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Séptimo domingo de Pascua. Fiesta de la Ascensión del Señor.

Domingo, 28 de mayo de 2017

 
Hch 1,1-11: ¿Qué hacéis plantados mirando al cielo?
Ef 1,17-23: Dios Padre resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha en el cielo.
Mt 28,16-20: Id y haced discípulos de todos los pueblos.
 
 
Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos: Cristo resucitado de entre los muertos vive para siempre en el cielo, es decir, en el corazón inmarcesible de Dios. Así, intercede por nosotros ante el Padre y nos proporciona las gracias del cielo para vivir la vida en clave divina, con los ojos y el corazón puestos en la única meta que nos salva y llena de sentido: Dios.
La fiesta de la Ascensión es una llamada constante a vivir la dimensión trascendente de la vida, a verla con los ojos de la fe. Decía el insigne teólogo Karl Rahner que <<el cristiano no se puede contentar con vivir sólo la horizontalidad de la vida; está llamado a vivir también la verticalidad>>. La vida cristiana sin la profundidad que le imprime la trascendencia es un sinsentido. No se puede creer verdaderamente en Dios y vivir como si Dios no existiese. El vivir con sólo los ojos fijos en la tierra hace que únicamente crezcamos hacia fuera pero no hacia dentro. ¿En qué quedarían nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor si vivimos de espaldas a Dios, principio Fontal y razón de ser última del sentido de nuestra vida?
Ante un mundo cada vez más descreído y alejado de Dios, los cristianos tenemos que <<mirar>> con más frecuencia al cielo. Es decir, tenemos que vivir más intensamente desde los principios de la fe, de la esperanza y del amor a Dios. Tenemos que saber esperara contra toda esperanza, porque Dios no es el gran ausente, como pretenden hacernos ver. Dios no está <<alá en su cielo>>, <<entretenido en sus pensamientos>> y ajeno a los asuntos humanos, como indican torpemente todos los que se despreocupan de Dios porque nunca se han ocupado de << ir a Dios>>.  Dios nos está <<allá>>; está <<acá>>, haciendo nuevas todas las cosas. Dios está en el corazón de la vida. Sólo hace falta descubrirlo con una mirada sencilla, profunda, alegre. Es la mirada de la fe.
Sin embargo, no podemos absolutizar la trascendencia. Vivir de la sola trascendencia es unidimensionar la vida cristiana, quedarnos sólo con la línea vertical. Ha sido y es la tentación del angelismo: vivir al margen del mundo poniendo entre paréntesis nuestra condición de seres humanos como si ya fuéramos ángeles del cielo. En esta tentación se basó el filósofo Karl Marx para acusar al cristianismo de <<opio del pueblo>>, de no afrontar los problemas de la tierra ofreciendo sólo soluciones celestes. Es la tentación del escapismo, de la huida de la dura realidad.
Pero no son así las cosas. Tanto en los Hechos de los Apóstoles, como en el Evangelio, el mensaje de la Ascensión es claro: el cristiano está llamado a transformar su mundo anunciando y proclamando la Buena Nueva del Evangelio a todos los pueblos.
Contra el angelismo, Jesús resucitado es claro y directo: <<¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?>>. Es como decir: <<No soñéis, no viváis de utopías irrealizables, no seáis idealistas>>, porque el cristiano tiene mucha tarea por delante, <<la mies es abundante y los obreros son pocos>> Por eso, el <<¿qué hacéis ahí?>> de los Hechos se transforma rápidamente en el imperativo evangélico: <<Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del hijo, y del Espíritu Santo>>. La vida entera del cristiano es una vocación de servicio al Evangelio, de modo que Dios sea conocido y alabado en todo el mundo.
El cristianismo no es una religión de <<tránsfugas>> que huyen de la trama de la historia y de los problemas de la vida y se refugian en Dios; no es ningún <<opio del pueblo>>, en contra de Marx. El cristianismo es la religión de la fe que opera por las obras; es la religión del amor. Y el amor no entiende de bellos sueños sino de hermosas realidades. Vive de la esperanza, sí, pero de una esperanza que no defrauda porque está anclada en Dios, <<realidad última, posibilitante e impelente>>, en el decir de Zubiri. Todos los misioneros y misioneras esparcidos por el mundo, todos los cristianos de Córdoba comprometidos con situaciones humanas d especial envergadura, avalan la grandeza del cristianismo y su misión de transformar el mundo.
Jesús resucitado y su Iglesia, que es la nuestra, nos invitan a caminar, a no <<quedarnos de brazos cruzados mirando al cielo>> como los obreros de la viña porque nadie los había contratado. En la viña del Reino de los cielos todos estamos contratados por Dios para realizar la misión de anunciar, extender e implantar su Reino de paz y de amor en todo el mundo. Es una tarea sin tregua ni descanso, sin sábados ni domingos, sin vacaciones, porque es una tarea urgente y necesaria: <<Buscad primero el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura>> (Mt 6,33). Lo nuestro es anunciar la salvación de Dios y para ello hemos de adentrarnos en las entrañas de la sociedad y en el corazón de nuestros hermanos. El mundo hay que salvarlo desde <<dentro>>.
Mis queridos hermanos y amigos, pidámosle a dios que hoy, el día de la Ascensión de su Hijo, nos conceda a todos la gracia de ascender a Él, y desde Él al corazón del mundo, necesitado de la salvación de Dios que como cristianos tenemos que anunciar y realizar.