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02 Octubre 2017
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Cuarto Domingo de Pascua

Domingo, 8 de mayo

 
 
Texto evangélico:
 
Hch 2,14.36-41: Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
1 Pe 2,20-25: Habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.
Jn 10,1-10: Yo soy la puerta de las ovejas. Quien entre por mí, se salvará.
 
 
Habréis observado que en lugar de relatar hoy la Iglesia el Evangelio de San Mateo –como corresponde al ciclo litúrgico que estamos celebrando-, nos presenta un texto del Evangelio de San Juan, concretamente el referido al capítulo diez, que nos habla de la figura de Jesús como el Buen Pastor, extensible a todos los pastores de almas, como son el Papa, los obispos y los sacerdotes.
Decía Napoleón que tres grandes hombres de la historia –Alejandro Magno, César Augusto y él mismo- eran los que con más poder y con más guerras habían subyugado al mundo, pero que una vez muertos nadie los seguiría. Sin embargo a Jesús de Nazaret, con una conducta basada en el amor, no sólo se le recuerda hoy más que a todos nosotros, sino que incluso después de veinte siglos millones de personas son capaces de dar su vida por Él. Por eso, reflexiona el teólogo Hans Küng que no ha habido ningún otro líder espiritual en el mundo que en tan poco tiempo –tres años de vida pública- haya conseguido implantar su programa de vida en toda la tierra, que cuenta actualmente con mil millones de católicos, que sumados al número de protestantes y orientales alcanzan la cifra de dos mil millones de seguidores de Jesucristo. Quizá el secreto radique en que Jesucristo es un rey de humanidad, pastor de almas, frente al modelo belicista y de fuerza de los personajes históricos citados anteriormente.
Jesús es el Buen Pastor, esto es, el buen líder que conduce a su pueblo hacia la salvación. Y a tal empresa embarga la vida entera, hasta morir por sus ovejas. Así, buen pastor es quien lleva hasta sus últimas consecuencias la ley del amor, es decir, dar la vida por los demás, sacrificándose, entregándose, haciendo suya la causa de los demás- Es la señal más fidedigna que confirma la autenticidad del pastor.
En el Antiguo Testamento se nos habla alegóricamente de la figura del pastor como del líder que guía al pueblo de Israel. Sin embargo, pocas son las veces en las que este líder actúa con coherencia. El profeta Ezequiel, por ejemplo, cuando habla de los pastores de Israel, en clara referencia a los sacerdotes, príncipes y líderes religiosos y políticos, dice: <<Estos pastores son pastores que se pastorean a sí mismos; a las ovejas sólo las quieren para quitarles la lana, chuparles la leche y esquilmarlas, dejándolas abandonadas si algunas se pierden>>. Es el mal pastor del que también nos habla hoy Jesús.
Tres ideas importantes hay que destacar en el Evangelio del Buen Pastor. Primera: el carácter personalista del buen pastor que muestra  su amor por cada una de las ovejas. El buen pastor llama por su nombre a cada una de las ovejas y por eso las ovejas saben que quien las llama es su pastor, no un pastor extraño que no las puede llamar una a una por su nombre porque no las conoce. Es decir, Jesucristo nos ama a cada uno como somos, con nuestras peculiaridades y, en consecuencia, mantiene con nosotros una relación íntima, personal, directa, alojándose y viviendo en el hontanar de nuestro corazón, raíz última de nuestra esencia y existencia. Ésta es la razón por la que todos somos importantes para él. Así, el cristianismo es irremediablemente una religión personalista, donde la persona lo es todo: un fin en sí misma, a imagen y semejanza del Creador. Hoy tenemos que estar muy atentos ante los falsos pastores que nos rodean, que nos proponen la liberación pero que en el fondo nos atenazan y esclavizan aún más. Son los falsos pastores del consumismo que nos despersonaliza, del despilfarro que nos embrutece, de los políticos que prometen y no cumplen, del poder que corrompe. 
Segunda: el cristiano ha de vivir comprometido con su mundo. Jesucristo saca las ovejas fuera del redil. No las deja dentro para que no les pase nada. Es decir, Jesucristo no saca al cristiano del mundo, sino que lo mete en el mundo para que sea levadura que fermenta la masa. Es verdad que los peligros del mundo son muchos, pero no es menos verdad que el buen pastor cuida de todas y cada una de sus ovejas. El cristiano ha de vivir su fe comprometido con las situaciones de su mundo y de su historia, haciendo el bien, trabajando por los demás. Quien quiere resguardar su fe de todas las tempestades se engaña a sí mismo. La fe se autentifica en las obras. Por eso más que resguardarnos  de los problemas que el mundo nos plantea, lo que hay que procurar es ponernos en las manos de Dios y abrir nuestro corazón al Buen Pastor que sabe cuidar perfectamente de cada uno de nosotros. 
Tercera: se es cristiano en la Iglesia, no al margen de ella. Es verdad que hemos dicho que el cristianismo es una religión personalista porque la fe es una opción y decisión personal, pero no es menos cierto que es una fe que ha de ser compartida, comunicada, testimoniada, o de lo contrario es una fe que desemboca en el más absurdo de los solipsismos. Somos ovejas de Jesucristo, es verdad, pero también lo es que formamos parte de un rebaño, de un pueblo, de una Iglesia. Es una falacia, de las muchas que hoy circulan, decir que creemos en Jesucristo pero no en la Iglesia. Nadie se engañe: no se es cristiano a lo francotirador, sino en comunidad. Es la dimensión comunitaria de la vida de fe, de los sacramentos, porque Dios mismo es comunidad, trinidad de personas en perfecta comunión y entrega.
Mis queridos hermanos y amigos, Jesucristo es nuestro único y verdadero pastor. Él es el único camino hacia el Padre; la única verdad que nos hace libres; la verdadera vida que llena de sentido nuestra vida. Él es, por tanto, la única puerta que nos conduce a la salvación. Como bien dijo el poeta Luis de Góngora un día del Corpus: <<Hoy, Señor, no sólo nuestro pastor eres, sino también nuestro pasto>>. Abramos a Cristo las puertas de nuestro corazón. Escuchemos su voz. Sigámosle. Entreguémonos. Sólo Él nos conduce hasta la vida eterna.