nuestros enemigos>>, pero lo cierto es que en el interior de cada persona humana siempre hay un rescoldo de verdad, de justicia, de positividad. Nadie es malo en su totalidad, por eso siempre cabe el perdón. Lo importante es que con los ojos del corazón, que son los ojos de la fe, descubramos lo que de bueno hay en las personas, en todas las personas, incluso en aquéllas que son enemigas. Sólo desde una visión positiva de los demás estaremos en condiciones de ofrecerles nuestro perdón en sus desvaríos. A este propósito, me comentaban de una película sobre la Segunda Guerra Mundial en la que un oficial del ejército discriminaba a otro oficial por no haber hecho determinadas muertes, a lo que éste le contestó: <<Cuando tú ves a un hombre a unos trescientos metros tuyos lo ves como tu enemigo, pero cuando ese mismo hombre lo ves sólo a tres pasos es un hombre con toda la carga de humanidad, con nombre propio. Entonces, ya no es tu enemigo, sino tu hermano>>.
Decía Martin Luther King que la violencia y el hacer el mal a los demás, porque los considero enemigos míos, sólo produce una carga y una revolución continua de violencia, de ofensas y de luchas intestinas. 
Eso mismo le pasa a Dios con nosotros. Nosotros con nuestros pecados nos oponemos a Dios, en franca enemistad con Él, pero Dios ve en nuestro corazón, nos perdona y nos quiere como hijos; por eso le rezamos: <<Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden>>. Por tanto, de nada vale participar de la Eucaristía y cumplir al milímetro con nuestros preceptos si saliéramos de nuestras iglesias con el corazón cargado de odio hacia nuestros enemigos.
 

Tercer domingo de Cuaresma

Domingo, 19  de marzo de 2017

 
Éx 17, 3-7: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?
Rom 5,1-2.5-8: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
Jn 4,5-42: Adorarán al Padre en espíritu y verdad.
 
Las tentaciones, innumerables en cantidad y en calidad, nos asaltan ininterrumpidamente durante el decurso de nuestra vida. Todos tenemos experiencia de esta aciaga y amarga realidad. Sin embargo, todas las tentaciones se reducen a tres: la tentación del materialismo, la tentación del cientifismo y la tentación del poder. Tres tentaciones que compendian en un solo trazo la hondura del mal que asalta constantemente al hombre; tres tentaciones que apuntan directamente a la soberbia de la vida: el <<querer ser dios>> del verdadero Dios. De ahí la certera y radical pregunta que pone al descubierto las verdaderas intenciones del alma humana: <<¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?>>.
Es la pregunta central que se hace el pueblo de Israel en su larga travesía por el desierto, y que a su vez constituye toda una pedagogía de la fe para los creyentes de hoy. En efecto, el pueblo de Israel nunca acabó de confiar –esto es la fe- en Dios. Una y otra vez le exigía pruebas de su poder como conditio sine que non para creer. Ante las dificultades materiales, como cruzar el mar Rojo, paliar el hambre y la sed en un contexto tan hostil e inhóspito como el desierto, el pueblo de Israel duda una y otra vez: <<¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?>>. Lo que Dios ha hecho por su pueblo en anteriores ocasiones de nada vale. ¿Por qué? Sencilla y lisamente porque su fe es una fe superficial, sin fondo teológico. La relación del pueblo de Israel con el Señor no partía de la confianza y del amor a Dios, sino del más mezquino interés: Dios nos interesa siempre y cuando nos ayude a salir de los apuros. Por eso, ante nuevas dificultares que se plantean surge de nuevo la inseguridad, la incertidumbre, el no saber a qué atenerse.
Es también la amarga realidad que nos asalta y azota a los creyentes de hoy. Ante un mundo que se presenta como todopoderoso, ¿para qué seguir creyendo en Dios?; ante el milagro de la ciencia y de la técnica, capaz de solventar todas nuestras dificultades y necesidades materiales, ¿para qué seguir creyendo en los milagros de Dios? Por eso la gran tentación de esta hora es prescindir de Dios por inútil e inservible. Dios no hace milagros –dice el hombre de la técnica- porque el hombre lo puede todo. Así, los creyentes nos vamos posicionando en las filas de quienes han convertido la técnica en dios, sucumbiendo a la tentación que nos habla de la <<muerte de Dios>>, en el decir de Nietzsche. Es entonces cuando surge la pregunta: <<¿está o no está Dios en medio de nosotros?>>; es decir, ¿para qué sirve creer? ¿Necesitamos realmente a Dios?
Jesús en el Evangelio, como en tantas y tantas ocasiones, abre las puertas de nuestras inquietas y graves preguntas. El hombre ebrio de autosuficiencia acaba por secarse y morir. No es Dios quien muere, sino el hombre. El cristiano que, contagiado del más sórdido materialismo, ha dejado de confiar en Dios, de creer en Él, de amarlo con todo su ser, con toda su mente y con todo su corazón, es un cristiano que ha perdido la esencia de su vida y su señal de identidad. es como la sal que se ha vuelto sosa o la luz que ya no alumbra, por seguir el paralelismo evangélico.
Jesús nos invita, como invita a la samaritana, a la conversión, que tiene un único centro: el encuentro entre dios y el hombre. Dios se acerca al hombre, a nosotros; pero cada uno de nosotros tenemos que iniciar el camino de vuelta al Padre. Frente a las felicidades materialistas que nos proporcionan los falsos ídolos del dinero, del poder, del placer o del consumo, que no son dadoras de sentido y que no llenan nuestro corazón -<<el que bebe de esta agua vuelve otra vez a tener sed>>-, Dios nos da el agua viva de su gracia, de su amor, de su misericordia, que llena de sentido todo el horizonte de nuestra vida; por eso, <<ya nunca más volveremos a tener sed>>. Dios, y sólo Dios, es el único y verdadero Dios. 
Pero, ante esta benevolencia divina, los cristianos tenemos que iniciar el camino de vuelta a Dios: <<Señor, dame esa agua>>, dame tu gracia. Aquí me tienes, perdona mis pecados. Confío en ti. Tú solo eres mi Dios. Es la fe que ha iniciado lo que Von Balthasar llama la <<reestructuración de la persona entera>>. Es la fe que ya no titubea, aún en medio de los avatares que son constitutivos y constituyentes de la vida.
Salir al encuentro de dios supone amar a  dios con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas. un amor que, como tantas veces hemos repetido, es extensivo a los demás- Por eso, todo encuentro con Dios supone un salir de <<sí mismo>> para ir al encuentro de los demás, sobre todo de los más necesitados. Queridos hermanos, saquemos dos consecuencias para nuestra vida: primera, que sólo el amor de Dios llena en plenitud nuestro corazón frente a otros amores vacíos y sin fondo. Segunda, no hay más ni mejor proyecto de vida que amar a Dios, amando intensamente a nuestro prójimo.
 
 
 

Sexto domingo del tiempo ordinario

Domingo, 5 de febrero de 2017

 

PRIMERA LECTURA:
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS (58,7-10): “ENTONCES ROMPERÁ TU LUZ
COMO LA AURORA”
ESTO dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: "Aquí estoy".
Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».

SALMO RESPONSORIAL
Sal 111,4-5.6-7.8a.9
R/. _El justo brilla en las tinieblas como una luz_
V/. En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R/.
V/. Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R/.
V/. Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R/.

SEGUNDA LECTURA
LECTURA DE LA PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS CORINTIOS
(2,1-5): “OS HE ANUNCIADO A CRISTO CRUCIFICADO”
YO mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de
Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre
vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este
crucificado.
También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi
palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino
en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se
apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

EVANGELIO DEL DOMINGO
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,13-16): “VOSOTROS
SOIS LA SAL Y LA LUZ DEL MUNDO”
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa,
¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en
lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino
para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas
obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».


Eclo 15,16-21: Dios conoce todas las acciones de los hombres.
1 Cor 2,6-10: Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria.
Mt 5, 17-37: Se dijo a los antiguos […] pero yo os digo.

Una de las páginas más misteriosas de los Evangelios es la que hoy nos pone la liturgia de la Iglesia para nuestra meditación y reflexión cristiana. Por una parte, San Mateo nos presenta a Jesús con la personalidad y la autoridad que emanan de su condición de Hijo de Dios, por eso corrige una y otra vez la interpretación de las leyes del Decálogo. <<Se os dijo… pero yo os digo>>. Pero, por otra, el mismo Jesús sentencia. <<no creáis que he venido a abolir la ley y los profetas>>. Estamos ante una paradoja cuya solución es necesario aclarar.
Lo que Jesús nos está indicando no es ni más ni menos que la superación en la forma de entender e interpretar el Decálogo de moisés. Jesús apunta directamente al corazón del hombre, santuario del ser, fuente de donde mana el auténtico cumplimiento de la ley. La ley no es algo abstracto y frío, que hay que cumplir <<a rajatabla>> y <<al pie de la letra>>, por encima de las situaciones humanas. La ley sólo tiene sentido en cuanto está al servicio del hombre: <<El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado>> (Mc 2,28). Si nos damos cuenta, en medio de las <<superaciones>> que Jesús hace de la ley mosaica aparece el motivo de dichas correcciones: <<Si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos>>. Es decir, Jesús no elimina la ley antigua, sino el modo como la vivían e interpretaban los fariseos: desde un legalismo y un rigorismo inhumanos, que no vivifican al hombre, sino que lo esclavizan.
Frente a la letra de la ley, Jesús opone el espíritu de la ley, el corazón y la vida. La letra mata, el espíritu vivifica. Por eso Jesús amplía el arco de actuación de la ley misma: no sólo lo externo, como pretendían los fariseos, sino también, y sobre todo, lo interno: no sólo los hechos, sino también, y sobre todo, la intención de esos hechos. La ley abarca a la persona entera, a su íntegra dignidad. Porque la ley que Jesús anuncia es la ley nueva del amor, que engloba la ley mosaica, pero no se agota en ella, sino que la supera. La superación de Jesús se centra en tres grandes verdades de vida:
Primera verdad, el respeto físico y moral a la vida humana: <<Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás […] pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado>>. Jesús reitera con fuerza el valor de la vida humana en un contexto social en el que dicha vida no valía nada. Pero apostilla, igualmente, que el respeto a la vida humana pasa necesariamente por respetar y defender los derechos y la dignidad de las personas. La razón no es otra que ésta: el ser humano no es imagen de Dios. Quien mata y quien no respeta a los demás ofende a Dios, y por ello <<merece la condena del fuego>>. El cristiano ha de defender el derecho a la vida; ha de respetar, promover, y defender los derechos humanos, denunciando los casos de flagrantes injusticias que van contra la ley de Dios, como el aborto, la pena de muerte, las torturas, las difamaciones y las calumnias. Igualmente, el cristiano ha de vivir con una profunda actitud de perdón y de misericordia, corazón del amor: <<Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano>>. Todo esto abarca la ley que afirma taxativamente: <<No matarás>>.
Segunda verdad, la honestidad y transparencia de vida que brota del corazón. Al más puro estilo fariseo, podemos vivir la esquizofrenia entre ser y actuar, desligando nuestros hechos de nuestras profundas y vitales actitudes de vida. Por ello, aquí es necesario recordar la conexión interna que existe entre ser y hacer: <<Habéis oído el mandamiento: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su corazón>>. Lo que nos dignifica o nos arruina humanamente es la intención última que se esconde en cada uno de nuestros hechos. Aquí se ve muy claro aquello de la <<letra>> y el <<espíritu>> de la ley. Por eso, Jesús, conocedor del alma humana, advierte con sagacidad: <<Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el abismo>>. Hay que purificar las intenciones y vivir con un corazón limpio.
Tercera verdad, vivir desde Dios y para Dios, único absoluto de nuestra vida. Todo lo que no sea Dios o provenga de Dios acaba ahogando nuestro espíritu. A nosotros nos basta saber bien de quién nos hemos fiado. Lo demás son supercherías y especulaciones dañinas.
En síntesis, la ley de Cristo no acaba con la de Moisés. Le confiere plenitud. Llena de espíritu su letra. La interioriza, aumentando así una exigencia que radica en lo profundo de la libertad. Sustituye los preceptos medibles por principios ideales, y por ello no bastará la vida entera para conseguir su cumplimiento perfecto. Así es el camino del Evangelio: la vida en tensión y en superación constante, que pone en juego y que arriesga la libertad.
Mis queridos hermanos y amigos, pidámosle al Señor que nos ayude a vivir con transparencia y claridad, con un corazón siempre limpio y honesto, de modo que nuestras actitudes avalen nuestros hechos, y, de este modo, como veíamos el domingo pasado, nuestra luz alumbre a los hombres.