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Vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario

Domingo, 10 de septiembre de 2017

Ez 33,7-9: Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.
Rom 13, 8-10: El que ama tiene cumplido el resto de la ley.
Mt 18, 15-20: Si tu hermano peca, repréndelo.

En un mundo tan atomizado y desunido como el nuestro, cada vez resulta más difícil el diálogo y el encuentro, la amistad y el amor. Caminamos, casi sin darnos cuenta, hacia el más recalcitrante individualismo, en el que el único proyecto de vida es uno mismo, porque los demás no cuentan. No puede extrañarnos, por tanto, las frases al uso de esta particular filosofía de vida: <<Que cada uno se meta en sus asuntos>>; <<que cada cual solucione su vida>>; <<los problemas de los demás no me importan, sólo me importan los míos>>. De aquí al <<hombre isla>>, en expresión del pensador católico Bernanos, sólo hay un paso.
Las lecturas y el Evangelio de hoy rompen con esta mentalidad ególatra y ruin, trazando las sendas del amor: <<Amarás a tu prójimo como a ti mismo>>, síntesis de todos los mandamientos. El amor abre las puertas de la acogida y comprensión del otro, del diálogo mutuo. El amor es comunión y comunicación. En esa comunión hay una vertiente que en las lecturas de hoy se resalta: la corrección y perfección.
Hay un dicho que afirma: <<Quien bien te quiere, te hará llorar>>, o lo que es lo mismo, el que ama, ama con todas las consecuencias, porque ama con la verdad del corazón. Y la verdad no se casa con nadie ni con nada, es libre, no tiene límites, como no los tiene el amor. La corrección entra dentro del campo de acción de la verdad que nace del amor: <<Si tu hermano peca, repréndelo>>, nos comenta el Evangelio de hoy. Dicha corrección tiene un único objetivo: la salvación del afectado.
La marcha del hombre en el largo camino de la historia es una <<marcha ascensional hacia la perfección absoluta>>, como intuyera sagazmente Teilhard de Chardin. Desde sus orígenes, el hombre no tiene otro deseo que ser como Dios (cf. Gén. 3,5), aliciente último que impulsó a Prometeo a robar el fuego divino.
Es una marcha con sus luces y sus sombras, sus éxitos y sus fracasos. Es una marcha en la que el hombre ha pasado de ser tutelado a tutelar su vida, de la heteronomía a la autonomía, desembocando en el hombre autosuficiente, engreído, poseído de sí mismo, sin un átomo de imperfección. Ha perdido toda perspectiva de pecado y toda conciencia de culpa, haciendo imposible cualquier atisbo de arrepentimiento y, en consecuencia, imposibilitando en los otros y en sí mismo la aplicación de cualquier medida correctora.
Esta actitud de <<soberanía casi absoluta>>, como la definiera el insigne teólogo Karl Rahner, conduce a la insensibilidad de la conciencia, en la que el amor, el perdón, la conversión o la misma corrección, se estrellan, rebotan fuera del ámbito del corazón humano.
No es precisamente éste el fondo último del ser cristiano. Jesucristo, que tan bien conocía de qué pasta estamos hechos -<<De dentro, del corazón del hombre, salen las malas ideas>> (Mc7,22)-, aboga reiteradamente por un proyecto de vida de humildad y sencillez, de pobreza de espíritu (cf. Mt 5,3), como único camino de salvación.
Sentirse necesitado de Dios y de los demás significa que me dejo conducir, guiar, corregir, aconsejar. Significa que entro en la dinámica del amor, de la misericordia y del perdón de Dios (cf. Lc 15,11-32), expresado en los sacramentos de la comunidad de fe y de vida: la Iglesia.
El pecado, del que no queremos hablar hoy, es una realidad ontológica que atenaza al ser humano, lo degrada y lo deshumaniza. El sacramento de la confesión es un medio eficaz para reconciliar al cristiano con Dios, con los demás y consigo mismo. Es un excelente modo de reconocer la propia debilidad, y en ella, la ayuda que necesitamos.
El pecado de los miembros de la Iglesia no deja indiferente a la comunidad. No sólo por la repercusión del pecado individual, sino también a causa de la solidaridad o corresponsabilidad de los miembros de la Iglesia. Por eso, cuando uno peca, los demás hemos de estar atentos para corregirlo fraternalmente. Y cuando uno es pecador ha de aceptar humildemente la revisión de su comunidad. De este modo, nos ayudamos los unos a los otros en la obediencia a la Palabra de Dios.
Mis queridos hermano y amigos, ¿cómo lograr un mundo más fraterno y más humano si de nuestros labios no brotan palabras de arrepentimiento, de corrección y de perdón? ¿Cómo corregir a los demás si no nos dejamos corregir por ellos? ¿Cómo dejarnos amar por Dios si persistimos en nuestra actitud de endiosamiento?