NOTICIAS

14 Noviembre 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Viernes 17 de noviembre | 20,30 horas   El próximo viernes 17...
13 Noviembre 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Lunes 13 de noviembre | 19,30 horas   El lunes 13 de noviembre tendr...
06 Noviembre 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Viernes 10 de noviembre | 20 horas     El próximo vi...
06 Noviembre 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Jueves 9 de noviembre | 20:30 horas     El próximo j...
03 Noviembre 2017
Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos Martes y miércoles 7 y 8 de noviembre | 20 horas   El pr&oacu...

Semana Cultural San Rafael

Fundación Miguel Castillejo | Salón de actos
Del 16 al 20 de octubre | 20,30 horas.

Durante la próxima semana, del 16 al 20 de octubre, tendrán lugar los actos conmemorativos de la Semana Cultural en Honor a San Rafael, organizados por la Ilustre Hermandad del Arcángel San Rafael, Custodio de Córdoba, en colaboración con esta Fundación. El programa, a continuación:

Lunes 16 de octubre. En la Iglesia del Juramento de San Rafael, a las 20,30 horas.
Exaltación del ARcángel San Rafael, a cargo del Iltmo. Sr. D. Juan José Primo Jurado (presentado por el M.I. Sr. D. Antonio Gil Moreno, canónigo de la S.I.C.)

Martes 17 de octubre. En el salón de actos de la Fundación Miguel Castillejo, a las 20,30 horas.
Conferencia: "Hechos de algunos Hermanos Mayores", a cargo del Dr. D. Diego Álvarez Aguilar.

Miércoles 18 de octubre. En el salón de actos de la Fundación Miguel Castillejo, a las 20,30 horas.
Conferencia: "El Arcángel San Rafael. Representaciones del Médico de Dios", a cargo del Prof. Dr. D. Alberto Villar Movellán.

Jueves 19 de octubreEn el salón de actos de la Fundación Miguel Castillejo, a las 20,30 horas.
Presentación de la revista San Rafael, Custodio de Córdoba 2016.
A cargo de D. Enrique Sánchez Campos, director.
Presentación del libro "En Córdoba vi a San Rafael", del Dr. D.Diego Álvarez Aguilar.

Viernes 20 de octubre. En el jardín de la Fundación Miguel Castillejo, a las 20,30 horas.
Tradicional concierto extraordinario de cierre de los actos en honor a San Rafael, Real Centro Filarmónico de Córdoba Eduardo Lucena. Director musical: Carlos Hacar.

Decimosexto domingo del tiempo ordinario

Domingo, 23 de julio de 2017

 
 
Sab 12,12.16-19: Tú, poderoso sobreaño, juzgas con moderación.
Rom 8,26-27: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad.
Mt 13,24-43: Parábolas del trigo y la cizaña, del grano de mostaza y de la levadura.
 
El Evangelio de hoy nos habla de tres parábolas íntimamente unidas, porque todas y cada una de ellas convergen en un mensaje: la obra de Dios, su Reino de salvación, crece y madura ininterrumpidamente en nuestra historia humana, por encima de nuestros cálculos, de nuestros obstáculos y cortapisas. La obra de los hombres nada puede contra la obra de Dios.
La primera parábola del trigo y la cizaña refleja bien a las claras la actitud de los hombres de todos los tiempos, los de ayer y los de hoy, porque la condición humana tiene su propia carta de naturaleza. Hablamos de la actitud del endiosamiento, por la que nos creemos tan buenos o más que Dios, y desde esa creencia juzgamos, recriminamos y condenamos a los demás, los malos. Por eso, es una parábola siempre joven, y nunca pasada de moda.
Nuestra historia es una historia de guerras, envidias, codicias, egoísmos, conquistas, esclavitudes. Parece como si el bien no existiese, o en el caso de que exista, apenas si se nota. Pero esto no es ni mucho menos cierto. Lo que sí es cierto es que lo que más se nota es la <<cizaña>>, el mal. El bien casi pasa desapercibido. Y es que el mal hacer más ruido que el bien. Ello no quiere decir que exista más mal que bien, pero sí que el bien hay que descubrirlo  y hay que esforzarse en adquirirlo. 
Esta situación de mezcla, y de casi <<convivencia>> forzada, entre el bien y el mal, el trigo y la cizaña, propia de nuestra historia y condición humana, social y personal, engendran dos posturas divergentes y hasta opuestas, pero paradójicamente, convergentes en una misma actitud de vida: el engreimiento o soberbia de la vida.
Una primera postura es la del fariseísmo de la vida, la de la hipocresía, que consiste en creernos mejores que nadie, y por ello, podemos criticar, murmurar, juzgar a los otros, que son los malos. No vemos, no podemos ver, la viga en nuestro ojo, porque sólo vemos la paja en el ajeno. Teniendo aparentemente las cosas <<tan claras>>, nos impacientamos y queremos arreglar al instante los males de nuestro mundo. Como el criado de la parábola, le inquirimos a Dios: <<¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña?>>.
Es ésta una actitud de clara soberbia personal, porque, cuando pensamos que somos como Dios, creemos que ya estamos capacitados para distinguir y definir con total nitidez qué es el bien y qué es el mal. No puede extrañarnos, por tanto, que nuestra historia esté plagada de tantas calamidades y sinsentidos.
No somos Dios, y por tanto no estamos en disposición de distinguir con total certeza qué es el bien y qué es el mal. De ahí la respuesta de Dios al criado: <<No, que podrías arrancar también el trigo>>. Sólo Dios, que penetra y conoce hasta el fondo del corazón humano sabe cuál es el trigo y cuál es la cizaña. Sólo a Él le cabe juzgar, examinar, determinar. Dios tiene su tiempo, que no es nuestro tiempo; sus planes no son nuestros planes: <<Dejadlos crecer juntos hasta la siega>>. En palabras de Monloubou: <<Porque Dios es fuerte y puede también ser paciente>>. El que ama sabe esperar, sabe tener paciencia, sabe que puede surgir trigo del campo más inundado de cizaña.
La segunda postura es la del pesimismo de la vida, propia de aquellos que sólo centran su atención en las <<cizañas>> de nuestro mundo, sin reparar en el <<trigo>> que hay. Sólo ven maldad y perversidad por todas partes, llegando al convencimiento de que el bien no existe. De semejante negación sólo hay un paso para concluir el ateísmo, otra de las grandes soberbias de la vida.
En efecto, argumentan los pesimistas, si Dios es bueno, todo lo creado por Dios tiene que ser bueno, pero no es así, porque el mal es patente y pulula por todas partes. Si Deus est, unde malum? (<<Si Dios existe, ¿de dónde proviene le mal?>>). No hay otra salida que concluir la no existencia de Dios.
Y sin embargo, el bien existe encarnado en hombres y mujeres concretos, en proyectos sociales humanitarios. El bien existe, pero hay que tener ojos para verlo. El bien se ve con los ojos de lamor, de la fe, de la esperanza, de la solidaridad, de la entrega. Desde esta atalaya conviene darle la vuelta a la pregunta del pesimista ateo e interrogarle: Si Deus nun est, unde bonum? (<<Si Dios no existe, ¿de dónde proviene el bien?>>).
Las otras dos parábolas, la del grano de mostaza y la de la levadura, inciden en cómo el Reino de Dios crece sin que se note, aunque aparentemente nos parezca que vence el mal. Por eso, Dios nos invita a ser fermento en la masa; a trabajar incansablemente por el reino de Dios y su justicia; a hacer todo el bien que podamos, según el viejo adagio: <<Haz el bien y no mires a quién>>. Ésta ha de ser nuestra única y principal ocupación. Todo lo demás, cae dentro de los planes de Dios.
Concluyendo, mis queridos hermanos: tenemos tres parábolas y tres mensajes interdependientes entre sí. Primero, el mensaje de la tolerancia: no juzguemos, no critiquemos, no discriminemos a los demás con el apelativo de <<malo>>. Sólo Dios lo sabe, y sin embargo… perdona. Segundo, el mensaje del optimismo: hay más bien del que pensamos o sospechamos, aunque no se note. La sonrisa de un niño, la vida  madurada de un anciano, el amor de unos esposos que se quieren, la labor sencilla y callada de los miles y miles de misioneros y misioneras, nos hablan del amor de Dios a los hombres, del bien. Tercero, el mensaje de la esperanza en Dios: la historia la consumará Dios, y no el mal, al final de los tiempos. A nosotros sólo nos cabe trabajar, actuar y esperar.
 

Decimotercero de tiempo ordinario

Domingo 2 de julio

 
2 Re 4,8-11.14-16: Este hombre de Dios es un santo.
Rom 6,3-4.8-11: Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios.
Mt 10,37-42: El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
 
Decíamos el domingo anterior que uno de los grandes problemas que azota a nuestras sociedades actuales es su falta de trascendencia y su apuesta total por la inmanencia. Ello origina que se valore el cuerpo y todo lo que entra dentro de su esfera, aparcando y denostando la dimensión del espíritu. Por ello, veíamos que el hombre actual no le teme a la “muerte” del espíritu, y sí a la del cuerpo, en oposición directa al mensaje de Jesús.
En los albores del siglo XXI el hombre anda engolfado en sus asuntos terrenos. Su única mira es la tierra, y sus únicos móviles, los terrenales, que inciden directamente en la así llamada “cultura del cuerpo”, expresión del mimo y del cuidado casi obsesivo que el hombre dedica a su cuerpo: saunas, masajes, diversiones. El lema es fácil: “Todo para el cuerpo, nada para el espíritu”. De estos planteamientos se desprenden las filosofías de vida que vacían de sentido el humano vivir: el hedonismo, el sensualismo, el erotismo y el materialismo. Por eso, no puede extrañarnos que el hombre, y también bastantes cristianos, se afanen en “encontrar” subida, no en “perderla”; en desembarazarse de la cruz, no en abrazarla. 
El Evangelio de hoy se sitúa en la misma línea que el del domingo anterior. Jesús vuelve a insistir en qué es lo realmente importante en la vida del hombre: Dios. Por ello, Jesús nos invita a apostar por Él y por su causa, sin ambages ni rodeos. Y lo hace con frases tan lapidarias como éstas: “El que no tima su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Es decir, los parámetros que configuran el seguimiento de Jesús son tres: la totalidad, la radicalidad y la fidelidad en la entrega.
En primer lugar, la totalidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con otras opciones. El Reino de Dios exige dedicación plena, porque es el único valor absoluto que nos realiza y llena nuestra vida de sentido. Por eso, Jesús afirma que “el que quiere a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí”. No es que Jesús esté condenando el amor a los padres, sino que lo único que trata de poner en claro es que más importante que la familia es el Evangelio. De ahí, el aserto de Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Ante la llamada insistente de Jesús al seguimiento, los cristianos tendríamos que preguntarnos más a menudo cuáles son nuestros ídolos, nuestros deseos más ocultos, nuestros amores secretos, que están cercenando y minando la totalidad que exige la causa de Jesús.
En segundo lugar, la radicalidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con las comodidades de la vida, ni con las medias tintas verdades a medias. La cruz, distintivo de la vida cristiana, supone asumir, y no rehuir, las dificultades, los riesgos y los peligros que entraña el anuncio del Evangelio. La cruz siempre es pesada, por eso hay que llevarla como elemento purificador. Acogerla, abrazarla, transformarla. No eliminarla ni huir de ella. Decía K. Rahner que uno de los mayores obstáculos para aquellos que quieren ser cristianos es la cruz, pero –se pregunta- ¿hay otra forma de serlo? Evidentemente no. Por eso no son cristianos –es decir, seguidores del Señor- quienes han apostado por él, pero puede en ellos más su indolencia que su entrega; su inercia que su entusiasmo; su vida light y muelle que su radicalidad y sinceridad de vida. Sería bueno que cada uno de nosotros, que nos decimos y llamamos cristianos, revisásemos cuáles son nuestras particulares cruces. Si son o no auténticas; y en este caso, si ellas son nuestra señal de identidad.
En tercer lugar, la fidelidad. El seguimiento de Jesús no es compatible con otros seguimientos, como pueden ser nuestros caprichos, nuestros gustos personales, nuestra forma peculiar de aplicarnos el Evangelio en la vida, los slogans de una vida feliz basada sólo en puras cuestione económicas, el vivir de cara a uno mismo sin que nada me importen los demás. Por ello, la fidelidad está estrechamente unida a la totalidad. No se puede compatibilizar la vida cristiana con la permanente esquizofrenia de tener dividido el corazón en tantas partes cuantos deseos y apetencias nacen del mismo corazón. La fidelidad supone la coherencia y trasparencia de vida. Ser un cristiano a carta cabal.
Seguir a Jesús y ser testigos del Evangelio en la sociedad de hoy supone nadar contra corriente;  afrontar los retos de una posmodernidad que vive al día y se ha encaramado en los valores de un materialismo devorador. Jesús nos pide hoy que le sigamos con los cinco sentidos puestos en él, haciendo caso omiso de las llamadas, seducciones y engaños que nos vienen de todo lo que no es el Evangelio: “El que encuentre su vida la perderá”. La vida es un riesgo y un don: estar dispuesto a darla por los demás. Aquí está la clave de toda felicidad, de toda realización personal y de todo sentido humano:”El que pierda su vida por mí, la encontrará”. 
 

Decimoquinto domingo del tiempo ordinario

Domingo 17de julio

 
Is 55, 10-11: Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad.
Rom 8,18-23: La creación está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios.
Mt 13,1-23: Parábola del sembrador.
 
Jesucristo nos expone hoy una bella parábola: la parábola del sembrador, que salió a sembrar la semilla y la sembró en distintos ambientes, en distintas besanas. Es la parábola que nos habla de la actitud del hombre ante la Palabra de Dios y su mensaje. Por eso, es una parábola cuyo simbolismo encarna la orientación de sentido de toda existencia humana, en cuanto actitud fundamental y radical de vida: o vivir abierto al horizonte de Dios, o vivir de espaldas a él; o vivir descubriendo y conquistando la vocación de Dios que e el hombre, o vivir sumido en el olvido o en el rechazo positivo de dicha vocación. No nos engañemos, en la vida no hay más que opciones, aunque como veremos, la parábola nos habla de cuatro aptitudes. 
La primera actitud podríamos catalogarla como actitud de la superficialidad: oímos, pero no escuchamos, por eso dice San Ambrosio que a Dios lo oímos cuando lo escuchamos. En el fondo, ni Dios ni su Palabra nos importan, desplazando así el centro de gravedad del sentido de nuestra vida: del corazón a la epidermis, de lo interno a lo externo, de lo importante a lo que carece de importancia, de lo permanente a lo efímero, del valor auténtico a los contravalores que nos deshumanizan. Hemos dejado al Dios de la vida para echarnos en brazos de los dioses de la muerte, que como <<pájaros del cielo>> se comen y destruyen lo poco de bueno que hay en cada uno de nosotros.
Estamos acostumbrados a encarnar y vivir el instante, el momento –carpe diem, en el decir latino-, traducido en un rabioso existencialismo vital, que nos induce a vivir, no desde la profundidad, sino desde la banalidad. Por eso, la Palabra de Dios cae en la orilla de nuestro corazón, porque orilla es también toda nuestra vida.
La segunda actitud encarna la inconstancia y el cansancio existencial: oímos y escuchamos, pero no nos comprometemos. La Palabra de Dios cae en una besana que tiene mucho pedregal. De momento nace y crece (oímos y escuchamos), pero, también de momento se seca porque la tierra no tiene mucho jugo (no nos comprometemos).
En muchas ocasiones somos auténticos pedregales con respecto a la Palabra de Dios. Oímos y escuchamos la Palabra de Dios hasta la saciedad, vamos al templo, en nuestras propias casas tenemos la Biblia, y, sin embargo, la Palabra de Dios no pasa de ser para nosotros meras palabras que se las lleva el viento. Nos gusta lo que dice, pero no lo ponemos en práctica, según el refrán: <<Una cosa es predicar; otra, dar trigo>>. Puede más en nosotros la comodidad que las exigencias a que nos invita la misma Palabra de Dios.
La tercera actitud podría ser calificada como la actitud de la hipocresía de vida, que trata de compatibilizar al mismo tiempo dos opciones diametralmente opuestas, distintas y distantes. Servir al mismo tiempo a la Palabra de Dios y a las sugerencias, apetitos y ambiciones que nos plantea nuestra palabra humana. La Palabra de Dios cae en la tierra buena de las intenciones últimas de nuestro corazón, pero pronto los afanes de la vida, la adulación de las riquezas y del poder, las comodidades materiales, pervierten el fondo bueno que hay en nosotros y ahogan todo intento de que la Palabra de Dios arraigue y germine. La conclusión de todo esto es la <<domesticación>> de la Palabra, acomodándola a nuestros intereses. Encajamos las exigencias de la Palabra con nuestros caprichos personales.
La cuarta y última actitud es la de la autenticidad y la coherencia ante la vida. Vivir la vida con sentido; crecer, madurar en la vocación de Dios. La Palabra de Dios cae en buena tierra. Nos mostramos a Dios como somos, y dejamos que él nos inunde con su gracia y su luz. Así aprendemos a confiar en Dios, de tal modo que nada ni nadie puede cercenar esa confianza. Ello requiere comprometerse intensamente con la causa de Jesús y el Evangelio, conjugar la oración con la acción, vivir la vida de la fe que opera por el amor, como bien nos indica el apóstol Santiago (cf. 2,14-26).
Un exegeta, Pronzato, ampliando la parábola de Jesús, ha añadido una quinta actitud de vida ante la Palabra de Dios, oída centenares de veces, no penetra, no cala, no es asimilada ni interiorizada, no remueve nada con profundidad. Simplemente, se deposita, se acumula, en el fondo de nuestro corazón, permaneciendo en él inutilizada.
Mis queridos hermanos, se ha dicho que después de la reforma protestante, nosotros, los católicos, nos hemos quedado con la Eucaristía y ellos con la Biblia. Esto, evidentemente, no es del todo exacto, pero una cierta verdad hay en ello. Quizá sería bueno que comenzásemos por revisar nuestra actitud ante la Palabra de Dios. Para ello, nada mejor que la lectura serena, pausada, reflexiva de la Biblia. Y sería aún mejor que esa Palabra leída la hagamos vida en nuestra vida.
 

Duodécimo domingo del tiempo ordinario

Domingo, 25 de junio de 2017
 
 
Jer 20,10-13: El Señor libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Rom 5,12-15: Gracias a Jesucristo, la benevolencia y  el don de Dios desbordaron sobre todos.
Mt 10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
 
Nuestros tiempos son tiempos de inseguridades que provocan miedo, mucho miedo, encarnado en facetas y en situaciones distintas: tenemos miedo a perder el trabajo, miedo a la soledad, miedo a las dificultades de la vida, miedo al dolor, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte. Nuestro miedo es un miedo existencial paraliza nuestro miedo humano es un miedo que se gesta, paradójicamente, en las seguridades con que los hombres pretendemos amarrar y dejar bien atada la vida. ¿Por qué?  Porque las seguridades que los hombres nos fabricamos no  dejan de ser una pobres y efímeras seguridades, que al más mínimo revés existencial caen por tierra.
El nuestro es un miedo de corte ontológico que nos define e identifica: es un continuo “querer y no poder”. Desde el preciso momento en que el hombre se dejó seducir por la serpiente y sucumbió a sus ruegos, el miedo entró a formar parte de su estructura personal. El hombre creyó ingenuamente que sería como Dios, conocedor del bien y del mal, libertad suprema, poseedor de la felicidad completa. Pero lo que en realidad descubrió, cuando se le “abrieron” los ojos, fue un mundo imperfecto, lleno de calamidades y la misma muerte. Descubrió, como bien dice Paul Ricoeur, “su propia finitud y en ella el miedo a la desaparición total”. El miedo humano es, así, consecuencia directa de la desobediencia a Dios. Sin Dios, el hombre tiene que buscarse otros “dioses”, sucedáneos del único y verdadero Dios, para paliar sus miedos internos, sus temores, sus desdichas, sus infelicidades, sus infortunios. Y, a pesar de todo, continúa el miedo humano. 
En el Evangelio de hoy el Señor nos dice: “No tengáis miedo a los hombres; no tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Jesús cambia las claves del tener o no tener miedo en oposición directa a lo que entiende el hombre. 
Para el hombre, en  efecto, tener miedo consiste en perder la propia seguridad y el prestigio material, persona o social. Es un miedo completamente físico. Para Jesús, en cambio, el miedo tiene otro calado  más profundo y más vital. Es el miedo a la perdición eterna: “temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo”.
En una sociedad secularizada como la  nuestra, los hombres tememos a los que pueden matar el cuerpo y no tememos a los que pueden matar el alma. Al revés justamente de lo que Cristo nos indica en esta página del Evangelio. Por eso, nuestro miedo no puede ser vencido, porque es un miedo anclado en la  seguridad de una  libertad esclava de sí  misma, como apostilló sabiamente Eric Fromm.
Cristo nos propone la superación del miedo, venciendo el miedo ala libertas y a las consecuencias de la libertad. Sólo los hijos de Dios son libros, porque son auténticos” pobres de espíritu”, para quienes no hay más que la seguridad de Dios. Decía la madre Teresa de Calcuta: “Si camino sola, me pierdo; si camino con Dios voy segura”. Por eso, con gran acierto expresaba Santa Teresa de Jesús: “nada te turbe. Nada te espante… sólo Dios basta”.
La seguridad de sabernos en Dios, implica una intensa vida de fe, de oración y amor. Por la fe, Dios opera en nosotros la conversión: de las seguridades temporales, generadoras de miedo, pasamos a la seguridad divina. No es el hombre quien salva, sino Dios y nada más que Dios. Por la oración, descubrimos y nos afianzamos en Dios como el único absoluto, como el único Señor. Por el amor, Dios nos hace crecer hacia dentro y hacia fuera, porque es el único que en verdad nos liberta de nuestros miedos que nos impiden madurar, crecer, ser más. Una cosa es cierta: “No teme menos el que más tiene, sino el que más libre es; no está más seguro el que posee más bienes materiales, sino el que convierte su vida en don y en regalo a los demás”. A este propósito  comentaba San Juan de la Cruz que “en la tarde de nuestra vida seremos juzgados por el amor que hayamos hecho, o por el que, pudiéndolo hacer, no lo realizamos”. Para Dios nada valen nuestros bienes, nuestros poderes, nuestros puestos, nuestras dignidades. Eso no nos salva. Sólo nos salva el amor. Quien vive totalmente pendiente de sí mismo, vive  esclavo de sí mismo, temeroso de sí mismo. Quien vive para los demás, vive en la libertad de los hijos de Dios, sabiendo que Dios, que es fiel, nunca falla.
Mis queridos hermanos y amigos: “No tengáis miedo”, confiad plenamente en Cristo Jesús, el único que salva; el único que da sentido a la vida; el único que nos ayuda a afrontar la vida sin complejos y sin temores de ningún tipo. “No  tengáis miedo”, nos repitió también el papa Juan Pablo II a los pocos minutos de su elección papal. “No tengáis miedo”. Con Cristo todo lo podemos, porque Él venció para siempre el dolor y la muerte y nos abrió de par en par las puertas del corazón de Dios.