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28 Agosto 2017
Domingo, 3 de septiembre de 2017   Jer 20,7-9: Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Rom 1...

Quinto domingo de Cuaresma

Domingo 2 de abril de 2017

 
 
Ez 37,12-14: Os infundiré mi espíritu y viviréis. 
Rom 8, 8-11: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida.
 
El Evangelio de San Juan nos habla hoy de un relato muy conocido por todos nosotros: la resurrección de Lázaro. Posiblemente lo primero que se nos ocurre es pensar en el poder de Dios y en su capacidad para realizar todo tipo de milagros, hasta incluso resucitar a un muerto. Pero, posiblemente también, no advirtamos que detrás del milagro, que es lo primero que salta a la vista, haya un mensaje de gran calado. Por eso, interpretando a San Juan, Lázaro, con la tumba que albergó su cuerpo durante cuatro días, no es sólo el personaje histórico del tiempo de Jesús, es también cualquiera de nosotros, cualesquiera de los cristianos que estamos muertos por el pecado y que, por tanto, necesitamos de la gracia de Dios, la única que puede devolvernos a la vida. El que cree en Jesucristo y sigue a Jesucristo, si lo posee en su interioridad y se deja poseer por él, vive feliz.
Lo mismo que Marta, la hermana de Lázaro le dice a Jesús: <<Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano>>, también cada uno de nosotros podríamos decirle: <<Señor, si hubiésemos estado más cerca de ti, no nos habrían pasado las cosas que nos han pasado>>. Y lo mismo que Jesús lloró por Lázaro, también llora por nosotros. Jesús llora por cada uno de nosotros, porque nos quiere, y nos quiere felices, reconducidos hacia la vida verdadera que dimana del mensaje evangélico.
Esta experiencia personal de la cercanía de Cristo, es también una experiencia social. Si la sociedad estuviera más cerca de Cristo, si no se hubiera retirado de él, otro color tendrían las cosas que acontecen en ella. Vivimos horrorizados con tanta maldad, con tantos crímenes, con tanto terrorismo, con tanta lascivia, con tanta persecución al inocente. Los hombres no están cerca de Cristo; si cabe, se encuentran cada día más alejados de él. Algo huele mal en la sociedad; algo huele mal en cada uno de nosotros, como olía el cadáver putrefacto de Lázaro; algo que hay que cambiar y convertir, algo que hay que cortar, algo que hay que orientar. Cada cual sabe, o tiene que saber, qué huele en él, y, en consecuencia, qué ha de cortar y extirpar. 
Tenemos que convertirnos e iniciar unas jornadas de puertas abiertas: <<Abridle las puertas a Cristo, no temáis. Abridle las puertas a Cristo>>, exclama el papa Juan Pablo II. No hace mucho, en un rápido viaje a Francia, entré en una iglesia de un pequeño pueblo. Al lado del altar había una especie de pancarta que rezaba así: <<Dejaos envolver por Jesucristo>>. Es lo que nos hace falta a todos, que nos seduzca Jesucristo, que sea nuestro guía, que sea nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Sólo así conseguiremos la verdadera dicha, la verdadera felicidad, la verdadera alegría, <<muy difícil de conseguir, y muy fácil de perder>>, en el decir de Richer. 
El mundo está roto en mil pedazos. El hombre está dividido y fragmentado. El mundo vive inmerso en la división, en el escándalo cada día más grave de la corrupción y la falsedad. Los valores de la persona están invertidos. La persona humana soporta la carga pesada de las soledades y los sufrimientos, de las guerras y de las enfermedades más terribles y misteriosas. El hombre necesita urgentemente una inversión a favor del hombre. Hace falta que nos entusiasmemos con Jesús y su obra de salvación.
El cristiano debe primero construir <<su mundo>> interno, y, después, construir el mundo. Como Jesús, tiene que aprender a resucitar cada día para ayudar a los demás a resucitar, a salir de sus miedos, de sus dudas, de sus enquistamientos personales, para que puedan abrirse al don de Dios, de modo que cuando Cristo, como a Lázaro, les diga: <<Salid fuera>>, o hagan.
La expresión más bella de todos los tiempos, la frase que nos hace más feliz: <<Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, no morirá para siempre>>, es la que tenemos que grabar a fuego en lo profundo de nuestro corazón. Jesús es la Vida. Quien cree en Él encuentra la clave del sentido de su vida; es feliz. Por eso, la muerte es la completa ausencia de la felicidad, del amor, de la alegría, del sentido de la vida, en una palabra.
El escritor Julien Green, cuando la idea de la conversión comenzaba a rondarle la cabeza, solía apostarse a las puertas de las iglesias para ver los rostros de los que de ellas salían. Después de repetir varias veces la misma operación, su conclusión no fue otra que ésta: <<Bajan del Calvario y hablan del tiempo entre bostezos>>.
¿Dónde se quedó vuestra vocación de testigos de la resurrección? ¡Si hasta los santos los hemos vuelto tristes! De ellos sólo sabemos sus mortificaciones, sus dolores, e ignoramos todo el gozo interior de encontrarnos con Dios en su alma. Posiblemente Dios se nos haya vuelto insípido porque no hemos sabido descubrir su sabor.