NOTICIAS

21 Agosto 2017
Domingo 27 de agosto de 2017 Is 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David. Rom 11,33-36: Dios es origen, guí...
14 Agosto 2017
Domingo 20 de agosto de 2017   Is 56,1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo. Rom 11,13-15.29-32: Los dones y la...
07 Agosto 2017
Domingo 13 de julio de 2017 1 Re 19,9.11-13: Sal y aguarda al Señor, que el Señor va a pasar. Rom 9,1-5: Quisiera ser un proscr...
01 Agosto 2017
Domingo 6 de agosto de 2017 Is 55,1-3: Venid, comprad; comed sin pagar, vino y leche de balde. Rom 8, 35.37-39: ¿Quién podr&...
27 Julio 2017
Domingo 30 de julio 1 Re 3,5.7-12: Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo. Rom 8,28-30: A los que predestin&...

Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

Domingo 17de julio

 
Is 55, 10-11: Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad.
Rom 8,18-23: La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.
Mt 13,1-23: Parábola del sembrador.
 
Jesucristo nos expone hoy una bella parábola: la parábola del sembrador, que salió a sembrar la semilla y la sembró en distintos ambientes, en distintas besanas. Es la parábola que nos habla de la actitud del hombre ante la Palabra de Dios y su mensaje. Por eso, es una parábola cuyo simbolismo encarna la orientación de sentido de toda existencia humana, en cuanto actitud fundamental y radical de vida: o vivir abierto al horizonte de Dios, o vivir de espaldas a él; o vivir descubriendo y conquistando la vocación de Dios que e el hombre, o vivir sumido en el olvido o en el rechazo positivo de dicha vocación. No nos engañemos, en la vida no hay más que opciones, aunque como veremos, la parábola nos habla de cuatro aptitudes. 
La primera actitud podríamos catalogarla como actitud de la superficialidad: oímos, pero no escuchamos, por eso dice San Ambrosio que a Dios lo oímos cuando lo escuchamos. En el fondo, ni Dios ni su Palabra nos importan, desplazando así el centro de gravedad del sentido de nuestra vida: del corazón a la epidermis, de lo interno a lo externo, de lo importante a lo que carece de importancia, de lo permanente a lo efímero, del valor auténtico a los contravalores que nos deshumanizan. Hemos dejado al Dios de la vida para echarnos en brazos de los dioses de la muerte, que como <<pájaros del cielo>> se comen y destruyen lo poco de bueno que hay en cada uno de nosotros.
Estamos acostumbrados a encarnar y vivir el instante, el momento –carpe diem, en el decir latino-, traducido en un rabioso existencialismo vital, que nos induce a vivir, no desde la profundidad, sino desde la banalidad. Por eso, la Palabra de Dios cae en la orilla de nuestro corazón, porque orilla es también toda nuestra vida.
La segunda actitud encarna la inconstancia y el cansancio existencial: oímos y escuchamos, pero no nos comprometemos. La Palabra de Dios cae en una besana que tiene mucho pedregal. De momento nace y crece (oímos y escuchamos), pero, también de momento se seca porque la tierra no tiene mucho jugo (no nos comprometemos).
En muchas ocasiones somos auténticos pedregales con respecto a la Palabra de Dios. Oímos y escuchamos la Palabra de Dios hasta la saciedad, vamos al templo, en nuestras propias casas tenemos la Biblia, y, sin embargo, la Palabra de Dios no pasa de ser para nosotros meras palabras que se las lleva el viento. Nos gusta lo que dice, pero no lo ponemos en práctica, según el refrán: <<Una cosa es predicar; otra, dar trigo>>. Puede más en nosotros la comodidad que las exigencias a que nos invita la misma Palabra de Dios.
La tercera actitud podría ser calificada como la actitud de la hipocresía de vida, que trata de compatibilizar al mismo tiempo dos opciones diametralmente opuestas, distintas y distantes. Servir al mismo tiempo a la Palabra de Dios y a las sugerencias, apetitos y ambiciones que nos plantea nuestra palabra humana. La Palabra de Dios cae en la tierra buena de las intenciones últimas de nuestro corazón, pero pronto los afanes de la vida, la adulación de las riquezas y del poder, las comodidades materiales, pervierten el fondo bueno que hay en nosotros y ahogan todo intento de que la Palabra de Dios arraigue y germine. La conclusión de todo esto es la <<domesticación>> de la Palabra, acomodándola a nuestros intereses. Encajamos las exigencias de la Palabra con nuestros caprichos personales.
La cuarta y última actitud es la de la autenticidad y la coherencia ante la vida. Vivir la vida con sentido; crecer, madurar en la vocación de Dios. La Palabra de Dios cae en buena tierra. Nos mostramos a Dios como somos, y dejamos que él nos inunde con su gracia y su luz. Así aprendemos a confiar en Dios, de tal modo que nada ni nadie puede cercenar esa confianza. Ello requiere comprometerse intensamente con la causa de Jesús y el Evangelio, conjugar la oración con la acción, vivir la vida de la fe que opera por el amor, como bien nos indica el apóstol Santiago (cf. 2,14-26).
Un exegeta, Pronzato, ampliando la parábola de Jesús, ha añadido una quinta actitud de vida ante la Palabra de Dios, oída centenares de veces, no penetra, no cala, no es asimilada ni interiorizada, no remueve nada con profundidad. Simplemente, se deposita, se acumula, en el fondo de nuestro corazón, permaneciendo en él inutilizada.
Mis queridos hermanos, se ha dicho que después de la reforma protestante, nosotros, los católicos, nos hemos quedado con la Eucaristía y ellos con la Biblia. Esto, evidentemente, no es del todo exacto, pero una cierta verdad hay en ello. Quizá sería bueno que comenzásemos por revisar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. Para ello, nada mejor que la lectura serena, pausada, reflexiva de la Biblia. Y sería aún mejor que esa Palabra leída la hagamos vida en nuestra vida.