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Decimoctavo domingo de tiempo ordinario

Domingo 6 de agosto de 2017


Is 55,1-3: Venid, comprad; comed sin pagar, vino y leche de balde.
Rom 8, 35.37-39: ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?
Mt 14,13-21: Comieron todos hasta quedar satisfechos.

El Evangelio de hoy, que trata del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, nos invita esencialmente a vivir el amor fraternal y, en consecuencia, a ser solidarios.
Un viejo refrán chino dice que <<si alguno tiene hambre, no le des pescado; dale una caña y enséñale a pescar>>. Es exactamente el mensaje de la multiplicación de los panes y de los peces. Bajo la dimensión de los panes y de los peces que sacian el hambre física, Jesús nos invita a encarnar y vivir el amor fraterno, centrado en el valor de la solidaridad humana, porque sólo el amor fraternal puede hacer de este mundo injusto una nueva creación en la abundancia.
El papa Juan Pablo II, recogiendo la antorcha de su predecesor el papa Pablo VI, denunció en numerosas ocasiones las situaciones de injusticias sin cuento que pululan a lo largo y ancho de nuestro mundo. Su conclusión es que <<muchos tienen poco, y pocos tienen mucho>>. La mayor parte de las riquezas mundiales están concentradas en unas pocas manos, mientras el setenta por ciento de la población se muere de hambre.
Vivimos una nueva era de adoración del becerro de oro, en la que prima el amor al dinero, a la opulencia, al despilfarro, al consumo. Los bienes de la tierra que Dios dio a todo el mundo, como oportunamente se nos dice en el libro del Génesis: <<Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla>> (1,28), unos pocos se los han apropiado, víctimas de su egoísmo ancestral. Es el comienzo y la perpetuación de la gran injusticia humana.
Es el amor al dinero y a la opulencia el que propia que millones y millones de personas estén sometidas atrozmente a la tiranía del hambre. Quizá hoy más que nunca el egoísmo haya llegado a sus cotas altas. Por eso, los cristianos nos preguntamos con frecuencia: ¿Dónde está el amor de Dios? ¿Dónde la solidaridad entre los hombres? ¿Cómo puede Dios permitir semejantes atropellos?
Todas estas preguntas tienen respuestas. No se trata de que preguntemos en tercera persona, sino de que lo hagamos en primera. Esto es, ¿dónde está mi amor a los demás? ¿Dónde, mi solidaridad? ¿Cómo puedo yo permitir esto?
Los cristianos no podemos esperar multiplicaciones milagrosas de panes y peces. Dios no es un tapagujeros. Dios no es un solucionador de problemas humanos. Dios, como el proverbio chino, nos da la caña y nos enseña a pescar. Es decir, nos llena con su amor y no enseña a amar, a ser solidarios, a entregarnos a los demás. Y Dios lo hizo en Jesucristo, quien se hizo débil con los débiles, pobre con los pobres. A todos los amó y a todos se entregó hasta la muerte. Cada uno de los cristianos somos las manos, los pies, la cabeza y el cuerpo de Cristo, que sale, una vez más, al encuentro de los más necesitados para socorrerlos en sus necesidades.
El milagro que Dios nos pide es que seamos coherentes y consecuentes con la fe que profesamos. Que hagamos de nuestra vida un don y una entrega. Que amemos de corazón y seamos solidarios con todos nuestros hermanos, víctimas de las injusticias sociales. De nada sirve, ya lo hemos repetido hasta la saciedad, una fe sin obras. De nada sirve lamentarnos de lo mal que va el mundo, mientras nosotros nos quedamos tranquilos en la casa de nuestro corazón. De nada sirve esperar que los otros hagan las cosas, si yo no intento <<arrimar el hombro>> en las necesidades que tengo a mi alrededor. De nada sirve, en fin, afirmar que amamos a Dios si cuando vemos a un hermano o una hermana, que no tienen qué ponerse y andan faltos de alimento diario, le decimos: <<Andad con Dios, calentaos y buen provecho>> (Sant 1,16).
La multiplicación que hoy necesita la humanidad es la de los corazones generosos y solidarios, de modo que el amor de Dios, tanto en forma de ayuda material como espiritual, alcance a todos los rincones de la tierra, desde las capas más humildes hasta las más ricas. A unos, para remediarlos en sus necesidades más humanas. A otros, para educarlos en los valores de la entrega a los demás, de la solidaridad, de la justicia.
Mis queridos hermanos y amigos, como cristianos tenemos una grave responsabilidad; ser testigos del amor de Dios entre los hombres, <<multiplicadores>> de su presencia. El desarrollo integral de todos los hombres no puede fermentar si los cristianos no actuamos como levadura. Como bien dijo el papa Pablo VI: <<El hombre debe encontrar al hombre, las naciones deben encontrarse entre sí como hermanos y hermanas, como hijos de Dios. En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos igualmente comenzar a actuar a una para edifica el porvenir común de la humanidad>> (Populorum progressio, 43).